Prepararse para hablar, prepararse para gobernar

Hay una diferencia enorme entre tener que hablar de un tema y estar realmente preparado para hablar de él. Cuando uno se enfrenta a un público que conoce profundamente aquello de lo que va a hablar, la preparación deja de ser una recomendación y se convierte en una necesidad. Se puede tener talento para comunicar, experiencia en presentaciones y hasta una buena capacidad para improvisar, pero ninguna de esas habilidades sustituye el conocimiento cuando las preguntas llegan desde personas que dominan el tema. Y hay algo más: prepararse no solo sirve para convencer a los demás, sino también para estar tranquilo y confiado frente a ellos.

Cuando conocemos aquello de lo que estamos hablando, nuestro comportamiento cambia. Respiramos diferente, miramos a los ojos, encontramos las palabras con mayor facilidad y podemos responder preguntas inesperadas sin sentir que cada una de ellas representa una amenaza. La seguridad que transmite una buena presentación no necesariamente nace de la personalidad del expositor; muchas veces es simplemente el resultado de haber hecho la tarea. Por eso, aunque parezca paradójico, cuanto más preparado está uno, menos necesita aparentar que lo está. La confianza deja de ser una actuación y se convierte en la consecuencia natural del conocimiento.

Esto me lleva a pensar en la intervención del entonces presidente de Colpensiones, Carlos René Montoya, ante la Comisión Séptima del Senado. Montoya llegó una hora tarde a una cita que, dadas las circunstancias, debió convertirse en una de las experiencias más difíciles de su corta permanencia en el cargo. Apenas llevaba dos días como presidente de Colpensiones y tenía que responder ante una comisión del Senado por su conocimiento de una entidad de enorme complejidad y responsabilidad, encargada del sistema pensional de millones de colombianos. Desde el comienzo, la situación fue difícil: llegó apresurado, la presentación no funcionaba y se mostró visiblemente nervioso mientras intentaba responder a los cuestionamientos de los senadores.

El problema no era que llevara solamente dos días en el cargo. Es perfectamente razonable que una persona no conozca todos los detalles de una organización después de un tiempo tan corto. El propio Montoya reconoció durante la sesión que administrativamente todavía estaba entendiendo Colpensiones y que sería irresponsable afirmar que conocía profundamente la entidad. El problema, entonces, no debería plantearse simplemente como una crítica a alguien que no podía conocerlo todo, sino como una pregunta mucho más importante: ¿qué tanto conocimiento debería tener una persona antes de aceptar la responsabilidad de dirigir una institución de semejante dimensión?

Porque una cosa es no conocer todos los detalles de una organización y otra muy distinta es aceptar un cargo sin tener previamente los conocimientos fundamentales que exige la responsabilidad. La preparación no significa saberlo todo. Significa entender aquello que necesariamente se debe conocer antes de tomar decisiones, identificar las áreas en las que todavía existen vacíos y contar con la capacidad profesional para hacer las preguntas correctas, interpretar las respuestas y rodearse de las personas adecuadas para completar aquello que uno todavía no domina.

En una presentación ante un público especializado, esta diferencia resulta evidente. Cuando uno conoce profundamente el tema puede incluso permitirse improvisar. Puede modificar el orden de la presentación, abandonar una diapositiva, responder una pregunta que no estaba prevista o reconocer tranquilamente que desconoce una cifra concreta. Lo que permite esa tranquilidad no es la ausencia de nervios, sino la certeza de que existe un conocimiento de fondo que sirve como soporte. En cambio, cuando ese conocimiento no existe, cualquier pregunta inesperada puede convertirse en un problema, porque no hay una estructura conceptual suficientemente sólida que permita responderla.

Eso fue, precisamente, lo que hizo particularmente difícil la intervención de Montoya. A las dificultades iniciales se sumaron problemas para explicar algunos de los asuntos que estaban siendo discutidos y, en determinado momento, reconoció incluso que no había llevado notas para apoyarse durante la presentación. Finalmente, llegó a ofrecer a una asesora para que respondiera las preguntas que requerían mayor nivel de detalle, una salida que tampoco resultó posible en las condiciones de la sesión.

