Contrapregunta con Eduardo Domínguez: «La verdadera historia de Colombia no existe»

En el año 2004 me sentaba los domingos en la noche frente al televisor para ver un programa de mi universidad, la Universidad de Antioquia en ese momento, llamado La Fuerza de los Argumentos. En este programa intervenían el filósofo Alfonso Monsalve y el historiador Eduardo Domínguez y otro grupo de invitados, dependiendo del tema. Este último me acompañó recientemente en Contrapregunta para conocer un poco más de su historia personal y su vida.

Comenzamos hablando del programa de televisión y poco a poco nos fuimos adentrando en otras facetas de su vida, como cuando decidió estudiar historia porque no pasó a medicina. En el fondo, dice, su vocación era servir más que ser médico. Es el decimosexto hijo de una familia paisa de 17 hijos y nos cuenta que sus padres veían con recelo la idea de estudiar historia, como sucede con muchos muchachos que deciden estudiar carreras no tradicionales.

Hay una idea que atraviesa buena parte de la conversación con Eduardo en mi podcast Contrapregunta y es que no existe una única historia verdadera, ni de Colombia ni del mundo. Eso no quiere decir que cualquier historia sea cierta, sino que la historia, como la ciencia, avanza y va cambiando de acuerdo a nuevos descubrimientos.

“Un estudio historia para diseñar el futuro”, dice en la entrevista. Quedarse buscando al “verdadero” Bolívar, Córdova o María Cano sería, desde su perspectiva, una forma de convertir la historia en contemplación del pasado. Lo importante es identificar personajes, acontecimientos y acciones colectivas para descubrir las opciones que la experiencia humana ofrece.

No hay una sola historia

Eduardo rechaza la idea de que podamos encontrar una narración definitiva del pasado. No porque los hechos sean imaginarios, sino porque también existen múltiples posibilidades de construir historias dependiendo de las preguntas y de las miradas desde las cuales se investiga.

Las afirmaciones históricas necesitan pruebas. Archivos históricos, antropológicos, sociológicos, políticos y culturales pueden proporcionar evidencias para sostener una interpretación. Una afirmación no adquiere credibilidad simplemente porque alguien la repita con convicción.

El criterio, entonces, no es quién habla más fuerte, sino qué evidencias puede presentar. Eduardo lleva esta idea incluso al terreno de la valoración de personajes políticos: si alguien quiere presentar a un dirigente como un “santo”, no basta con la reputación o el discurso. Hay que comprobar sus acciones mediante fuentes primarias.

La historia también es un asunto de poder

La conversación adquiere una dimensión política cuando se habla de las llamadas historias oficiales. Mi invitado rechaza dos lugares comunes tales como que “la historia la escriben los vencedores” y que «los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla». Para él, el problema es más complejo.

Las academias y los departamentos de historia han permitido tomar distancia de los poderes políticos y producir investigaciones con metodologías compartidas y sometidas al debate. Pero eso no elimina la disputa por la circulación de las versiones históricas.

Afirma Eduardo que los poderes promueven las verdades que les resultan convenientes y pueden intentar ocultar o desacreditar otras, tal como sucedió con Julian Assange y las revelaciones de WikiLeaks. De ahí que el problema no sea únicamente investigar, sino garantizar que distintas interpretaciones puedan circular públicamente.

Esto explica por qué los archivos clasificados y la información que permanece fuera del alcance público tienen tanta importancia. El historiador no puede limitarse a los archivos oficiales: necesita buscar fuentes diversas y evaluar cuáles resultan más creíbles y confiables. En otras palabras, hacer historia es también preguntarse cómo sabemos que aquello que creemos cierto es realmente verdadero.

La democracia necesita muchas voces

La democracia no consiste en establecer una versión oficial de la realidad, sino en permitir que distintas perspectivas puedan expresarse, confrontarse y defenderse públicamente. La universidad pública, por ejemplo, debería funcionar como un ágora en la que puedan circular los distintos puntos de vista. Una institución que impusiera una única manera de pensar dejaría de cumplir, precisamente, una de sus funciones fundamentales.

La misma lógica la aplica a la cultura política. Se puede defender una convicción con firmeza, pero no imponerla mediante la violencia ni impedir que los demás expresen la suya. Para Eduardo, la democracia es un debate político permanente y público. Por eso considera problemático que determinados temas —política, religión, sexo u otros asuntos controvertidos— se conviertan en temas de los que “no se habla”. El silencio no elimina los problemas; simplemente impide discutirlos y abordarlos para buscarles soluciones.

