Contrapregunta con Adolfo Maya: del amor por la paternidad, la educación y lo político

En esta edición de Contrapregunta conversé con el profesor Adolfo Maya, sociólogo, magíster en ciencia política y maestro de varias generaciones de estudiantes en varias universidades de la ciudad de Medellín. La conversación partió de un texto suyo en el que se pregunta qué quiere que digan, piensen o sepan de él. Su respuesta: que ha sido un buen ser humano, un buen papá y un papá bueno, un buen hermano, amigo y colega, alguien a quien “lo habitan los llantos ligeros, las emociones listas, la solidaridad humana”. De ese mismo texto viene la premisa que guió buena parte del diálogo: ser duro con los argumentos y suave con las personas.

Le pregunté por la diferencia entre ser un buen papá y ser un papá bueno. Para Adolfo, la paternidad es un acontecimiento fundacional, una ruptura de vida que obliga a salir de uno mismo y empezar a conjugar la existencia en plural, con la suerte, los sentires y los haceres de los hijos. Ser un buen papá implica tomar una decisión por la familia y comprometerse con ella. Ser un papá bueno va más allá de la figura formal del pater familias: es una autoridad que se gana con la compañía, la ternura y el afecto. Lo resumió en una idea que se queda en la memoria. Hay muchos huérfanos de padres vivos y muchos huérfanos con casa, porque tener una casa no basta para tener un hogar. Un hogar es un lugar seguro donde cada miembro, con su individualidad y sus propios vuelos, se siente acogido.

Adolfo es papá de cuatro. Manuela y Nicolás son hijos suyos y de Tatiana, su compañera de vida, a quien dice querer hoy más que ayer. Sebastián y María Teresa son hijos de su hermano Juan Pablo, asesinado cuando los niños tenían siete y cuatro años. Sin ninguna formalidad jurídica, Adolfo asumió el relevo afectivo de esa paternidad para que sus sobrinos no vivieran la orfandad. Él mismo aclara que no lo hizo solo, porque cada uno de sus hermanos acogió a los niños a su manera. Los lazos con su cuñada también se han mantenido a lo largo de los años.

La familia Maya la formaron siete hermanos, cuatro hombres y tres mujeres, hijos de Antonio José, un minero de origen campesino nacido en Anorí, y de Miguelina, ama de casa de Guadalupe. Adolfo nació en Segovia, pasó su primera infancia en Guadalupe y luego la familia se trasladó a Medellín, a los barrios San Javier y Santa Mónica. Su padre trabajó en minas de El Bagre y Segovia y después tuvo las suyas en Anorí y Amalfi. Aunque venía del campo, tenía una mirada progresista y una consigna clara para sus hijos: no quedarse en el pueblo y estudiar. Su madre, muy activa en la vida parroquial y comunitaria, practicaba una religiosidad sin fundamentalismos, comprometida con la caridad y la solidaridad. Adolfo reconoce en ese ejemplo un “currículum oculto” que todos los hermanos fueron interiorizando. La violencia también le arrebató a otro hermano, Gonzalo, un hombre de negocios dedicado a tecnificar fincas, a quien asesinaron para no pagarle el saldo de una venta. Quizás por esas pérdidas Adolfo insiste en algo que solemos olvidar: decirles a los nuestros lo que nos despiertan. Él no tiene reparo en decirle a su hermano mayor, cada vez que lo saluda o se despide, “hermano, te amo”.

Sobre la política hizo una distinción precisa: le gusta lo político, no la política. Le interesan el análisis, la historia, la comparación, el comportamiento político y el sujeto político, pero nunca ha militado, aunque no le han faltado invitaciones. Gracias a eso tiene amigos en todos los espectros, a quienes conversa, asesora y critica sin preguntar por el color del partido. Para él, lo público no se agota en el Estado: es lo que es de todos, lo transparente, lo visible, el lugar donde podemos ser iguales. A su juicio, como sociedad tenemos un profundo déficit de buenas conversaciones, porque solemos buscar simpatías que duran un día en lugar de debates rigurosos que antepongan el interés general al particular.