Sin embargo, más allá de lo incómoda que pueda resultar una presentación de estas características, hay algo que me parece mucho más importante que la propia exposición. Una mala presentación puede ser simplemente un mal momento. Todos podemos equivocarnos, quedarnos en blanco, olvidar una cifra o enfrentarnos a una pregunta para la que no tenemos respuesta. Pero dirigir una entidad pública de este calado no es una presentación y, mucho menos, es una oportunidad para aprender desde cero aquello que se supone que debemos conocer para ejercer el cargo.

Aceptar un cargo público es aceptar una responsabilidad. Y mientras mayor sea la responsabilidad, mayor debería ser también el nivel de preparación que se exige antes de asumirla. Colpensiones no es una entidad menor ni una organización en la que las decisiones de su presidente afecten únicamente a quienes trabajan dentro de ella. Sus decisiones tienen consecuencias sobre millones de colombianos y sobre uno de los asuntos que mayor impacto tiene en la vida de las personas: la posibilidad de contar con una pensión después de una vida de trabajo.

Por eso considero que aquí aparece una dimensión que suele perderse en las discusiones políticas: la dimensión ética. Cuando a una persona le ofrecen un cargo público de gran importancia, la pregunta no debería ser solamente si quiere aceptarlo, si le conviene políticamente o si representa una oportunidad profesional. También debería preguntarse, con absoluta honestidad, si está preparada para asumirlo. Y si la respuesta es no, tener la responsabilidad y la humildad de decirlo debería ser considerado una virtud, no una muestra de incapacidad.

En ocasiones, la decisión más responsable frente a un ofrecimiento de esta naturaleza puede ser precisamente rechazarlo hasta estar preparado. En política esto puede resultar especialmente difícil, porque las oportunidades de ocupar posiciones de poder no aparecen todos los días y porque decir que no puede interpretarse como una renuncia a una posibilidad que quizá nunca vuelva a presentarse. Pero un cargo público no debería entenderse como un premio ni como una oportunidad para aprender a costa de una institución y de los ciudadanos que dependen de ella. Es, ante todo, un compromiso con quienes van a verse afectados por las decisiones que se tomen desde esa posición.

Por supuesto, nadie llega a una entidad pública sabiendo absolutamente todo. Incluso una persona con una amplia trayectoria profesional tendrá que conocer procedimientos internos, equipos, sistemas de información, procesos administrativos y particularidades que solamente se comprenden plenamente al entrar en la organización. La diferencia está en llegar con una base suficiente para entender rápidamente esos nuevos elementos y, sobre todo, con la capacidad de distinguir entre aquello que razonablemente se puede aprender durante el ejercicio del cargo y aquello que debería haberse aprendido antes de aceptarlo.

También hay una responsabilidad en quienes nombran. Si un gobierno decide que una persona debe dirigir una entidad determinada, no basta con confiar en sus capacidades generales o en su cercanía política. La selección debería partir de las necesidades reales de la institución y de las competencias que exige el cargo. Si, además, el discurso político ha prometido que las entidades serán dirigidas por personas técnicas, conocedoras e idóneas, existe una obligación adicional de coherencia entre lo que se dijo y las decisiones que finalmente se toman. En la sesión del Senado, precisamente, uno de los cuestionamientos fue que durante la campaña se había hablado de la llegada de “los técnicos a las entidades”.

No se trata, entonces, de exigir que un funcionario sea perfecto ni de pretender que conozca hasta el último detalle de la institución desde el primer día. Se trata de establecer un estándar mínimo de idoneidad para asumir responsabilidades que pueden afectar la vida de millones de personas. Una cosa es aprender las particularidades de una entidad y otra muy distinta es llegar a ella sin conocer suficientemente los asuntos esenciales sobre los cuales habrá que tomar decisiones.

La preparación tiene, además, una consecuencia que muchas veces olvidamos: da tranquilidad. Cuando una persona se ha preparado de verdad, no necesita memorizar cada palabra de una presentación ni depender completamente de las diapositivas. Puede conversar sobre el tema. Puede escuchar una pregunta, pensar unos segundos y responder. Puede admitir que algo no lo sabe sin que eso derrumbe toda su exposición. Y esa tranquilidad no se obtiene intentando parecer seguro frente al público; se obtiene construyendo previamente el conocimiento que permite sentirse seguro.