Una lección también para el periodismo

Esta concepción de la historia tiene una conexión evidente con otra de las áreas a las que Eduardo ha dedicado buena parte de su carrera: el análisis de los medios de comunicación. En Contrapregunta explica que una de sus investigaciones estudió durante décadas la manera como la prensa de Medellín presentó a la Universidad de Antioquia. Su punto de partida también implicaba una selección: qué acontecimientos aparecen, cuáles adquieren importancia y cómo el orden y el tratamiento de la información contribuyen a construir un imaginario.

Lo interesante es que el propio investigador descubrió allí un sesgo suyo. Antes de realizar la investigación suponía que determinados medios, particularmente El Colombiano, tendrían una actitud mucho más negativa frente a la Universidad de Antioquia. Sin embargo, al revisar cincuenta años de editoriales y columnas de opinión encontró algo diferente: un reconocimiento muy favorable de la institución.

La historia no es una respuesta, es una pregunta

Quizás esta sea la idea que más me interesa de la entrevista. Si aceptamos que no existe una única historia definitiva, pero también que las interpretaciones deben someterse a pruebas, entonces estudiar historia no significa elegir arbitrariamente la versión que más nos gusta. Significa comparar versiones, examinar fuentes, evaluar evidencias y estar dispuestos a modificar nuestras conclusiones.

Eso vale para la historia, pero también para el periodismo, la política y la vida pública. En una época en la que las redes sociales permiten que cualquier persona produzca y distribuya una interpretación sobre casi cualquier acontecimiento, la capacidad de distinguir entre evidencia, interpretación y opinión se vuelve todavía más importante.

La democracia no necesita que todos pensemos igual sobre el pasado. Necesita que podamos discutir nuestras diferencias sin convertirlas en verdades oficiales, y que tengamos la libertad de expresar nuestros puntos de vista y cambiar de opinión cuando las evidencias nos lo indiquen.

A continuación el video con la entrevista completa. Espero que disfrute viéndolo, igual o más, que Eduardo y yo mientras sosteníamos esta conversación.

Contrapregunta con Jota Enrique Ríos: «Fundé el NEA porque me echaron de todas partes»

El hombre hecho a pulso y terminó fundando una escuela de periodismo de duró 45 años

El fundador del Noticiero Económico Antioqueño (NEA), maestro de varias generaciones de periodistas y protagonista de una vida que, contada de corrido, suena a guion de película. La resumió él mismo, sin proponérselo, con una frase que abre esta conversación: le dijeron que podía morir.

«O le baja a la trabajadera o termina al otro lado del río»

El médico le dijo que tenía un estrés crónico que lo iba a matar. Jota le pidió tiempo para pensar con su esposa, Graciela, «con cabeza fría». Salieron de la clínica Las Américas, lloraron un rato, y esa misma tarde hicieron algo que solo alguien con su temple haría: fueron al cementerio Campos de Paz y compraron su propio servicio funerario. Sin velorio, sin fiesta, cremación. Graciela, viéndolo tan tranquilo, le pidió que le comprara el de ella también, «para quedar tranquila si algo pasaba».

No pasó. O, mejor dicho, pasó algo distinto: el médico les recetó viajar. Jubilados, con los cinco hijos ya graduados y casados, Jota y Graciela empezaron a hacer un viaje grande cada año —Londres, el Eurotúnel, Bélgica, Berlín, Viena, Praga, Roma, y de ahí en barco hasta Barcelona— y una escapada corta dentro de Colombia a mitad de año.

El cáncer de Graciela

La calma duró hasta que, en uno de esos chequeos rutinarios, le diagnosticaron a Graciela cáncer de páncreas. El pronóstico inicial era brutal: cuatro o cinco meses, sin nada que hacer. Jota, fiel a su instinto de reportero económico, hizo lo que sabe hacer: buscar una segunda opinión y preguntar por las probabilidades reales. Consiguió una cita casi imposible con el único especialista capaz de operar ese tipo de cáncer en la ciudad, gracias a una llamada directa al director de la clínica. El médico aceptó operar. Aun así, el desenlace no cambió: Graciela vivió sus últimos meses en cuidado paliativo, tranquila, sabiendo lo que se avecinaba.