Su vocación sociológica nació en los grupos juveniles de la parroquia, de la mano de sacerdotes con una lectura social del evangelio. Adolfo se define como más espiritual que religioso. Le pregunté por qué han ido desapareciendo los pregrados de sociología en Medellín, y lo atribuyó a una tendencia de nuestra época que privilegia los saberes que producen dinero sobre los que producen entendimiento. A la eterna pregunta de padres y familiares ante la elección de una profesión heterodoxa “¿y de qué vas a vivir?” responde mi invitado que muchos tienen con qué vivir, pero carecen de un porqué vivir. Hoy, ya jubilado, dice que hace más cosas que cuando tenía una vinculación de «tiempo repleto». No se considera un hombre rico, pero sí profundamente satisfecho con lo que le ha dado la docencia, y se describe como un aprendiz para toda la vida, amigo de los libros y de la escucha atenta.

Su trayectoria docente empezó hace más de cuarenta años en las facultades de comunicación social, sobre todo en la Universidad Pontificia Bolivariana, donde dice haber hecho sus grandes amistades y sus grandes amores, y donde yo mismo lo recuerdo caminando en los pasillos cuando estudiaba Publicidad. A finales de los noventa fue editor de Paz y Derechos Humanos en El Colombiano, una sección pionera en uno de los momentos más difíciles del país. Desde allí llegó al Instituto Internacional Histadrut, en Israel, para participar en unos seminarios sobre opinión pública en zonas de conflicto, y terminó pronunciando el discurso de graduación. Allá conoció de primera mano las relaciones fraternas entre palestinos e israelíes y vio cómo la guerra las rompía. Cuando estallaban las hostilidades se cerraba la pequeña puerta por la que los palestinos entraban cada día a estudiar o trabajar, y los israelíes lamentaban la ausencia de sus compañeros.

De esa experiencia sacó una de las reflexiones más hondas de la entrevista: antes de los aviones y los bombardeos hubo una ruptura de la palabra, una ruptura en la manera de percibir al otro. Las guerras parten de los relatos, de cómo construimos al otro como enemigo o como alguien que tiene los mismos derechos que reclamamos para nosotros. También le impresionó ver fusiles en los carros parqueados de una universidad. Para Adolfo, las armas nos igualan por lo bajo y sustituyen las palabras, y cargarlas aumenta la propensión a usarlas. Recordó entonces a Estanislao Zuleta: una sociedad no es mejor que otra por tener menos conflictos, sino porque sabe tener mejores conflictos. El conflicto es parte de la condición humana; la guerra no lo es, y aparece cuando no supimos tramitar nuestras diferencias.

“Sigue amando bien aquello que debes abandonar pronto”, decía Shakespeare. Adolfo explica la frase sin dramatismos, consciente de estar en el último tercio de su vida y decidido a vivir con intensidad lo que ama. Ama los libros, «porque quien lee vive no dos sino muchas veces», dice. Ama caminar con Los Trocheros, su club de caminantes, en lo que él llama una “meditación móvil” de cada domingo. Y ama la educación, que hoy ejerce a través de un colegio para jóvenes rurales del Suroeste antioqueño llamado Nueva Paideia. Todos los estudiantes estudian becados, continúan con beca en la universidad y reciben otra para regresar a sus veredas y municipios a devolver lo que recibieron. Quiere ser consciente de su presente para no lamentar mañana no haberlo vivido de manera vital y generosa. Cuando le agradecí por la conversación, me respondió con una sonrisa que apenas estábamos en el saludo. Espero que tenga razón y que pronto podamos seguir conversando.

Contrapregunta con Ana Cristina Moreno: una vida guiada por el servicio

Ana Cristina Moreno llegó a la política casi sin darse cuenta. En 2015, mientras trabajaba en el sector privado y acompañaba la creación del entonces naciente Centro Democrático, recibió la invitación para encabezar la lista del partido a la Asamblea de Antioquia. La propuesta coincidió con un momento particularmente intenso de su vida: estaba embarazada de su primer hijo, Mateo. Después de conversarlo con su esposo, Camilo, decidió asumir el reto y terminó siendo elegida diputada para el periodo 2016-2019.