Por eso, cuando uno va a una presentación ante un público conocedor, tiene dos alternativas: prepararse muy bien o saber mucho del tema. Lo mejor, por supuesto, es que ambas condiciones coincidan. En el caso de un funcionario público, sin embargo, hay una diferencia fundamental: no basta con prepararse para la presentación. Hay que prepararse para el cargo.

Y esa es, finalmente, la reflexión que me deja este episodio. Una buena presentación no consiste en conseguir que los demás crean que sabemos, sino en tener realmente el conocimiento necesario para explicar, argumentar y responder. Del mismo modo, ocupar un cargo público no debería consistir en aparentar que se está preparado mientras se aprende sobre la marcha. Quien acepta la responsabilidad de dirigir una institución de la importancia de Colpensiones debería llegar con la preparación necesaria para estar a la altura del cargo y con la humildad suficiente para reconocer aquello que todavía necesita aprender. Porque en el sector privado una mala decisión puede costar dinero; en el sector público, una mala decisión puede costarle mucho más a quienes confiaron en que quienes gobiernan estaban preparados para hacerlo.

@carlosnaranjoanalista

Análisis del lenguaje no verbal y de la expresión oral en la presentación de Carlos René Montoya ante la Comisión Séptima del Senado. Esta intervención, en la que dio cuenta de las cifras faltantes para pagar las pensiones de los colombianos, le costó finalmente el puesto al recién posesionado presidente de Colpensiones.

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Contrapregunta con Ana Cristina Moreno: una vida guiada por el servicio

Ana Cristina Moreno llegó a la política casi sin darse cuenta. En 2015, mientras trabajaba en el sector privado y acompañaba la creación del entonces naciente Centro Democrático, recibió la invitación para encabezar la lista del partido a la Asamblea de Antioquia. La propuesta coincidió con un momento particularmente intenso de su vida: estaba embarazada de su primer hijo, Mateo. Después de conversarlo con su esposo, Camilo, decidió asumir el reto y terminó siendo elegida diputada para el periodo 2016-2019.

Su llegada a lo público, sin embargo, no había comenzado con la política electoral. Ana Cristina ya había trabajado en la Gobernación de Antioquia como directora de Planeación Departamental, una experiencia que le mostró el sector público como un espacio desde el cual era posible transformar la vida de las comunidades, impulsar el desarrollo y resolver problemas concretos. Esa idea del servicio, más que la política como actividad en sí misma, aparece como el hilo conductor de toda su trayectoria.

Después de su paso por la Asamblea, Ana Cristina intentó convertirse en candidata del Centro Democrático a la Alcaldía de Medellín. «La primera mujer alcalde de Medellín», dice. El proceso coincidió nuevamente con un embarazo, esta vez el de su hija Alicia. Aunque finalmente la candidatura quedó en manos de Alfredo Ramos, Ana recuerda aquella precandidatura como una experiencia enriquecedora: le permitió estudiar la ciudad, recorrer sus comunas y barrios, escuchar a distintos sectores y formular propuestas.

Su siguiente etapa fue en el Gobierno nacional. En plena pandemia, en 2020, el presidente Iván Duque la invitó a asumir la presidencia de la Agencia de Desarrollo Rural, entidad adscrita al Ministerio de Agricultura. Durante dos años recorrió el país y conoció de cerca una realidad distinta a la antioqueña. A diferencia de una entidad dedicada principalmente a formular políticas públicas, la Agencia tenía un carácter ejecutor, lo que le permitió trabajar directamente en proyectos y comunidades.

Al terminar esa etapa llegó, según ella misma cuenta, uno de los momentos más difíciles de su vida profesional. Se preguntó qué hacer después y experimentó una sensación de desubicación tanto personal como laboral. Pasó por la gerencia de Valor+, una empresa del conglomerado de la Gobernación de Antioquia, antes de encontrar un nuevo camino en el sector social. Desde hace dos años dirige Presentes (antes llamada Antioquia Presente), una organización sin ánimo de lucro con más de cuatro décadas de experiencia en la canalización de solidaridad y en el desarrollo de proyectos con comunidades y territorios.

Una vocación que viene de familia

La inclinación de Ana por el trabajo comunitario no nació con la política. En la entrevista explica que es hija de dos personas profundamente vinculadas al servicio. Su padre fue sacerdote durante 16 años y, después de abandonar el sacerdocio, se casó con su madre, una trabajadora social que también había sido monja. Ambos continuaron vinculados a diferentes formas de trabajo comunitario.