Una historia de amor que empezó con una bicicleta

Antes de todo eso, mucho antes, Jota era entrenador de un club de ciclismo formado por mensajeros de farmacia —él mismo había sido mensajero y campeón de esas carreras clandestinas que organizaban entre boticas rivales—. Uno de sus pupilos, torpe sobre la bicicleta y a punto de abandonar por presión de sus padres, terminó siendo la puerta de entrada a la que sería el amor de su vida: la hermana del muchacho, una niña de 14 años llamada Graciela, a quien vio por primera vez abriéndole la puerta de esa casa.

El cortejo, contado por él, tiene la textura de otra época: un almuerzo con los papás en una fonda antioqueña, una caminata después del postre y una declaración sin rodeos: «yo me quiero casar con la hija de ustedes». ¡Pero ella tiene novio!», le respondieron los padres. «Eso no importa, Ustedes no la dejen casar con él», respondió confiado Jota. Un accidente cubriendo la Vuelta a Colombia de 1963 —el carro en el que viajaba se volcó y él quedó inconsciente tres días en un hospital de Pereira— fue lo que finalmente encaminó el compromiso: la visita de Graciela y su madre al hospital, entre lágrimas, marcó el principio real del romance. De ahí salieron cinco hijos que él llama, sin ironía, «cinco estrellas»: dos comunicadores sociales, un publicista, un ingeniero de sistemas que hoy y una economista que —dice entre risas— es quien hoy le administra la tarjeta de crédito.

El niño que llegó solo a Medellín a los 14 años

La parte más asombrosa de la conversación, sin embargo, es la de sus orígenes. Jota Enrique Ríos llegó a Medellín a los catorce años, recién cumplidos, sin conocer a nadie, sin carta de recomendación de ningún cura, buscando trabajo por su cuenta. Antes había pasado por el seminario —enviado allí por presión familiar para ser sacerdote— de donde lo expulsaron. «A mi me echaron de todas partes», dice entre risas. Comenzó trabajando en una carnicería en Medellín, donde dormía sobre un colchón encima de las neveras, hasta que lo despidieron por faltar a trabajar el día de una carrera ciclística.

Sin techo, durmió dos noches en una residencia de mala muerte en Guayaquil —»la Bayadera», la describe, «peor que Guayaquil más diez»— hasta encontrar una pieza y, después, un aviso que pedía «mensajero con bicicleta». No tenía bicicleta, pero mintió, consiguió que le prestaran una desinflada, la arregló él mismo con un kit de parches, y se quedó con el puesto. ¿Y la bicicleta? Le prestaron para comprar una nueva por que la de él «valía más arreglarla».

De mensajero a periodista, sin haber pisado una universidad

El salto al periodismo fue igual de improvisado. Llevaba un boletín de una carrera clandestina de ciclismo al periódico El Correo cuando un editor, casi por accidente, le pidió que le escribiera una nota. Jota confesó que no sabía redactar, que ni siquiera sabía poner el papel en la máquina de escribir. La respuesta del editor fue la que terminaría definiendo su carrera: «sabe lo que los demás no saben: usted no solo monta en bicicleta, sabe correr y sabe ganar. Eso lo pone por encima de todos». Esa noche, dice Jota «me gradué de periodista sin haber estudiado nunca».

De ahí en adelante, la vida de Jota es una sucesión de despidos que él cuenta casi con orgullo: lo echaron de El Correo, y de Vea Deportes —después de haber revolucionado la impresión a color de la revista con un sistema que él mismo diseñó junto a un mecánico—, y de Radio Sucesos RCN de Barranquilla donde fundó un noticiero completo reclutando estudiantes de periodismo antes de que se graduaran. El diario El Colombiano, cuando volvió a Medellín a buscar trabajo, le cerró la puerta por no tener título universitario. Años después regresaría al diario antioqueño a dirigir las Notas Económicas.

Un corresponsal en el terremoto de Nicaragua, sin salir de Bogotá

Uno de los episodios más insólitos de esta conversación en Contrapregunta es que mientras trabajaba para la agencia española EFE, Jota cubrió el terremoto de Nicaragua de finales de los años 60 sin moverse de Bogotá. Managua había quedado completamente incomunicada, así que Jota recurrió a su afición por la radioafición para contactar a un radioaficionado nicaragüense que seguía transmitiendo, le pidió datos en tiempo real y escribió las crónicas fechadas en Managua. Fue, según cuenta, la única agencia internacional que logró informar con ese nivel de detalle mientras la ciudad estaba a oscuras para el resto del mundo. Ganó su primer gran premio periodístico por esa cobertura, hecha por teléfono y por radio.