Su llegada a lo público, sin embargo, no había comenzado con la política electoral. Ana Cristina ya había trabajado en la Gobernación de Antioquia como directora de Planeación Departamental, una experiencia que le mostró el sector público como un espacio desde el cual era posible transformar la vida de las comunidades, impulsar el desarrollo y resolver problemas concretos. Esa idea del servicio, más que la política como actividad en sí misma, aparece como el hilo conductor de toda su trayectoria.

Después de su paso por la Asamblea, Ana Cristina intentó convertirse en candidata del Centro Democrático a la Alcaldía de Medellín. «La primera mujer alcalde de Medellín», dice. El proceso coincidió nuevamente con un embarazo, esta vez el de su hija Alicia. Aunque finalmente la candidatura quedó en manos de Alfredo Ramos, Ana recuerda aquella precandidatura como una experiencia enriquecedora: le permitió estudiar la ciudad, recorrer sus comunas y barrios, escuchar a distintos sectores y formular propuestas.

Su siguiente etapa fue en el Gobierno nacional. En plena pandemia, en 2020, el presidente Iván Duque la invitó a asumir la presidencia de la Agencia de Desarrollo Rural, entidad adscrita al Ministerio de Agricultura. Durante dos años recorrió el país y conoció de cerca una realidad distinta a la antioqueña. A diferencia de una entidad dedicada principalmente a formular políticas públicas, la Agencia tenía un carácter ejecutor, lo que le permitió trabajar directamente en proyectos y comunidades.

Al terminar esa etapa llegó, según ella misma cuenta, uno de los momentos más difíciles de su vida profesional. Se preguntó qué hacer después y experimentó una sensación de desubicación tanto personal como laboral. Pasó por la gerencia de Valor+, una empresa del conglomerado de la Gobernación de Antioquia, antes de encontrar un nuevo camino en el sector social. Desde hace dos años dirige Presentes (antes llamada Antioquia Presente), una organización sin ánimo de lucro con más de cuatro décadas de experiencia en la canalización de solidaridad y en el desarrollo de proyectos con comunidades y territorios.

Una vocación que viene de familia

La inclinación de Ana por el trabajo comunitario no nació con la política. En la entrevista explica que es hija de dos personas profundamente vinculadas al servicio. Su padre fue sacerdote durante 16 años y, después de abandonar el sacerdocio, se casó con su madre, una trabajadora social que también había sido monja. Ambos continuaron vinculados a diferentes formas de trabajo comunitario.

Su padre, incluso después de retirarse del sacerdocio, organizaba grupos de catequesis, entregaba mercados y creó una organización para sacerdotes retirados que habían formado una familia. Posteriormente encontró en el emprendimiento una nueva forma de sostener a su familia y creó una panadería, Comestibles Flowers, negocio en el que Ana Cristina y su hermana participaron desde pequeñas.

Su madre, por su parte, ejerció como trabajadora social en instituciones como el Hospital General de Medellín y en comisarías de familia. Moreno reconoce en ambos el origen de esa necesidad de estar al servicio de los demás. Es una característica que, según sus propias palabras, ha estado presente desde su infancia.

La política como medio, no como fin

Quizá la idea más importante de la entrevista aparece al hablar de su futuro político. Ante la pregunta de si contempla regresar a la política, Ana responde que no siente una obsesión por volver a ella, pero sí por el servicio.

Su actual trabajo en Presentes le permite continuar haciendo aquello que, según explica, le da sentido a su vida: acompañar comunidades, promover proyectos y contribuir a resolver problemas concretos. Texto pegado

Esa perspectiva permite entender por qué describe la política como “su otra vida”. No parece haber una ruptura con su trayectoria anterior, sino un cambio de escenario. Primero fue la Gobernación, luego la Asamblea, después la Agencia de Desarrollo Rural y ahora una organización dedicada a canalizar solidaridad y promover procesos de reconstrucción.

