Algo extraño me ha sucedido con mi querida Universidad Pontificia Bolivariana. Luego de un conflicto que sostengo con el jefe de carrera del programa de Publicidad y Marketing Digital de la UPB, del cual soy egresado, dejé de poder publicar en el grupo oficial de la Facultad en Facebook. El conflicto se originó debido a acciones contrarias a la convivencia, el acoso judicial y el bienestar de mi familia, con un bebé de año y medio, y por las cuales cursan actualmente contra él, dos denuncias en Fiscalía y otro par en la Inspección de Policía de El Retiro, en una de las cuales ya ha sido declarado infractor.
En lo que parece ser un acto de censura, en consonancia con el acoso jurídico que viví por parte del mismo personaje —buscando que borrara una publicación en mis redes en las que develaba, con pruebas, el hecho de intolerancia del que habíamos sido víctimas mi familia y yo—, curiosamente mis publicaciones, felicitando por el día del publicista, invitando a una conferencia o promocionando una entrevista del programa En Rojo y Negro de la propia Universidad Pontificia Bolivariana, eran borradas a los pocos minutos. Días después dejé de tener acceso al Grupo oficial de Facebook de la Facultad de Publicidad de la UPB y sus ofertas laborales.
Buscando una explicación razonable a lo que estaba sucediendo, me dirigí al decano de Ciencias Sociales, Omar Muñoz, enterándolo de la difícil situación y pidiéndole una reunión. Su respuesta por correo fue que no encontraba prueba de alguna censura y que posiblemente se debía a políticas de la plataforma digital con algunas cuentas. Dejando de lado la evidencia de que en los meses anteriores y posteriores al contacto, era claro que solo podía publicar la subalterna del jefe del programa y administradora del Grupo, Virginia Moreno. Donde antes participaba activamente la comunidad de estudiantes y egresadosde la Universidad Pontificia Bolivariana ahora nadie más lo hacía, y mi página de Facebook no presentaba ninguna restricción que explicara el impedimento. Posteriormente recuperé en acceso al grupo, luego del primer derecho de petición enviado a la Universidad, pero no la posibilidad de publicar.
En días pasados, aproveché una reunión virtual a la que me citó la profesora de la Facultad y administradora del Grupo de Facebook, para tratar de aclarar mi dudas, pero su respuesta fue que me dirigiera al área jurídica de la Universidad para obtener respuesta. Yo ya había tenido que hacerlo anteriormente para que respondiera a mis correos pidiéndole respetuosamente me explicara lo que sucedía. El que nada debe nada teme, decían los abuelos ¿Será necesario tutelar mi derecho fundamental a la información, participación y opinión en mi propia Universidad? ¿Tomará cartas en el asunto la Dirección de Delitos Informáticos de la Fiscalía, a quien he pedido verificar la información suministrada por los representantes de la Universidad? Una pena que se tramiten las diferencias de esta manera y que representantes de la institución que nos formó durante años en valores como la honestidad, traten ahora a miembros de la comunidad UPB como extraños, evadiendo su eventual responsabilidad en asuntos tan delicados como un posible abuso de autoridad por parte de Martín Moreno Restrepo.
Posdata: En respuesta al segundo derecho de petición que envié a la Universidad el pasado 27 de mayo de 2025, la Universidad reconoce que los bloqueos pueden ser una de las razones de imposibilidad de publicación de algunos miembros del Grupo oficial de Facebook Facultad de Publicidad UPB, pero no revela en qué casos ni quiénes han o hemos sido bloqueados. En mi caso la restricción no se explicaba por ninguno de los motivos que se enuncian como términos y condiciones del Grupo. También solicité al nuevo vicerrector general de la UPB, Santiago Acosta, una cita personal para tratar el tema, pero respondió que él debía ser garantía de imparcialidad. ¿Escuchar a un exalumno era una muestra de parcialidad? Días después, mágicamente, pude volver a ingresar al Grupo Oficial Facultad de Publicidad UPB.