Su padre, incluso después de retirarse del sacerdocio, organizaba grupos de catequesis, entregaba mercados y creó una organización para sacerdotes retirados que habían formado una familia. Posteriormente encontró en el emprendimiento una nueva forma de sostener a su familia y creó una panadería, Comestibles Flowers, negocio en el que Ana Cristina y su hermana participaron desde pequeñas.

Su madre, por su parte, ejerció como trabajadora social en instituciones como el Hospital General de Medellín y en comisarías de familia. Moreno reconoce en ambos el origen de esa necesidad de estar al servicio de los demás. Es una característica que, según sus propias palabras, ha estado presente desde su infancia.

La política como medio, no como fin

Quizá la idea más importante de la entrevista aparece al hablar de su futuro político. Ante la pregunta de si contempla regresar a la política, Ana responde que no siente una obsesión por volver a ella, pero sí por el servicio.

Su actual trabajo en Presentes le permite continuar haciendo aquello que, según explica, le da sentido a su vida: acompañar comunidades, promover proyectos y contribuir a resolver problemas concretos. Texto pegado

Esa perspectiva permite entender por qué describe la política como “su otra vida”. No parece haber una ruptura con su trayectoria anterior, sino un cambio de escenario. Primero fue la Gobernación, luego la Asamblea, después la Agencia de Desarrollo Rural y ahora una organización dedicada a canalizar solidaridad y promover procesos de reconstrucción.

Una política que queda atrás, pero no una vocación

La conversación con Ana Cristina Moreno termina, entonces, lejos de una declaración de retiro definitivo de la vida pública. Lo que aparece es algo diferente: la política dejó de ser el escenario central de su vida, pero el servicio a la comunidad continúa siendo su principal motivación.

Desde esa perspectiva, su trayectoria puede leerse como una búsqueda permanente de la misma finalidad a través de diferentes caminos. La administración, el sector público, la política electoral, el Gobierno nacional y ahora el trabajo social son etapas distintas de una misma historia.

Ana Cristina no dice estar buscando regresar a la política. Dice algo más sencillo y, al mismo tiempo, más coherente con lo que ha sido su vida: quiere seguir sirviendo. Y mientras encuentre espacios para hacerlo, considera que está conectada con aquello que realmente la hace feliz.

Crónica de un ataque anunciado

Lenguaje no verbal y comunicación oral del expresidente de Colpensiones en la Comisión Séptima del Senado

Los tiburones no atacan de inmediato. Primero observan, dan vueltas alrededor de aquello que les interesa y esperan una señal que les indique que ha llegado el momento de actuar. En la naturaleza, esa señal puede ser una herida o el movimiento errático de un animal. En una sala de sesiones, donde unos senadores esperan respuestas de un funcionario recién nombrado, puede ser algo mucho más sutil: una presentación que falla, una respuesta imprecisa, una mirada que se pierde, un gesto de incomodidad o la evidente dificultad para sostener una conversación sobre un tema que se supone que el funcionario debe dominar.

Eso fue lo que ocurrió durante la presentación de Carlos René Montoya ante la Comisión Séptima del Senado, pocos días después de haber asumido la presidencia de Colpensiones. Su comparecencia debía ser una oportunidad para explicar sus propuestas y demostrar su conocimiento sobre una entidad que administra uno de los asuntos más sensibles para millones de colombianos. Sin embargo, terminó convirtiéndose en una demostración bastante interesante, aunque desafortunada para su protagonista, de la importancia que tienen el lenguaje no verbal y la comunicación oral cuando una persona debe enfrentarse a un público que conoce profundamente el tema sobre el cual está hablando.

Montoya llegó una hora tarde a la cita y, desde el comienzo, las condiciones no parecían estar de su lado. La presentación no funcionaba correctamente, se mostraba apresurado y confundido y, mientras los senadores hacían comentarios sobre lo reciente de su nombramiento, comenzó a balancearse en la silla, a sonreír nerviosamente y a mirar hacia abajo. En circunstancias diferentes, cualquiera de esos comportamientos podría carecer de importancia. Una persona puede mirar hacia abajo porque está pensando, sonreír porque se siente incómoda o cambiar de posición porque lleva demasiado tiempo sentada. El problema aparece cuando esas señales empiezan a acumularse y coinciden con dificultades en el discurso.