Una política que queda atrás, pero no una vocación

La conversación con Ana Cristina Moreno termina, entonces, lejos de una declaración de retiro definitivo de la vida pública. Lo que aparece es algo diferente: la política dejó de ser el escenario central de su vida, pero el servicio a la comunidad continúa siendo su principal motivación.

Desde esa perspectiva, su trayectoria puede leerse como una búsqueda permanente de la misma finalidad a través de diferentes caminos. La administración, el sector público, la política electoral, el Gobierno nacional y ahora el trabajo social son etapas distintas de una misma historia.

Ana Cristina no dice estar buscando regresar a la política. Dice algo más sencillo y, al mismo tiempo, más coherente con lo que ha sido su vida: quiere seguir sirviendo. Y mientras encuentre espacios para hacerlo, considera que está conectada con aquello que realmente la hace feliz.

Contrapregunta con Eduardo Domínguez: «La verdadera historia de Colombia no existe»

En el año 2004 me sentaba los domingos en la noche frente al televisor para ver un programa de mi universidad, la Universidad de Antioquia en ese momento, llamado La Fuerza de los Argumentos. En este programa intervenían el filósofo Alfonso Monsalve y el historiador Eduardo Domínguez y otro grupo de invitados, dependiendo del tema. Este último me acompañó recientemente en Contrapregunta para conocer un poco más de su historia personal y su vida.

Comenzamos hablando del programa de televisión y poco a poco nos fuimos adentrando en otras facetas de su vida, como cuando decidió estudiar historia porque no pasó a medicina. En el fondo, dice, su vocación era servir más que ser médico. Es el decimosexto hijo de una familia paisa de 17 hijos y nos cuenta que sus padres veían con recelo la idea de estudiar historia, como sucede con muchos muchachos que deciden estudiar carreras no tradicionales.

Hay una idea que atraviesa buena parte de la conversación con Eduardo en mi podcast Contrapregunta y es que no existe una única historia verdadera, ni de Colombia ni del mundo. Eso no quiere decir que cualquier historia sea cierta, sino que la historia, como la ciencia, avanza y va cambiando de acuerdo a nuevos descubrimientos.

“Un estudio historia para diseñar el futuro”, dice en la entrevista. Quedarse buscando al “verdadero” Bolívar, Córdova o María Cano sería, desde su perspectiva, una forma de convertir la historia en contemplación del pasado. Lo importante es identificar personajes, acontecimientos y acciones colectivas para descubrir las opciones que la experiencia humana ofrece.

No hay una sola historia

Eduardo rechaza la idea de que podamos encontrar una narración definitiva del pasado. No porque los hechos sean imaginarios, sino porque también existen múltiples posibilidades de construir historias dependiendo de las preguntas y de las miradas desde las cuales se investiga.

Las afirmaciones históricas necesitan pruebas. Archivos históricos, antropológicos, sociológicos, políticos y culturales pueden proporcionar evidencias para sostener una interpretación. Una afirmación no adquiere credibilidad simplemente porque alguien la repita con convicción.

El criterio, entonces, no es quién habla más fuerte, sino qué evidencias puede presentar. Eduardo lleva esta idea incluso al terreno de la valoración de personajes políticos: si alguien quiere presentar a un dirigente como un “santo”, no basta con la reputación o el discurso. Hay que comprobar sus acciones mediante fuentes primarias.

La historia también es un asunto de poder

La conversación adquiere una dimensión política cuando se habla de las llamadas historias oficiales. Mi invitado rechaza dos lugares comunes tales como que “la historia la escriben los vencedores” y que «los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla». Para él, el problema es más complejo.

Las academias y los departamentos de historia han permitido tomar distancia de los poderes políticos y producir investigaciones con metodologías compartidas y sometidas al debate. Pero eso no elimina la disputa por la circulación de las versiones históricas.

Afirma Eduardo que los poderes promueven las verdades que les resultan convenientes y pueden intentar ocultar o desacreditar otras, tal como sucedió con Julian Assange y las revelaciones de WikiLeaks. De ahí que el problema no sea únicamente investigar, sino garantizar que distintas interpretaciones puedan circular públicamente.

