

El hombre hecho a pulso y terminó fundando una escuela de periodismo de duró 45 años
El fundador del Noticiero Económico Antioqueño (NEA), maestro de varias generaciones de periodistas y protagonista de una vida que, contada de corrido, suena a guion de película. La resumió él mismo, sin proponérselo, con una frase que abre esta conversación: le dijeron que podía morir.
«O le baja a la trabajadera o termina al otro lado del río»
El médico le dijo que tenía un estrés crónico que lo iba a matar. Jota le pidió tiempo para pensar con su esposa, Graciela, «con cabeza fría». Salieron de la clínica Las Américas, lloraron un rato, y esa misma tarde hicieron algo que solo alguien con su temple haría: fueron al cementerio Campos de Paz y compraron su propio servicio funerario. Sin velorio, sin fiesta, cremación. Graciela, viéndolo tan tranquilo, le pidió que le comprara el de ella también, «para quedar tranquila si algo pasaba».
No pasó. O, mejor dicho, pasó algo distinto: el médico les recetó viajar. Jubilados, con los cinco hijos ya graduados y casados, Jota y Graciela empezaron a hacer un viaje grande cada año —Londres, el Eurotúnel, Bélgica, Berlín, Viena, Praga, Roma, y de ahí en barco hasta Barcelona— y una escapada corta dentro de Colombia a mitad de año.
El cáncer de Graciela
La calma duró hasta que, en uno de esos chequeos rutinarios, le diagnosticaron a Graciela cáncer de páncreas. El pronóstico inicial era brutal: cuatro o cinco meses, sin nada que hacer. Jota, fiel a su instinto de reportero económico, hizo lo que sabe hacer: buscar una segunda opinión y preguntar por las probabilidades reales. Consiguió una cita casi imposible con el único especialista capaz de operar ese tipo de cáncer en la ciudad, gracias a una llamada directa al director de la clínica. El médico aceptó operar. Aun así, el desenlace no cambió: Graciela vivió sus últimos meses en cuidado paliativo, tranquila, sabiendo lo que se avecinaba.
Una historia de amor que empezó con una bicicleta
Antes de todo eso, mucho antes, Jota era entrenador de un club de ciclismo formado por mensajeros de farmacia —él mismo había sido mensajero y campeón de esas carreras clandestinas que organizaban entre boticas rivales—. Uno de sus pupilos, torpe sobre la bicicleta y a punto de abandonar por presión de sus padres, terminó siendo la puerta de entrada a la que sería el amor de su vida: la hermana del muchacho, una niña de 14 años llamada Graciela, a quien vio por primera vez abriéndole la puerta de esa casa.
El cortejo, contado por él, tiene la textura de otra época: un almuerzo con los papás en una fonda antioqueña, una caminata después del postre y una declaración sin rodeos: «yo me quiero casar con la hija de ustedes». ¡Pero ella tiene novio!», le respondieron los padres. «Eso no importa, Ustedes no la dejen casar con él», respondió confiado Jota. Un accidente cubriendo la Vuelta a Colombia de 1963 —el carro en el que viajaba se volcó y él quedó inconsciente tres días en un hospital de Pereira— fue lo que finalmente encaminó el compromiso: la visita de Graciela y su madre al hospital, entre lágrimas, marcó el principio real del romance. De ahí salieron cinco hijos que él llama, sin ironía, «cinco estrellas»: dos comunicadores sociales, un publicista, un ingeniero de sistemas que hoy y una economista que —dice entre risas— es quien hoy le administra la tarjeta de crédito.
El niño que llegó solo a Medellín a los 14 años
La parte más asombrosa de la conversación, sin embargo, es la de sus orígenes. Jota Enrique Ríos llegó a Medellín a los catorce años, recién cumplidos, sin conocer a nadie, sin carta de recomendación de ningún cura, buscando trabajo por su cuenta. Antes había pasado por el seminario —enviado allí por presión familiar para ser sacerdote— de donde lo expulsaron. «A mi me echaron de todas partes», dice entre risas. Comenzó trabajando en una carnicería en Medellín, donde dormía sobre un colchón encima de las neveras, hasta que lo despidieron por faltar a trabajar el día de una carrera ciclística.