Yo que creí que la primera tutela me la pondría un político por mi trabajo de analista y periodista y no un vecino, y además decano, para tratar de intimidarme. Hoy el juzgado de La Ceja confirma el fallo a mi favor, considerando improcedente la acción. Gracias González Abogados. pic.twitter.com/75DPTzFrVK
Soy analista político y económico, presentador de TV. Psicólogo de la Universidad de Antioquia, publicista de la Universidad Pontificia Bolivariana, especialista en Estudios Políticos y Magíster en Economía Aplicada de la Universidad EAFIT. Diplomado en marketing digital del Instituto Aula CM de Madrid. He trabajado como analista político en el noticiero Consejo de Redacción de Teleantioquia y en el programa Nos Cogió la Noche de Cosmovisión. También fui, durante cuatro años, presentador del programa de televisión A Pleno Día.
Hay entrevistados que llegan con anécdotas. Duglas Balbín llegó con una filosofía de vida entera, forjada en casi 24 años de periodismo económico y en dos batallas contra el cáncer —la suya y la de su esposa— que le enseñaron, dice él, la diferencia entre curarse y sanar. Esta es la historia que conversamos en la más reciente edición de Contrapregunta.
Una infancia sintonizada en AM
Duglas asegura que su amor por la radio empezó a los dos años, según le contaba su madre. Un padre maestro —dedicado a la educación especial en el Instituto Tomás Carrasquilla de Bello— que después, a los 48 años, se graduó de abogado y se convirtió en juez promiscuo municipal. Una casa donde las salidas de fin de semana del papá alternaban entre el pueblo y Medellín; y un niño que, mientras tanto, vivía pegado a un radio de transistores, fanático de la radio deportiva y noticiosa.
Pasó por cinco colegios distintos —incluido un fugaz e intenso paso por un colegio militar en Bello del que salió, literalmente, enfermo por la exigencia física— hasta terminar el bachillerato con las notas suficientes para conseguir una beca en una universidad privada de Bogotá. Allí, en una entrevista de admisión, su conocimiento enciclopédico de noticias convenció a los docentes que lo evaluaban en la Universidad Central.
El profesor que le cambió el rumbo
Fue en Bogotá, de la mano del profesor Efraín Pachón —entonces editor económico de El Espectador— donde Duglas descubrió su vocación: el periodismo económico. Pero las cuentas no le daban para quedarse en la capital sin poder trabajar, así que regresó a Medellín y se trasladó a la Universidad de Antioquia, donde terminó la carrera.
Antes de llegar al oficio que lo definiría, hizo su escuela en La Voz de Amalfi, la emisora de un pueblo del norte antioqueño donde su familia vivía por el trabajo de su padre. Allí aprendió al lado de locutores que recuerda con cariño, y allí también vivió una de las heridas más profundas de su vida: el asesinato, en 1994, de Alberto Yepes, el director de la emisora que había confiado en él, un simple estudiante, para sacar adelante un periódico local.
Veinticuatro años en el Noticiero Económico Antioqueño
La llegada de Duglas al Noticiero Económico Antioqueño tiene algo de destino cruzado con la casualidad: conoció a J. Enrique Ríos, su fundador, desde niño, en una cena familiar de fin de año, mucho antes de imaginar que trabajarían juntos. Cuando la oportunidad llegó, en 1997, le tomó seis meses decidirse a dejar la emisora universitaria donde era feliz. No se arrepintió: «el noticiero me abrió el mundo», dice, recordando viajes a coberturas como las reuniones del FMI y el Banco Mundial en Turquía o la cumbre climática de Dinamarca.
En ese mismo edificio conoció a quien sería su esposa, Luisa Fernanda: fueron vecinos de oficina durante dos años antes de que un «cómplice» los emparejara. Al año ya estaban casados y siguieron siendo vecinos de oficina por otros dos años más.
Dos cánceres, una misma lección
La parte más íntima de la conversación llegó cuando hablamos de salud. Duglas fue diagnosticado de cáncer hace 18 años; lo enfrentó con tanta discreción que «poca gente se dio cuenta». Cirugía y radioterapia oportunas le permitieron volver a trabajar —cubriendo el FMI en Turquía— apenas un mes después.
Años más tarde, a los pocos meses de recibir el alta médica, fue su esposa Luisa Fernanda quien recibió el mismo diagnóstico, en un proceso más duro que se extendió entre cuatro y cinco meses. De esa doble experiencia, Duglas extrae la enseñanza que más repite: quien acompaña a un enfermo debe rodearlo de optimismo, evitar los rumores y los casos trágicos ajenos, y entender que el objetivo no es solo curar el cuerpo, sino sanar por completo, en lo físico y en lo mental.