Esto explica por qué los archivos clasificados y la información que permanece fuera del alcance público tienen tanta importancia. El historiador no puede limitarse a los archivos oficiales: necesita buscar fuentes diversas y evaluar cuáles resultan más creíbles y confiables. En otras palabras, hacer historia es también preguntarse cómo sabemos que aquello que creemos cierto es realmente verdadero.

La democracia necesita muchas voces

La democracia no consiste en establecer una versión oficial de la realidad, sino en permitir que distintas perspectivas puedan expresarse, confrontarse y defenderse públicamente. La universidad pública, por ejemplo, debería funcionar como un ágora en la que puedan circular los distintos puntos de vista. Una institución que impusiera una única manera de pensar dejaría de cumplir, precisamente, una de sus funciones fundamentales.

La misma lógica la aplica a la cultura política. Se puede defender una convicción con firmeza, pero no imponerla mediante la violencia ni impedir que los demás expresen la suya. Para Eduardo, la democracia es un debate político permanente y público. Por eso considera problemático que determinados temas —política, religión, sexo u otros asuntos controvertidos— se conviertan en temas de los que “no se habla”. El silencio no elimina los problemas; simplemente impide discutirlos y abordarlos para buscarles soluciones.

Una lección también para el periodismo

Esta concepción de la historia tiene una conexión evidente con otra de las áreas a las que Eduardo ha dedicado buena parte de su carrera: el análisis de los medios de comunicación. En Contrapregunta explica que una de sus investigaciones estudió durante décadas la manera como la prensa de Medellín presentó a la Universidad de Antioquia. Su punto de partida también implicaba una selección: qué acontecimientos aparecen, cuáles adquieren importancia y cómo el orden y el tratamiento de la información contribuyen a construir un imaginario.

Lo interesante es que el propio investigador descubrió allí un sesgo suyo. Antes de realizar la investigación suponía que determinados medios, particularmente El Colombiano, tendrían una actitud mucho más negativa frente a la Universidad de Antioquia. Sin embargo, al revisar cincuenta años de editoriales y columnas de opinión encontró algo diferente: un reconocimiento muy favorable de la institución.

La historia no es una respuesta, es una pregunta

Quizás esta sea la idea que más me interesa de la entrevista. Si aceptamos que no existe una única historia definitiva, pero también que las interpretaciones deben someterse a pruebas, entonces estudiar historia no significa elegir arbitrariamente la versión que más nos gusta. Significa comparar versiones, examinar fuentes, evaluar evidencias y estar dispuestos a modificar nuestras conclusiones.

Eso vale para la historia, pero también para el periodismo, la política y la vida pública. En una época en la que las redes sociales permiten que cualquier persona produzca y distribuya una interpretación sobre casi cualquier acontecimiento, la capacidad de distinguir entre evidencia, interpretación y opinión se vuelve todavía más importante.

La democracia no necesita que todos pensemos igual sobre el pasado. Necesita que podamos discutir nuestras diferencias sin convertirlas en verdades oficiales, y que tengamos la libertad de expresar nuestros puntos de vista y cambiar de opinión cuando las evidencias nos lo indiquen.

A continuación el video con la entrevista completa. Espero que disfrute viéndolo, igual o más, que Eduardo y yo mientras sosteníamos esta conversación.

Contrapregunta con Jota Enrique Ríos: «Fundé el NEA porque me echaron de todas partes»

El hombre hecho a pulso y terminó fundando una escuela de periodismo de duró 45 años

El fundador del Noticiero Económico Antioqueño (NEA), maestro de varias generaciones de periodistas y protagonista de una vida que, contada de corrido, suena a guion de película. La resumió él mismo, sin proponérselo, con una frase que abre esta conversación: le dijeron que podía morir.