Ahí es donde el lenguaje no verbal adquiere verdadera importancia. No porque exista un diccionario capaz de traducir cada gesto en una emoción determinada, sino porque las personas construimos nuestras impresiones a partir de múltiples señales que recibimos al mismo tiempo. Una cosa es lo que alguien dice y otra, no necesariamente contradictoria pero sí complementaria, es lo que su cuerpo transmite mientras lo dice. La postura, la mirada, la respiración, los movimientos de las manos, las pausas y la manera de utilizar la voz terminan formando parte del mensaje, aunque el orador no sea consciente de ello.

Montoya intentó demostrar que tenía antecedentes suficientes para aproximarse al tema. Recordó que había realizado su tesis de grado sobre la Ley 100 y llegó a decir que, para él, encontrarse con Colpensiones era como Navidad. La frase buscaba transmitir entusiasmo y conocimiento previo, pero el contexto hacía que cada palabra tuviera un peso diferente. Poco después, mientras se rascaba levemente la nariz, comenzaba a aparecer una contradicción entre la imagen de dominio que necesitaba proyectar y las señales de incomodidad que acompañaban su exposición.

La situación se volvió todavía más compleja cuando reconoció que administrativamente apenas estaba entendiendo Colpensiones y que sería irresponsable afirmar que conocía profundamente la entidad. Desde el punto de vista estrictamente personal, reconocer los límites del propio conocimiento puede ser una señal de honestidad. El problema no estaba necesariamente en admitirlo, sino en el escenario en el que lo hacía. Apenas llevaba dos días en el cargo y estaba frente a una comisión del Senado que esperaba escuchar al responsable de una organización cuya complejidad exigía respuestas concretas.

A partir de ese momento, las señales comenzaron a acumularse. Montoya se acomodó el nudo de la corbata, respiró profundamente, intentó abrirse el cuello de la camisa, se mordió los labios y tomó agua. Buscó información en la presentación y reconoció que no había llevado sus notas. Posteriormente, mientras explicaba de manera confusa algunos de los valores relacionados con el sistema.

Contrapregunta con Eduardo Domínguez: «La verdadera historia de Colombia no existe»

En el año 2004 me sentaba los domingos en la noche frente al televisor para ver un programa de mi universidad, la Universidad de Antioquia en ese momento, llamado La Fuerza de los Argumentos. En este programa intervenían el filósofo Alfonso Monsalve y el historiador Eduardo Domínguez y otro grupo de invitados, dependiendo del tema. Este último me acompañó recientemente en Contrapregunta para conocer un poco más de su historia personal y su vida.

Comenzamos hablando del programa de televisión y poco a poco nos fuimos adentrando en otras facetas de su vida, como cuando decidió estudiar historia porque no pasó a medicina. En el fondo, dice, su vocación era servir más que ser médico. Es el decimosexto hijo de una familia paisa de 17 hijos y nos cuenta que sus padres veían con recelo la idea de estudiar historia, como sucede con muchos muchachos que deciden estudiar carreras no tradicionales.

Hay una idea que atraviesa buena parte de la conversación con Eduardo en mi podcast Contrapregunta y es que no existe una única historia verdadera, ni de Colombia ni del mundo. Eso no quiere decir que cualquier historia sea cierta, sino que la historia, como la ciencia, avanza y va cambiando de acuerdo a nuevos descubrimientos.

“Un estudio historia para diseñar el futuro”, dice en la entrevista. Quedarse buscando al “verdadero” Bolívar, Córdova o María Cano sería, desde su perspectiva, una forma de convertir la historia en contemplación del pasado. Lo importante es identificar personajes, acontecimientos y acciones colectivas para descubrir las opciones que la experiencia humana ofrece.

No hay una sola historia

Eduardo rechaza la idea de que podamos encontrar una narración definitiva del pasado. No porque los hechos sean imaginarios, sino porque también existen múltiples posibilidades de construir historias dependiendo de las preguntas y de las miradas desde las cuales se investiga.

Las afirmaciones históricas necesitan pruebas. Archivos históricos, antropológicos, sociológicos, políticos y culturales pueden proporcionar evidencias para sostener una interpretación. Una afirmación no adquiere credibilidad simplemente porque alguien la repita con convicción.