El cierre de una escuela de periodismo de 45 años
En junio de 2020, en plena pandemia, J. Enrique Ríos tomó la decisión de cerrar el Noticiero Económico Antioqueño después de 45 años de historia y de haber formado a más de 40 redactores. Douglas, sabiendo que el noticiero no tenía un futuro claro, respaldó la decisión sin titubear: «me parece muy sensato, cierre». Desde entonces trabaja de forma independiente, sin volver «a entrar a ninguna nómina», bajo un lema que resume buena parte de su carácter: «no tengo deudas ni enemigos».
Vivir sin deudas, como enseñanza de vida
Duglas atribuye a su madre la disciplina financiera que hoy predica: ahorrar antes que gastar, pagar de contado antes que endeudarse, tener «el pesito en el bolsillo» antes que casa grande. Esa filosofía, sumada a la tranquilidad que buscaban tras el episodio de salud de su esposa, los llevó a mudarse al oriente antioqueño, donde asegura haber encontrado un entorno más tranquilo y saludable.
Cerramos la conversación con su mensaje para quienes lo escuchan: servirle a la sociedad con lo que uno tenga —en su caso, conocimiento— y valorar la vida y la integridad de los demás por encima del dinero. Se define, sin ambages, como «un afortunado». Y cuenta su historia, de principio a fin, como quien sabe exactamente cuánto ha costado construirla.
Hay una regla no escrita en el periodismo antioqueño: si algo importante está pasando en la economía del país, alguien en una mesa de panelistas va a mirar a José Fernando Gil. Lleva 21 años en Cosmovisión, es una cara conocida de Nos Cogió la Noche y, sin embargo, casi nadie conoce su historia antes de las cámaras. Por eso, en el primer episodio de Contrapregunta, decidí invertir los papeles: yo pregunté, y el periodista que pregunta se sentó al frente para responder
De «Gilma» a periodista económico
José Fernando Gil Maya tuvo durante años el remoquete de «Gilma», fruto de que sus compañeros de colegio fusionaran sus dos apellidos. «Ellos hablaban de Gilma y pensábamos que Gilma era una vieja. No, Gilma es un hombre», cuenta entre risas.
Detrás de la anécdota hay una historia: la de un hijo que terminó estudiando lo que su madre no pudo. Ella soñaba con la comunicación, pero no tuvo la posibilidad de estudiarla; su padre fue mecánico industrial toda la vida, empleado de textileras que hoy son recuerdo —Vicuña, Telsa, Coltejer— convertidas en centros comerciales como Los Molinos o Viva Laureles.
José Fernando se presentó a la UPB, donde había hecho el bachillerato, y vivió un episodio que pudo cambiarlo todo: una profesora del preuniversitario lo puso como ejemplo público de alguien «sin vocación» para el periodismo, después de un trabajo en clase. La frase le dolió, pero le sirvió de impulso. Se presentó a la Universidad de Antioquia y no se arrepintió nunca. «Vos terminaste estudiando lo que no pudo estudiar tu mamá», le dije. «Es correcto», respondió.
El periodismo en primera persona
En los años 90, ser periodista en Medellín no era un oficio neutral frente al conflicto. Gil recuerda con crudeza una jornada grabando un video institucional para una cooperativa en San José del Nus, cuando un grupo paramilitar tocó a la puerta de donde estaban, revisó identificaciones y les dio una hora para terminar el trabajo antes de que oscureciera. La decisión, tomada en medio del miedo ajeno más que del propio, fue no quedarse en el hotel del pueblo y devolverse esa misma noche a Medellín.
Hubo un episodio más duro todavía: durante un cubrimiento en el corregimiento San Antonio de Prado, su camarógrafo recibió un disparo en medio de un enfrentamiento entre bandas. José tuvo que sacarlo cargado, conseguir un taxi y llevarlo herido hasta una clínica. «Él es una persona muy delgada […] estaba pálido, pensé: se me está muriendo», relata todavía con la tensión de ese día en la voz.
Una vida también en clave familiar
No todo en la conversación fue oficio. También hablamos de Mónica, su esposa, a quien conoció cubriendo una nota en Bello —y a quien volvió a buscar con la «excusa» de recuperar el cubo de un micrófono olvidado. «Un lapsus», como él mismo admite entre risas—. Seis meses de amistad, ocho años de noviazgo y ya casi diecinueve de casados, con un hijo, Felipe, que durante la pandemia lo acompañó en interminables caminatas por los parqueaderos del edificio, «haciendo piques» para llenar las horas del encierro.