«O le baja a la trabajadera o termina al otro lado del río»

El médico le dijo que tenía un estrés crónico que lo iba a matar. Jota le pidió tiempo para pensar con su esposa, Graciela, «con cabeza fría». Salieron de la clínica Las Américas, lloraron un rato, y esa misma tarde hicieron algo que solo alguien con su temple haría: fueron al cementerio Campos de Paz y compraron su propio servicio funerario. Sin velorio, sin fiesta, cremación. Graciela, viéndolo tan tranquilo, le pidió que le comprara el de ella también, «para quedar tranquila si algo pasaba».

No pasó. O, mejor dicho, pasó algo distinto: el médico les recetó viajar. Jubilados, con los cinco hijos ya graduados y casados, Jota y Graciela empezaron a hacer un viaje grande cada año —Londres, el Eurotúnel, Bélgica, Berlín, Viena, Praga, Roma, y de ahí en barco hasta Barcelona— y una escapada corta dentro de Colombia a mitad de año.

El cáncer de Graciela

La calma duró hasta que, en uno de esos chequeos rutinarios, le diagnosticaron a Graciela cáncer de páncreas. El pronóstico inicial era brutal: cuatro o cinco meses, sin nada que hacer. Jota, fiel a su instinto de reportero económico, hizo lo que sabe hacer: buscar una segunda opinión y preguntar por las probabilidades reales. Consiguió una cita casi imposible con el único especialista capaz de operar ese tipo de cáncer en la ciudad, gracias a una llamada directa al director de la clínica. El médico aceptó operar. Aun así, el desenlace no cambió: Graciela vivió sus últimos meses en cuidado paliativo, tranquila, sabiendo lo que se avecinaba.

Una historia de amor que empezó con una bicicleta

Antes de todo eso, mucho antes, Jota era entrenador de un club de ciclismo formado por mensajeros de farmacia —él mismo había sido mensajero y campeón de esas carreras clandestinas que organizaban entre boticas rivales—. Uno de sus pupilos, torpe sobre la bicicleta y a punto de abandonar por presión de sus padres, terminó siendo la puerta de entrada a la que sería el amor de su vida: la hermana del muchacho, una niña de 14 años llamada Graciela, a quien vio por primera vez abriéndole la puerta de esa casa.

El cortejo, contado por él, tiene la textura de otra época: un almuerzo con los papás en una fonda antioqueña, una caminata después del postre y una declaración sin rodeos: «yo me quiero casar con la hija de ustedes». ¡Pero ella tiene novio!», le respondieron los padres. «Eso no importa, Ustedes no la dejen casar con él», respondió confiado Jota. Un accidente cubriendo la Vuelta a Colombia de 1963 —el carro en el que viajaba se volcó y él quedó inconsciente tres días en un hospital de Pereira— fue lo que finalmente encaminó el compromiso: la visita de Graciela y su madre al hospital, entre lágrimas, marcó el principio real del romance. De ahí salieron cinco hijos que él llama, sin ironía, «cinco estrellas»: dos comunicadores sociales, un publicista, un ingeniero de sistemas que hoy y una economista que —dice entre risas— es quien hoy le administra la tarjeta de crédito.

El niño que llegó solo a Medellín a los 14 años

La parte más asombrosa de la conversación, sin embargo, es la de sus orígenes. Jota Enrique Ríos llegó a Medellín a los catorce años, recién cumplidos, sin conocer a nadie, sin carta de recomendación de ningún cura, buscando trabajo por su cuenta. Antes había pasado por el seminario —enviado allí por presión familiar para ser sacerdote— de donde lo expulsaron. «A mi me echaron de todas partes», dice entre risas. Comenzó trabajando en una carnicería en Medellín, donde dormía sobre un colchón encima de las neveras, hasta que lo despidieron por faltar a trabajar el día de una carrera ciclística.

Sin techo, durmió dos noches en una residencia de mala muerte en Guayaquil —»la Bayadera», la describe, «peor que Guayaquil más diez»— hasta encontrar una pieza y, después, un aviso que pedía «mensajero con bicicleta». No tenía bicicleta, pero mintió, consiguió que le prestaran una desinflada, la arregló él mismo con un kit de parches, y se quedó con el puesto. ¿Y la bicicleta? Le prestaron para comprar una nueva por que la de él «valía más arreglarla».