Sin techo, durmió dos noches en una residencia de mala muerte en Guayaquil —»la Bayadera», la describe, «peor que Guayaquil más diez»— hasta encontrar una pieza y, después, un aviso que pedía «mensajero con bicicleta». No tenía bicicleta, pero mintió, consiguió que le prestaran una desinflada, la arregló él mismo con un kit de parches, y se quedó con el puesto. ¿Y la bicicleta? Le prestaron para comprar una nueva por que la de él «valía más arreglarla».
De mensajero a periodista, sin haber pisado una universidad
El salto al periodismo fue igual de improvisado. Llevaba un boletín de una carrera clandestina de ciclismo al periódico El Correo cuando un editor, casi por accidente, le pidió que le escribiera una nota. Jota confesó que no sabía redactar, que ni siquiera sabía poner el papel en la máquina de escribir. La respuesta del editor fue la que terminaría definiendo su carrera: «sabe lo que los demás no saben: usted no solo monta en bicicleta, sabe correr y sabe ganar. Eso lo pone por encima de todos». Esa noche, dice Jota «me gradué de periodista sin haber estudiado nunca».
De ahí en adelante, la vida de Jota es una sucesión de despidos que él cuenta casi con orgullo: lo echaron de El Correo, y de Vea Deportes —después de haber revolucionado la impresión a color de la revista con un sistema que él mismo diseñó junto a un mecánico—, y de Radio Sucesos RCN de Barranquilla donde fundó un noticiero completo reclutando estudiantes de periodismo antes de que se graduaran. El diario El Colombiano, cuando volvió a Medellín a buscar trabajo, le cerró la puerta por no tener título universitario. Años después regresaría al diario antioqueño a dirigir las Notas Económicas.
Un corresponsal en el terremoto de Nicaragua, sin salir de Bogotá
Uno de los episodios más insólitos de esta conversación en Contrapregunta es que mientras trabajaba para la agencia española EFE, Jota cubrió el terremoto de Nicaragua de finales de los años 60 sin moverse de Bogotá. Managua había quedado completamente incomunicada, así que Jota recurrió a su afición por la radioafición para contactar a un radioaficionado nicaragüense que seguía transmitiendo, le pidió datos en tiempo real y escribió las crónicas fechadas en Managua. Fue, según cuenta, la única agencia internacional que logró informar con ese nivel de detalle mientras la ciudad estaba a oscuras para el resto del mundo. Ganó su primer gran premio periodístico por esa cobertura, hecha por teléfono y por radio.
El nicho que nadie había ocupado
El origen del Noticiero Económico Antioqueño —el proyecto que terminaría marcando 45 años de periodismo en la región y formando a decenas de reporteros— nació, otra vez, de un despido: el de Clarín. Jota decidió que necesitaba «inventar algo de donde no lo echaran», y aplicó una lógica que había aprendido leyendo mercadeo: identificar qué necesitaba el mercado y, si no existía, crearlo. Antioquia tenía trece programas deportivos y ninguno económico. El problema era que Jota no sabía nada de economía, «ni sumar ni restar», según sus palabras.
Su solución fue tan directa como el resto de su carrera. Se dirigió personalmente a buscar a los empresarios más importantes de la región —entre ellos Fabio Echeverry Correa y Jorge Molina Moreno— para pedirles que le prestaran a sus economistas como maestros. Se fue a la Bolsa de Medellín a preguntarle al gerente qué era una acción, y terminó con un portafolio armado por el propio experto para poder seguir, a mano, en tiras de papel de contador, cómo subían y bajaban los precios. Aprendió a leer un balance financiero preguntándole directamente a un profesor de la universidad. De esa curiosidad autodidacta, y de la necesidad de no volver a quedarse sin trabajo, nació una de las instituciones periodísticas más longevas de Antioquia: El Noticiero Económico Antioqueño.
Cerrar con la misma serenidad con la que empezó
Cuarenta y cinco años después, Jota Enrique Ríos cerró el Noticiero Económico Antioqueño con la misma calma con la que ha enfrentado cada despido, cada diagnóstico y cada tramo difícil del camino: sin dramatismo, viendo el cierre como una etapa más. Es, quizás, la clave de toda la conversación: la de un hombre que aprendió, desde niño y a la fuerza, a leer cada golpe de la vida no como un final, sino como el punto de partida de la siguiente historia.
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