El nicho que nadie había ocupado

El origen del Noticiero Económico Antioqueño —el proyecto que terminaría marcando 45 años de periodismo en la región y formando a decenas de reporteros— nació, otra vez, de un despido: el de Clarín. Jota decidió que necesitaba «inventar algo de donde no lo echaran», y aplicó una lógica que había aprendido leyendo mercadeo: identificar qué necesitaba el mercado y, si no existía, crearlo. Antioquia tenía trece programas deportivos y ninguno económico. El problema era que Jota no sabía nada de economía, «ni sumar ni restar», según sus palabras.

Su solución fue tan directa como el resto de su carrera. Se dirigió personalmente a buscar a los empresarios más importantes de la región —entre ellos Fabio Echeverry Correa y Jorge Molina Moreno— para pedirles que le prestaran a sus economistas como maestros. Se fue a la Bolsa de Medellín a preguntarle al gerente qué era una acción, y terminó con un portafolio armado por el propio experto para poder seguir, a mano, en tiras de papel de contador, cómo subían y bajaban los precios. Aprendió a leer un balance financiero preguntándole directamente a un profesor de la universidad. De esa curiosidad autodidacta, y de la necesidad de no volver a quedarse sin trabajo, nació una de las instituciones periodísticas más longevas de Antioquia: El Noticiero Económico Antioqueño.

Cerrar con la misma serenidad con la que empezó

Cuarenta y cinco años después, Jota Enrique Ríos cerró el Noticiero Económico Antioqueño con la misma calma con la que ha enfrentado cada despido, cada diagnóstico y cada tramo difícil del camino: sin dramatismo, viendo el cierre como una etapa más. Es, quizás, la clave de toda la conversación: la de un hombre que aprendió, desde niño y a la fuerza, a leer cada golpe de la vida no como un final, sino como el punto de partida de la siguiente historia.

Contrapregunta con Duglas Balbín: un hombre que se enamoró de la radio a los dos años

Hay entrevistados que llegan con anécdotas. Duglas Balbín llegó con una filosofía de vida entera, forjada en casi 24 años de periodismo económico y en dos batallas contra el cáncer —la suya y la de su esposa— que le enseñaron, dice él, la diferencia entre curarse y sanar. Esta es la historia que conversamos en la más reciente edición de Contrapregunta.

Una infancia sintonizada en AM

Duglas asegura que su amor por la radio empezó a los dos años, según le contaba su madre. Un padre maestro —dedicado a la educación especial en el Instituto Tomás Carrasquilla de Bello— que después, a los 48 años, se graduó de abogado y se convirtió en juez promiscuo municipal. Una casa donde las salidas de fin de semana del papá alternaban entre el pueblo y Medellín; y un niño que, mientras tanto, vivía pegado a un radio de transistores, fanático de la radio deportiva y noticiosa.

Pasó por cinco colegios distintos —incluido un fugaz e intenso paso por un colegio militar en Bello del que salió, literalmente, enfermo por la exigencia física— hasta terminar el bachillerato con las notas suficientes para conseguir una beca en una universidad privada de Bogotá. Allí, en una entrevista de admisión, su conocimiento enciclopédico de noticias convenció a los docentes que lo evaluaban en la Universidad Central.

El profesor que le cambió el rumbo

Fue en Bogotá, de la mano del profesor Efraín Pachón —entonces editor económico de El Espectador— donde Duglas descubrió su vocación: el periodismo económico. Pero las cuentas no le daban para quedarse en la capital sin poder trabajar, así que regresó a Medellín y se trasladó a la Universidad de Antioquia, donde terminó la carrera.

Antes de llegar al oficio que lo definiría, hizo su escuela en La Voz de Amalfi, la emisora de un pueblo del norte antioqueño donde su familia vivía por el trabajo de su padre. Allí aprendió al lado de locutores que recuerda con cariño, y allí también vivió una de las heridas más profundas de su vida: el asesinato, en 1994, de Alberto Yepes, el director de la emisora que había confiado en él, un simple estudiante, para sacar adelante un periódico local.