Esa pandemia, de hecho, marcó su rutina de una forma particular: fue el único periodista de la mesa de Nos Cogió la Noche que no faltó ni un solo día al canal Cosmovisión.
«Bienvenido a la extrema coherencia»
Llegamos al momento más comentado de su carrera reciente: la entrevista con Abelardo de la Espriella, hoy presidente de Colombia, en la que José le preguntó sobre su imagen impecable —traje a la medida, barba y cabello perfectamente cuidados— si esa estética tan perfecta realmente conectaría con la base popular del país. La respuesta fue una batería de contrapreguntas sobre, familia y valores que terminó en el ya célebre «bienvenido a la extrema coherencia», se volvió viral.
Meses después, con la perspectiva que da el tiempo, José hace una lectura que va más allá de la anécdota: cree que el centro político colombiano «se desinfló» en la pasada contienda electoral y que el país terminó por polarizarse en blanco y negro, sin espacio para los matices. Sobre el nuevo gobierno, que debió enfrentar un terremoto apenas días después de posesionarse, ve tanto un reto mayúsculo como una oportunidad de unidad nacional si logra ponerse por encima de las diferencias partidistas.
Un oficio, sin amigos ni enemigos
Si hay una idea que atraviesa toda la conversación es esta: un periodista no puede pertenecer al «comité de amigos» de nadie —ni de políticos, ni de deportistas, ni de funcionarios—. Para José, cuestionar es la esencia del oficio, así eso implique el costo, cada vez más alto en tiempos de redes sociales, de ser etiquetado de «izquierda» o «derecha» según convenga a quien lo lea. Su estrategia personal para sobrellevarlo es tajante: no lee comentarios en redes.
Cerramos hablando del futuro que le desea al país donde crece su hijo: menos polarización, un sistema de salud que no siga fallándole a la gente —perdió en los últimos años a su madre y a su suegro— y una solución de fondo al problema de las rentas ilegales que aún somete a buena parte del territorio. «No creo en las patrias milagro», dijo. «Milagros no hace nadie, solo Dios», afirma. Pero sí cree, y lo dijo con la misma convicción, que hay mucho por hacer para mejorar el bienestar de la gente.
Sobre el exhibicionismo académico, la objetividad selectiva y el arte de refutar con erudición lo que nadie dijo.
El reconocido paleontólogo, y posible candidato a doctor de la Universidad del Norte de Barranquilla, Jorge Wilson Moreno Bernal dedica su valioso tiempo y conocimiento a responder a un artículo de mi autoría publicado en La Silla Vacía y que titulé ¿Los hipopótamos merecen el mismo trato que un pez invasor? Moreno-Bernal es un profesional reconocido y citado, pero en esta ocasión sus citas sobre mi texto fueron más que un simple error de lectura.
Pero antes de avanzar: ¿Es este un problema personal entre un psicólogo que aboga porque se considere éticamente la vida de los hipopótamos y un paleontólogo que está de acuerdo con su eliminación como especie invasora? No lo creo. Con mis alumnos biólogos, psicólogos y filósofos del curso Evolución y Cultura discutimos, sin problema, las diferentes posiciones. Incluso un amigo decano de veterinaria es miembro del Consejo de Profesionales de MinAmbiente que justamente estableció el protocolo para la caza de control de los hipopótamos.
Así que este no es una queja personal, es la denuncia sobre una forma de exhibicionismo académico basado en la falacia de autoridad y la descalificación personal que defrauda el debate académico y que, además, pide para sí el respeto por la liberta de expresión, pero olvida el deber que compromete ese mismo derecho sobre la veracidad y la rectificación. Hasta el momento el candidato a doctor, se ha negado a rectificar su error al asignarme públicamente una hipótesis que nunca sostuve.
Artículo 20 Constitución de Colombia: «Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura».
Solicitud de rectificación a Jorge Wilson Moreno-Bernal @jwmorenob en debate sobre los hipopótamos en Colombia: me atribuyó afirmaciones que no hice en @lasillavacia y que defraudan el debate académico con publicaciones sesgadas en redes. La imagen es copia del correo enviado. pic.twitter.com/pldTrypODC
Moreno-Bernal respondió a un artículo que no escribí
Jorge Wilson Moreno Bernal es, hay que reconocerlo, un paleontólogo de credenciales en construcción. Sabe de toxodontes, de isótopos de oxígeno, de articulaciones de rodilla en herbívoros extintos. Su columna en La Silla Vacía —una respuesta a un artículo de mi autoría— despliega esa erudición con generosidad y detalle.