De mensajero a periodista, sin haber pisado una universidad

El salto al periodismo fue igual de improvisado. Llevaba un boletín de una carrera clandestina de ciclismo al periódico El Correo cuando un editor, casi por accidente, le pidió que le escribiera una nota. Jota confesó que no sabía redactar, que ni siquiera sabía poner el papel en la máquina de escribir. La respuesta del editor fue la que terminaría definiendo su carrera: «sabe lo que los demás no saben: usted no solo monta en bicicleta, sabe correr y sabe ganar. Eso lo pone por encima de todos». Esa noche, dice Jota «me gradué de periodista sin haber estudiado nunca».

De ahí en adelante, la vida de Jota es una sucesión de despidos que él cuenta casi con orgullo: lo echaron de El Correo, y de Vea Deportes —después de haber revolucionado la impresión a color de la revista con un sistema que él mismo diseñó junto a un mecánico—, y de Radio Sucesos RCN de Barranquilla donde fundó un noticiero completo reclutando estudiantes de periodismo antes de que se graduaran. El diario El Colombiano, cuando volvió a Medellín a buscar trabajo, le cerró la puerta por no tener título universitario. Años después regresaría al diario antioqueño a dirigir las Notas Económicas.

Un corresponsal en el terremoto de Nicaragua, sin salir de Bogotá

Uno de los episodios más insólitos de esta conversación en Contrapregunta es que mientras trabajaba para la agencia española EFE, Jota cubrió el terremoto de Nicaragua de finales de los años 60 sin moverse de Bogotá. Managua había quedado completamente incomunicada, así que Jota recurrió a su afición por la radioafición para contactar a un radioaficionado nicaragüense que seguía transmitiendo, le pidió datos en tiempo real y escribió las crónicas fechadas en Managua. Fue, según cuenta, la única agencia internacional que logró informar con ese nivel de detalle mientras la ciudad estaba a oscuras para el resto del mundo. Ganó su primer gran premio periodístico por esa cobertura, hecha por teléfono y por radio.

El nicho que nadie había ocupado

El origen del Noticiero Económico Antioqueño —el proyecto que terminaría marcando 45 años de periodismo en la región y formando a decenas de reporteros— nació, otra vez, de un despido: el de Clarín. Jota decidió que necesitaba «inventar algo de donde no lo echaran», y aplicó una lógica que había aprendido leyendo mercadeo: identificar qué necesitaba el mercado y, si no existía, crearlo. Antioquia tenía trece programas deportivos y ninguno económico. El problema era que Jota no sabía nada de economía, «ni sumar ni restar», según sus palabras.

Su solución fue tan directa como el resto de su carrera. Se dirigió personalmente a buscar a los empresarios más importantes de la región —entre ellos Fabio Echeverry Correa y Jorge Molina Moreno— para pedirles que le prestaran a sus economistas como maestros. Se fue a la Bolsa de Medellín a preguntarle al gerente qué era una acción, y terminó con un portafolio armado por el propio experto para poder seguir, a mano, en tiras de papel de contador, cómo subían y bajaban los precios. Aprendió a leer un balance financiero preguntándole directamente a un profesor de la universidad. De esa curiosidad autodidacta, y de la necesidad de no volver a quedarse sin trabajo, nació una de las instituciones periodísticas más longevas de Antioquia: El Noticiero Económico Antioqueño.

Cerrar con la misma serenidad con la que empezó

Cuarenta y cinco años después, Jota Enrique Ríos cerró el Noticiero Económico Antioqueño con la misma calma con la que ha enfrentado cada despido, cada diagnóstico y cada tramo difícil del camino: sin dramatismo, viendo el cierre como una etapa más. Es, quizás, la clave de toda la conversación: la de un hombre que aprendió, desde niño y a la fuerza, a leer cada golpe de la vida no como un final, sino como el punto de partida de la siguiente historia.