Veinticuatro años en el Noticiero Económico Antioqueño

La llegada de Duglas al Noticiero Económico Antioqueño tiene algo de destino cruzado con la casualidad: conoció a J. Enrique Ríos, su fundador, desde niño, en una cena familiar de fin de año, mucho antes de imaginar que trabajarían juntos. Cuando la oportunidad llegó, en 1997, le tomó seis meses decidirse a dejar la emisora universitaria donde era feliz. No se arrepintió: «el noticiero me abrió el mundo», dice, recordando viajes a coberturas como las reuniones del FMI y el Banco Mundial en Turquía o la cumbre climática de Dinamarca.

En ese mismo edificio conoció a quien sería su esposa, Luisa Fernanda: fueron vecinos de oficina durante dos años antes de que un «cómplice» los emparejara. Al año ya estaban casados y siguieron siendo vecinos de oficina por otros dos años más.

Dos cánceres, una misma lección

La parte más íntima de la conversación llegó cuando hablamos de salud. Duglas fue diagnosticado de cáncer hace 18 años; lo enfrentó con tanta discreción que «poca gente se dio cuenta». Cirugía y radioterapia oportunas le permitieron volver a trabajar —cubriendo el FMI en Turquía— apenas un mes después.

Años más tarde, a los pocos meses de recibir el alta médica, fue su esposa Luisa Fernanda quien recibió el mismo diagnóstico, en un proceso más duro que se extendió entre cuatro y cinco meses. De esa doble experiencia, Duglas extrae la enseñanza que más repite: quien acompaña a un enfermo debe rodearlo de optimismo, evitar los rumores y los casos trágicos ajenos, y entender que el objetivo no es solo curar el cuerpo, sino sanar por completo, en lo físico y en lo mental.

El cierre de una escuela de periodismo de 45 años

En junio de 2020, en plena pandemia, J. Enrique Ríos tomó la decisión de cerrar el Noticiero Económico Antioqueño después de 45 años de historia y de haber formado a más de 40 redactores. Douglas, sabiendo que el noticiero no tenía un futuro claro, respaldó la decisión sin titubear: «me parece muy sensato, cierre». Desde entonces trabaja de forma independiente, sin volver «a entrar a ninguna nómina», bajo un lema que resume buena parte de su carácter: «no tengo deudas ni enemigos».

Vivir sin deudas, como enseñanza de vida

Duglas atribuye a su madre la disciplina financiera que hoy predica: ahorrar antes que gastar, pagar de contado antes que endeudarse, tener «el pesito en el bolsillo» antes que casa grande. Esa filosofía, sumada a la tranquilidad que buscaban tras el episodio de salud de su esposa, los llevó a mudarse al oriente antioqueño, donde asegura haber encontrado un entorno más tranquilo y saludable.

Cerramos la conversación con su mensaje para quienes lo escuchan: servirle a la sociedad con lo que uno tenga —en su caso, conocimiento— y valorar la vida y la integridad de los demás por encima del dinero. Se define, sin ambages, como «un afortunado». Y cuenta su historia, de principio a fin, como quien sabe exactamente cuánto ha costado construirla.

Contrapregunta con José Fernando Gil: «El periodismo no puede ser amigo de los políticos»

Hay una regla no escrita en el periodismo antioqueño: si algo importante está pasando en la economía del país, alguien en una mesa de panelistas va a mirar a José Fernando Gil. Lleva 21 años en Cosmovisión, es una cara conocida de Nos Cogió la Noche y, sin embargo, casi nadie conoce su historia antes de las cámaras. Por eso, en el primer episodio de Contrapregunta, decidí invertir los papeles: yo pregunté, y el periodista que pregunta se sentó al frente para responder

De «Gilma» a periodista económico

José Fernando Gil Maya tuvo durante años el remoquete de «Gilma», fruto de que sus compañeros de colegio fusionaran sus dos apellidos. «Ellos hablaban de Gilma y pensábamos que Gilma era una vieja. No, Gilma es un hombre», cuenta entre risas.

Detrás de la anécdota hay una historia: la de un hijo que terminó estudiando lo que su madre no pudo. Ella soñaba con la comunicación, pero no tuvo la posibilidad de estudiarla; su padre fue mecánico industrial toda la vida, empleado de textileras que hoy son recuerdo —Vicuña, Telsa, Coltejer— convertidas en centros comerciales como Los Molinos o Viva Laureles.