Curiosamente, el mismo Moreno que en La Silla Vacía se presenta como voz serena de la ciencia objetiva, publicó en sus redes sociales una encuesta preguntando si debía hacerle caso a su hermana y escribir un artículo en respuesta al mío. Una consulta doméstica convertida en performance público. Difícil imaginar algo que revele con más claridad la diferencia entre la objetividad que se declara y la que se practica.
Al final de su artículo se presenta como candidato doctoral de la Universidad del Norte, aunque para el 23 de julio del presente, la institución confirma que «el señor Moreno Bernal no ostenta actualmente la calidad de estudiante con matricula vigente». También se presume al pie de página como becario de MinCiencias, lo que podría representar un conflicto de intereses, revelado solo hasta al final del texto. Pero sumerjámonos, como los caballos del río, en el verdadero fondo de la discusión que es donde está lo interesante.
El «malentendido» que conviene al paleontólogo
Mi columna original tenía un título que era una pregunta: ¿Los hipopótamos merecen el mismo trato que un pez invasor? No era una pregunta sobre toxodontes. No era un artículo de paleontología. Era una reflexión sobre sintiencia, sobre moralidad, sobre quién tiene derecho a decidir qué vive y qué muere, y bajo qué criterios. Una pregunta filosófica y ética planteada en un espacio de debate político —La Silla Vacía— y no en una revista científica arbitrada. Es decir, en un espacio donde se pueden discutir conceptos que escapan al modelo científico.
En ese contexto, mencioné —con atribución explícita a «algunos ecólogos»— que existe en la literatura académica una hipótesis que propone que los hipopótamos podrían estar cumpliendo funciones ecosistémicas que América del Sur perdió con su megafauna pleistocénica. Lo hice para ilustrar que la categoría «especie invasora» no es tan descriptiva y neutral como se quiere hacer parecer: si hay ecólogos serios que discuten si estos animales ocupan un nicho vacío, entonces la etiqueta de «invasor» arrastra más carga normativa de la que sus defensores admiten. Ese era el argumento. No la hipótesis del reemplazo en sí misma.
Enunciar una hipótesis en disputa no equivale a defenderla. Es lo que en epistemología se llama presentar el estado del debate, algo que se enseña temprano en cualquier pregrado, al menos en ciencias sociales. Moreno tomó esa mención, la convirtió en la tesis central de mi artículo, y procedió a desmontarla con todo el arsenal de la paleontología comparada. El resultado es impresionante como ejercicio académico. Como réplica a lo que yo escribí, es un monumento a la distorsión del interlocutor.
Y el patrón no se detiene ahí. En sus redes sociales, Moreno también confundió mi candidatura al Senado de la República a través del Nuevo Liberalismo con el partido MIRA, creyendo que participar en una coalición electoral es lo mismo que pertenecer a uno de sus integrantes. Incluso uno de sus trinos parece suponer que las candidaturas al congreso, que sabemos terminaron hace más de dos meses, aún están vigentes. Un error de lectura política que guarda perfecta coherencia con su error de lectura de mi columna: en ambos casos, la prisa por descalificar supera el cuidado por entender. Para alguien que reivindica el rigor científico como credencial, es una inconsistencia que merece ser señalada.
La objetividad como escudo del paleontólogo
Hay un patrón reconocible en ciertos debates científicos que tocan asuntos de política pública: cuando alguien externo a la disciplina se atreve a señalar que hay decisiones morales disfrazadas de decisiones técnicas, la respuesta habitual no es abordar el argumento ético, sino cuestionar la legitimidad del que habla. Que un psicólogo opine sobre hipopótamos parece haber generado más incomodidad que los propios hipopótamos.
Moreno posa de científico imparcial en La Silla Vacía mientras sus redes sociales documentan una reacción que tiene menos de objetividad y más de irritación personal y gremial. No hay nada de malo en defender el territorio disciplinar. Lo que resulta insostenible es hacerlo mientras se reclama neutralidad valorativa, que es en de nuevo, el argumento evadido por el respondiente. Ningún filósofo se quejó, pero muchos biólogos exigieron artículos científicos que refrendaran la idea de que los hipopótamos parecen tener vida subjetiva y vínculos sociales, olvidando el principio de precaución que establece la cautela ante la posibilidad de daños graves o irreversibles a la vida o bienestar de los animales.
