Decálogo del buen entrevistador

Principios básicos para una buena entrevista

Entrevistar parece fácil. Basta con un micrófono, una grabadora o una cámara para que cualquiera se crea capaz de sentarse frente a otra persona y hacerle preguntas. Hoy lo hacen a diario miles de podcasters, creadores de contenido y periodistas en formación. Sin embargo, entre una conversación cualquiera y una buena entrevista hay una distancia enorme, y lo que la cubre no es tanto el talento natural como los gajes del oficio.

Los diez principios que siguen son el resultado de años de trabajo frente al micrófono y de reflexión propia, y también de mis conversaciones con el periodista Javier Velásquez Yepes, exdirector de Caracol Radio Medellín y hoy director del programa radial Así Va Antioquia. Están ordenados en orden cronológico: lo que se hace antes de sentarse frente al entrevistado, lo que pasa durante la conversación y lo que queda después de apagar la grabadora. Por supuesto, no son reglas rígidas, sino pistas para quien quiera aprender a conversar con propósito, ya sea estudiante o profesional de comunicación social o de periodismo, podcaster o cualquier persona que aspire a ser un buen entrevistador.

1. La entrevista empieza antes de encender el micrófono.
Toda buena entrevista se decide en buena parte antes de comenzar. El primer paso es elegir bien el tema: una conversación conectada con lo que está pasando capta mucho más la atención del público, y por eso el enfoque debe ser más el de un reportero que el de un académico. No se trata de agotar un asunto en abstracto, sino de explicar por qué importa hoy, qué cambia y a quién afecta. El segundo paso es prepararse, es decir, investigar al entrevistado, conocer el tema y tener claro qué se quiere obtener de la conversación. Un cuestionario puede servir como mapa, pero no como guion. Ayuda a no perderse y hay que estar dispuesto a abandonarlo cuando la conversación encuentra un camino mejor. Quien se ha preparado puede permitirse preguntar con sencillez. Quien no lo ha hecho, solo puede leer preguntas o hacer complicadas intervenciones.

2. Hay que ganarse la confianza del entrevistado.
Nadie revela algo importante a quien percibe como una amenaza. Atemorizar o acorralar al entrevistado desde el comienzo solo consigue que se cierre y se defienda con lugares comunes. La confianza no implica complacencia. Se construye mostrando preparación, respeto y un interés genuino por lo que la persona tiene para contar, y sobre esa base incluso las preguntas difíciles se reciben de otra manera.

3. Una entrevista es un diálogo entre dos, no un juicio.
El entrevistador no es un fiscal ni el entrevistado un acusado. Puede haber preguntas incómodas, y a veces son necesarias, pero el propósito es comprender y ayudar a que la audiencia comprenda y tenga elementos de juicio. Juicio que no le corresponde al entrevistador. Cuando la entrevista se vuelve una especie de interrogatorio, la atención pasa del contenido al enfrentamiento, y el público termina recordando la pelea y no lo que se dijo. Precisamente porque es un diálogo, funciona mejor entre dos personas. Cuando hay varios entrevistadores, cada uno llega con su propia agenda, las preguntas se cruzan y el hilo conductor se rompe, y lo mismo pasa cuando se entrevista a varias personas a la vez. La conversación uno a uno permite profundizar, mantener un rumbo y cumplir el objetivo con el que se planeó la entrevista.

4. Tenemos dos oídos y una boca porque escuchar es el doble de importante que hablar.
Escuchar no es esperar el turno para hablar. Es seguir el razonamiento del otro y fijarse en sus énfasis, sus dudas y lo que evita decir. El entrevistador que está pensando en su próxima intervención mientras el otro habla se pierde justamente lo que la audiencia quería oír. Escuchar también incluye saber callar. No hay que llenar cada pausa: si el entrevistador guarda silencio unos segundos después de una respuesta, el entrevistado suele seguir hablando, y muchas veces lo más revelador llega justo en ese momento.

5. Las mejores preguntas no son las más inteligentes, sino las básicas.
Existe la tentación de lucirse con preguntas largas, llenas de datos y de jerga, que demuestran cuánto sabe el entrevistador. Pero las que mejor funcionan suelen ser simples y a veces hasta ingenuas: por qué, cómo, qué significa eso, qué va a pasar ahora. Son las preguntas que se haría la gente del común, y el entrevistador está allí en su nombre. Funcionan porque el objetivo de una pregunta no es sonar bien, sino lograr que el entrevistado cuente, explique o revele algo interesante. Por eso conviene evitar las preguntas que se responden con un sí o un no, las que ya traen la respuesta incluida y las que encadenan tres o cuatro preguntas en una sola. Una pregunta vale por lo que consigue que el otro diga.

6. Tan o más importante que la pregunta es la contrapregunta.
La primera pregunta abre la puerta, pero es la contrapregunta la que permite entrar. Casi todos los entrevistados llegan con respuestas preparadas, y lo valioso suele aparecer cuando el entrevistador retoma un detalle, una contradicción o una frase dicha a medias. Esto solo es posible si se ha escuchado con atención y si uno se preparó lo suficiente para notar cuándo el entrevistado dice algo nuevo o repite un libreto. Quien se aferra a su cuestionario y pasa a la siguiente pregunta sin importar lo que acaba de oír está llenando un formulario, no entrevistando.

7. El entrevistado es el protagonista, no el periodista.
La audiencia sintoniza para escuchar al invitado. El entrevistador que habla más que su entrevistado, que interrumpe para contar sus propias anécdotas o que aprovecha cada respuesta para opinar, le quita el espacio a quien vino a hablar. Al buen entrevistador se le reconoce por lo que logra en la conversación, no por cuánto se hace notar en ella. La advertencia es especialmente pertinente en el mundo del podcast, donde la personalidad del anfitrión suele pesar bastante.

8. El periodista pregunta lo que quiere y el entrevistado responde lo que quiere.
En una entrevista los dos tienen libertad. El entrevistador puede preguntar lo que considere pertinente, y el entrevistado puede responder, matizar o abstenerse. En ese sentido no hay malas preguntas ni malas respuestas, porque incluso una evasiva le dice algo a la audiencia. El trabajo del entrevistador no es forzar una confesión, sino crear las condiciones para que la respuesta valga la pena y dejar que el público saque sus propias conclusiones.

9. La vida íntima del entrevistado es sagrada.
No se debe recurrir a la vida privada de una persona para acorralarla, presionarla o exponerla. Hacerlo puede producir un momento llamativo, pero es una falta ética que además destruye la confianza, no solo con ese entrevistado sino con todos los que vendrán después. Si la intimidad aparece en la conversación, debe ser porque el entrevistado decidió compartirla y no porque se la arrancaron o lo desnudaron a la fuerza.

10. La responsabilidad no termina al apagar la grabadora.
Lo que se hace con la entrevista después de grabarla es tan importante como la conversación misma. Al editar, recortar o titular no se puede sacar una frase de su contexto ni hacerle decir al entrevistado algo que no dijo. Hoy esto pesa más que nunca, porque un fragmento de quince segundos en redes sociales puede circular mucho más que la entrevista completa y convertirse, para miles de personas, en lo único que se sabe de ella. La confianza que se ganó durante la conversación puede perderse en la sala de edición.

En el fondo, estos diez principios llegan a un principio básico: una buena entrevista es una conversación bien llevada, en la que alguien se prepara, escucha con atención, pregunta con sencillez y respeta a quien tiene enfrente, antes, durante y después. Si se cumplen, la audiencia termina sabiendo algo que antes no sabía y entrevistador y entrevistado han enseñado y aprendido algo nuevo.


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