José Fernando se presentó a la UPB, donde había hecho el bachillerato, y vivió un episodio que pudo cambiarlo todo: una profesora del preuniversitario lo puso como ejemplo público de alguien «sin vocación» para el periodismo, después de un trabajo en clase. La frase le dolió, pero le sirvió de impulso. Se presentó a la Universidad de Antioquia y no se arrepintió nunca. «Vos terminaste estudiando lo que no pudo estudiar tu mamá», le dije. «Es correcto», respondió.

El periodismo en primera persona

En los años 90, ser periodista en Medellín no era un oficio neutral frente al conflicto. Gil recuerda con crudeza una jornada grabando un video institucional para una cooperativa en San José del Nus, cuando un grupo paramilitar tocó a la puerta de donde estaban, revisó identificaciones y les dio una hora para terminar el trabajo antes de que oscureciera. La decisión, tomada en medio del miedo ajeno más que del propio, fue no quedarse en el hotel del pueblo y devolverse esa misma noche a Medellín.

Hubo un episodio más duro todavía: durante un cubrimiento en el corregimiento San Antonio de Prado, su camarógrafo recibió un disparo en medio de un enfrentamiento entre bandas. José tuvo que sacarlo cargado, conseguir un taxi y llevarlo herido hasta una clínica. «Él es una persona muy delgada […] estaba pálido, pensé: se me está muriendo», relata todavía con la tensión de ese día en la voz.

Una vida también en clave familiar

No todo en la conversación fue oficio. También hablamos de Mónica, su esposa, a quien conoció cubriendo una nota en Bello —y a quien volvió a buscar con la «excusa» de recuperar el cubo de un micrófono olvidado. «Un lapsus», como él mismo admite entre risas—. Seis meses de amistad, ocho años de noviazgo y ya casi diecinueve de casados, con un hijo, Felipe, que durante la pandemia lo acompañó en interminables caminatas por los parqueaderos del edificio, «haciendo piques» para llenar las horas del encierro.

Esa pandemia, de hecho, marcó su rutina de una forma particular: fue el único periodista de la mesa de Nos Cogió la Noche que no faltó ni un solo día al canal Cosmovisión.

«Bienvenido a la extrema coherencia»

Llegamos al momento más comentado de su carrera reciente: la entrevista con Abelardo de la Espriella, hoy presidente de Colombia, en la que José le preguntó sobre su imagen impecable —traje a la medida, barba y cabello perfectamente cuidados— si esa estética tan perfecta realmente conectaría con la base popular del país. La respuesta fue una batería de contrapreguntas sobre, familia y valores que terminó en el ya célebre «bienvenido a la extrema coherencia», se volvió viral.

Meses después, con la perspectiva que da el tiempo, José hace una lectura que va más allá de la anécdota: cree que el centro político colombiano «se desinfló» en la pasada contienda electoral y que el país terminó por polarizarse en blanco y negro, sin espacio para los matices. Sobre el nuevo gobierno, que debió enfrentar un terremoto apenas días después de posesionarse, ve tanto un reto mayúsculo como una oportunidad de unidad nacional si logra ponerse por encima de las diferencias partidistas.

Un oficio, sin amigos ni enemigos

Si hay una idea que atraviesa toda la conversación es esta: un periodista no puede pertenecer al «comité de amigos» de nadie —ni de políticos, ni de deportistas, ni de funcionarios—. Para José, cuestionar es la esencia del oficio, así eso implique el costo, cada vez más alto en tiempos de redes sociales, de ser etiquetado de «izquierda» o «derecha» según convenga a quien lo lea. Su estrategia personal para sobrellevarlo es tajante: no lee comentarios en redes.

Cerramos hablando del futuro que le desea al país donde crece su hijo: menos polarización, un sistema de salud que no siga fallándole a la gente —perdió en los últimos años a su madre y a su suegro— y una solución de fondo al problema de las rentas ilegales que aún somete a buena parte del territorio. «No creo en las patrias milagro», dijo. «Milagros no hace nadie, solo Dios», afirma. Pero sí cree, y lo dijo con la misma convicción, que hay mucho por hacer para mejorar el bienestar de la gente.