La biología de la conservación trata a todos los organismos invasores como piezas intercambiables de un rompecabezas ecológico. Lo que importa es el daño que causan al sistema, no lo que son. Bajo esa mirada, un hipopótamo —mamífero con vida social compleja, vínculo materno documentado, conductas de duelo observadas y capacidad de sufrir— vale exactamente lo mismo que un pez. Esa lógica parece científica. Pero esconde una decisión filosófica disfrazada de objetividad, y basta ver cómo la continuidad del argumento se interrumpe de repente cuando la especie en cuestión es el Homo sapiens.
Lo que Moreno Bernal no quiso discutir
El argumento central de mi columna —el que Moreno no mencionó en ningún momento— es que la decisión de eliminar masivamente a los hipopótamos no es una decisión científica: es una decisión moral. Y como tal, no puede ser monopolio de los biólogos, así como la política monetaria no puede ser monopolio de los economistas ni la guerra monopolio de los generales.
Peter Singer, que lleva décadas trabajando en ética animal, y la creciente comunidad de investigadores en neurociencia de la conciencia —incluyendo los firmantes de la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia (2012) y la Declaración de Nueva York (2024), de la cual soy firmante— han establecido que la capacidad de sufrir es moralmente relevante con independencia de la especie. Eso no lo refuta ningún isótopo de oxígeno ni ninguna articulación de toxodonte.
Que los chigüiros y los manatíes merezcan protección es algo en lo que Moreno y yo estamos completamente de acuerdo. Pero esa protección no exige necesariamente el exterminio masivo de otra especie sintiente, introducida por negligencia humana, sin haber agotado antes alternativas como la esterilización o la traslocación. La pregunta sobre qué hacer con los hipopótamos colombianos no es solo ecológica. Es filosófica, política y ética. Y merece voces de más de una sola disciplina.
Hay algo que el paleontólogo y quienes reaccionaron con cólera a mi columna deberían considerar: la molestia que genera que un psicólogo entre a este debate no es un argumento contra sus ideas. Es un síntoma de algo mucho más revelador sobre cómo ciertas comunidades científicas gestionan sus fronteras.
La ciencia describe. La ética decide. Y mientras la biología de la conservación no sea honesta sobre los valores que esconde detrás de su lenguaje técnico, seguirá tomando decisiones morales sin llamarlas por su nombre —y seguirá necesitando encuestas familiares para decidir si vale la pena aleccionar a quienes se lo señalan.
Construir un protocolo de eliminación masiva de una especie sintiente bajo el supuesto de que es lo «científicamente correcto» es reduccionista e intelectualmente deshonesto. Pretender que esa decisión es ajena a la filosofía, la bioética y la política pública no es objetividad: es conveniencia encubierta. Y la conveniencia encubierta es siempre la más peligrosa, tan peligrosa como quien cree que para criticar las ideas tiene que criticar a las personas. El verdadero debate académico se centra en los argumentos, no en las descalificaciones personales, que suelen ser una falta a la ética profesional y, a veces, rayan en el delito.
*La Fiscalía General de la Nación admitió denuncia contra Jorge Wilson Moreno Bernal por los delitos de Calumnia y no rectificación de información falsa. Igualmente se ha presentado a la Defensoría del Pueblo la solicitud de insistencia ante la Corte Constitucional, debido a la confusión sistemática entre derecho de réplica y derecho de rectificación en los fallos de tutela de primera y segunda instancia en los que se le solicitó a Jorge W. Moreno-Bernal rectificar la información claramente falsa, divulgada en sus redes y su artículo, sin respuesta afirmativa.
En un mundo de especialistas soy un generalista. Vivo a contracorriente, me interesan muchos temas, entre ellos tres mundos que a mucha gente le cuesta conectar: los libros, los animales y las ciencias del comportamiento. Durante mucho tiempo esos mundos coexistieron sin mezclarse demasiado. Cada uno en su carril. Cada uno con su audiencia, su lenguaje, su lógica. Este libro los une.
Cómo nació
No lo planeé como un proyecto editorial. Comencé haciendo un pequeño ebook para Doctos Pulgas, mi proyecto de etología y bienestar animal, y me di cuenta que tenía mucho más por decir. Fue más como una conversación que llevaba demasiado tiempo aplazando, conmigo mismo y con las personas que me rodean.