El criterio, entonces, no es quién habla más fuerte, sino qué evidencias puede presentar. Eduardo lleva esta idea incluso al terreno de la valoración de personajes políticos: si alguien quiere presentar a un dirigente como un “santo”, no basta con la reputación o el discurso. Hay que comprobar sus acciones mediante fuentes primarias.

La historia también es un asunto de poder

La conversación adquiere una dimensión política cuando se habla de las llamadas historias oficiales. Mi invitado rechaza dos lugares comunes tales como que “la historia la escriben los vencedores” y que «los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla». Para él, el problema es más complejo.

Las academias y los departamentos de historia han permitido tomar distancia de los poderes políticos y producir investigaciones con metodologías compartidas y sometidas al debate. Pero eso no elimina la disputa por la circulación de las versiones históricas.

Afirma Eduardo que los poderes promueven las verdades que les resultan convenientes y pueden intentar ocultar o desacreditar otras, tal como sucedió con Julian Assange y las revelaciones de WikiLeaks. De ahí que el problema no sea únicamente investigar, sino garantizar que distintas interpretaciones puedan circular públicamente.

Esto explica por qué los archivos clasificados y la información que permanece fuera del alcance público tienen tanta importancia. El historiador no puede limitarse a los archivos oficiales: necesita buscar fuentes diversas y evaluar cuáles resultan más creíbles y confiables. En otras palabras, hacer historia es también preguntarse cómo sabemos que aquello que creemos cierto es realmente verdadero.

La democracia necesita muchas voces

La democracia no consiste en establecer una versión oficial de la realidad, sino en permitir que distintas perspectivas puedan expresarse, confrontarse y defenderse públicamente. La universidad pública, por ejemplo, debería funcionar como un ágora en la que puedan circular los distintos puntos de vista. Una institución que impusiera una única manera de pensar dejaría de cumplir, precisamente, una de sus funciones fundamentales.

La misma lógica la aplica a la cultura política. Se puede defender una convicción con firmeza, pero no imponerla mediante la violencia ni impedir que los demás expresen la suya. Para Eduardo, la democracia es un debate político permanente y público. Por eso considera problemático que determinados temas —política, religión, sexo u otros asuntos controvertidos— se conviertan en temas de los que “no se habla”. El silencio no elimina los problemas; simplemente impide discutirlos y abordarlos para buscarles soluciones.

Una lección también para el periodismo

Esta concepción de la historia tiene una conexión evidente con otra de las áreas a las que Eduardo ha dedicado buena parte de su carrera: el análisis de los medios de comunicación. En Contrapregunta explica que una de sus investigaciones estudió durante décadas la manera como la prensa de Medellín presentó a la Universidad de Antioquia. Su punto de partida también implicaba una selección: qué acontecimientos aparecen, cuáles adquieren importancia y cómo el orden y el tratamiento de la información contribuyen a construir un imaginario.

Lo interesante es que el propio investigador descubrió allí un sesgo suyo. Antes de realizar la investigación suponía que determinados medios, particularmente El Colombiano, tendrían una actitud mucho más negativa frente a la Universidad de Antioquia. Sin embargo, al revisar cincuenta años de editoriales y columnas de opinión encontró algo diferente: un reconocimiento muy favorable de la institución.

La historia no es una respuesta, es una pregunta

Quizás esta sea la idea que más me interesa de la entrevista. Si aceptamos que no existe una única historia definitiva, pero también que las interpretaciones deben someterse a pruebas, entonces estudiar historia no significa elegir arbitrariamente la versión que más nos gusta. Significa comparar versiones, examinar fuentes, evaluar evidencias y estar dispuestos a modificar nuestras conclusiones.

Eso vale para la historia, pero también para el periodismo, la política y la vida pública. En una época en la que las redes sociales permiten que cualquier persona produzca y distribuya una interpretación sobre casi cualquier acontecimiento, la capacidad de distinguir entre evidencia, interpretación y opinión se vuelve todavía más importante.

La democracia no necesita que todos pensemos igual sobre el pasado. Necesita que podamos discutir nuestras diferencias sin convertirlas en verdades oficiales, y que tengamos la libertad de expresar nuestros puntos de vista y cambiar de opinión cuando las evidencias nos lo indiquen.

A continuación el video con la entrevista completa. Espero que disfrute viéndolo, igual o más, que Eduardo y yo mientras sosteníamos esta conversación.