Después de años trabajando en el estudio del comportamiento, escribiendo artículos y respondiendo las mismas preguntas una y otra vez, he descubierto algo que debería ser obvio pero que nuestro antropocentrismo nos impide ver: el problema casi nunca es el perro. El problema es que no entendemos al perro y no tenemos las herramientas evolutivas para hacerlo
Ahí está la raíz de la mayoría de los conflictos que veo en la consulta etológica, en las redes sociales, en las conversaciones con tutores desesperados que aman a su animal pero no saben qué hacer con él. No es falta de amor, es falta de marco teórico, de herramientas, de una forma distinta de leer lo que el perro hace y lo que el perro dice.
Escribir este libro es mi intento de ofrecer ese marco. Y de hacerlo de una forma que cualquier persona pueda leer, no solo quienes tienen formación en ciencias del comportamiento.
De qué trata
«Mente sana en perro sano» es una guía de etología canina. Pero déjame contarte qué significa eso en la práctica, porque a veces la palabra «etología» suena complicada o no dice nada para algunos.
La etología es la ciencia que estudia el comportamiento animal en contexto. No en el laboratorio aislado del mundo, sino en la vida real, con toda su complejidad. Así como los psicólogos estudiamos a los humanos, los etólogos lo hacen con los animales. Así entonces la etología aplicada al perro, significa preguntarse no solo qué hace, sino por qué lo hace, qué historia hay detrás, qué emoción lo mueve y qué necesidad está intentando cubrir.
En el libro recorro ese territorio en catorce capítulos. Empiezo por el principio —la historia evolutiva del perro desde el lobo, el proceso de domesticación, la selección artificial de razas— porque ese origen explica comportamientos que de otro modo parecen arbitrarios o incomprensibles. Sigo con el lenguaje: cómo se comunican los perros, qué dice su cuerpo antes de que ladren o muerdan, qué son las señales de calma y por qué casi nunca aprendemos a leerlas. Luego el aprendizaje: cómo funciona el condicionamiento operante, qué es el refuerzo positivo más allá del eslogan, por qué el castigo casi siempre empeora lo que pretende corregir.
La parte más extensa del libro está dedicada a los problemas de conducta más frecuentes: ansiedad por separación, agresividad, ladridos excesivos, destrucción de objetos, trastornos compulsivos, eliminación inadecuada. Cada uno analizado desde sus causas reales, no desde sus síntomas. Porque tratar el síntoma sin entender la causa es, en etología como en medicina, una forma sofisticada de no resolver nada.
Y hay un capítulo que me importa especialmente, quizás porque toca algo que va más allá de la etología estricta: el que habla de la salud mental del responsable del perro. De cómo el estado emocional de la persona que cuida al perro influye directamente —con respaldo neurobiológico, no solo intuitivo— en el bienestar del animal. De cómo el estrés se transmite, de cómo la inconsistencia emocional genera ansiedad, de cómo un perro equilibrado es frecuentemente el resultado de una persona que también ha decidido, con honestidad y con esfuerzo, trabajar en sí misma.
Lo que no es
No es un manual de trucos. No promete perros perfectos en diez días. No tiene recetas mágicas ni fórmulas universales. Si buscas eso, hay decenas de libros que te lo ofrecen. Este no es uno de ellos.
Es un libro que pide algo al lector: que cambie la pregunta. Que en lugar de preguntarse «¿cómo hago que mi perro deje de hacer esto?» empiece a preguntarse «¿qué le está pasando a mi perro para que haga esto?». Es un cambio pequeño en la formulación. Es un cambio enorme en la relación.
Dónde conseguirlo
«Mente sana en perro sano» está disponible en Amazon.com en formato digital para leerlo en cualquier dispositivo, en cualquier lugar, sin esperas. O en versión impresa para quienes, como yo, aún gustamos del libro como objeto, con su olor y sus texturas. Está en tapa dura y en tapa blanda, también. Ambas versiones con el mismo contenido, los mismos aprendizajes y las mismas reflexiones. Si deseas una muestra, puedes dirigirte a la página de Doctor Pulgas y llenar el formulario para recibirla en tu correo.
Un libro de gratitud a Lola y Paco, mis maestros del afecto y la etología.
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