#YoTambién, defendiendo el honor de una burrita

El título de esta historia se basa en una etiqueta de redes sociales que se hizo famosa hace poco para denunciar el abuso sexual contra mujeres (#MeToo en inglés). Con todo respeto, hoy quiero usarla para denunciar el abuso sexual a una burrita. Sí, un animal. ¿Es comparable con el abuso a una mujer? Seguro que no, aunque también estoy seguro de que Artemisa, mi burrita, reconoce que algo malo le sucedió. Entre otras cosas porque dejó de rebuznar para pedir su comida los días inmediatamente posteriores. Si eso no sirve de algo yo, Homo sapiens, sí sé. En ese sentido #YoTambién.

Artemisa llegó a mi finca gracias a la gestión del concejal Álvaro Múnera y el programa de protección animal de la Alcaldía de Medellín, quien la decomisó por abandono y maltrato en un barrio popular de la ciudad. Su presencia tenía la finalidad de brindar refugio a otro animal, como ya lo hago con mis perros y mi caballo, pero especialmente para ofrecer compañía a este último. Desde el día de su llegada, la vida de Orión, mi caballo, ha sido otra. Artemisa, como en el mito, ha sido su diosa.

El día 30 de abril de este año me levanté, como de costumbre a dar de comer a mis perros y ví que Artemisa y Orión se encontraban comiendo pasto en los rieles que llevan del portón a mi casa. Una vez me acerqué a ella, noté algo que no había notado el día anterior cuando Girlesa, mi chica, y yo le dimos comida. Eran que sus rodillas, tanto delanteras como traseras, estaban fuertemente peladas y sangraban un poco. Me preocupó un agujero en cada rodilla trasera por la pérdida del líquido de la articulación.

En principio creí que se trataba de algunos raspones por algunos traspiés que le he visto dar en estos días de invierno ya que el terreno de mi finca es bastante inclinado. ¿Sería alguna lesión que no había visto? Los días de lluvia en El Retiro mantenían las patas de la burrita llenas de pantano, muchas veces hasta arriba de la rodilla, sin embargo Jhon, el señor que me ayuda colocando la alimentación de los caballos me dijo que había visto las heridas temprano y que le parecían muy raras. Me hizo notar que en la parte superior posterior de los muslos traseros de Artemisa, habían unas peladuras como si alguien la hubiera amarrado.

Mientras miraba los vídeos de las cámaras de seguridad de mi finca, realicé algunas llamadas a un par de conocidos, ante la posibilidad de que se tratara de un abuso a la burrita. Le marqué a un conocido que trabaja en la Patrulla de Rescate Animal de Medellín y luego al Secretario de Productividad de El Retiro y encargado del tema de protección animal. Quería saber si la Policía podía venir a hacer alguna inspección o si un veterinario de la Alcaldía podía tomar una muestra de la vagina de la burrita. Era claro que no le prestarían suficiente atención al tema, así que decidí conseguir un médico veterinario particular que la evaluara.

La doctora Yamile Ruíz se comprometió amablemente a venir y a eso del medio día ya estaba en mi finca. Sin ella lo que sigue no sería posible. Fuimos a ver a Artemisa y la médica veterinaria me informó que las heridas presentaban hematomas y lesiones de mucha consideración. En principió pensó que se trataba de una infección de las articulaciones que simplemente habían madurado pero luego al revisar el interior de la cavidad vaginal le pareció extraño encontrar el tejido irritado y tremendamente tallado.

Ni ella ni yo concebíamos que un pene humano pudiese generar una lesión así. Tampoco entendíamos muy bien porqué los puntos de amarre, en todas las articulaciones y sobre las rodillas posteriores. De modo que comenzamos a descartar la idea del abuso o pensar que se trataba de Orión, pero rapidamente se descartó por temas mecánicos y porque no explicaba las ataduras. Ante la secreción sanguinolenta proveniente de los órganos genitales de Artemisa, decidimos tomar una muestra para llevarla al laboratorio, donde en horas de la tarde le confirmaron que había presencia de semen humano.

Mi vida cambió en aquel momento. Entré en una nueva dimensión hasta ahora desconocida para mi, la del abuso sexual. Pensé en todas las personas que son víctimas todos los días de esta aberrante conducta y cómo nuestra sociedad y sistema judicial hace poco o nada para combatirlo. Seguramente algunos pensaran a esta altura, que este tipo de conductas con animales, en especial las burritas, no son propiamente un abuso y se trata más de una práctica cultural de iniciación sexual. Al respecto debo decir que en este caso, quien lo hizo maltrató a la burrita de una forma propia de la perversión sexual, en la cual se cosifica al objeto de deseo pasando por encima de cualquier consideración de respeto o dignidad.

De hecho es una de las advertencias que hice como psicólogo, luego de hablar con la Alcaldía de El Retiro, la Policía y la Fiscalía, fue que quién lo hizo no tenía miramientos con respecto a la norma y era poco probable que se tratase de una persona oriunda del Caribe colombiano, como algunos insinuaron. Su perfil psicológico es el alguien que en aras de satisfacer su deseo, es capaz de pasar por encima de consideraciones como la propiedad privada, el bienestar físico o emocional de otro y hasta su propia vida, es decir, un violador, o varios.

Pedí información a los vecinos sobre personal que visitaba con frecuencia su propiedad y que había estado presente en días cercanos al acontecimiento. La respuesta de la vecina, profesora universitaria por demás, me pareció de una inhumanidad pasmosa: “No tengo los teléfonos de esas personas y si los necesita que sea la Fiscalía la que los consiga”, mientras aprovechaba la llamada para hacerme reclamos sobre la convivencia. Antes de colgarle me dijo que se “solidarizaba” con el desafortunado acontecimiento ¿Qué tal? El abuso sexual de Artemisa me había permitido ingresar al lado oscuro no solo del abusador sino de otros seres humanos.

La directoria del laboratorio donde enviamos las muestras tampoco lo hizo mejor. A pesar de mis reiteradas llamadas para solicitarle que me enviara pronto los resultados del exámen para comenzar con la denuncias y las investigaciones ¿Su respuesta? se limito a decirme que esa era información clasificada que no podía suministrarme ¿Yo era entonces uno de los sospechosos del abuso luego de haber ordenado y pagado los exámenes? Era una posibilidad y así lo ententí para darme cuenta luego, de que la señora no tenía el informe completo para enviarle al veterinario forense de la Secretaría de Medio Ambiente, Julio Aguirre, quien voluntariamente se encargó finalmente de hacer el informe, por tratarse de una burrita que fue rescatada por el Municipio.

Coloqué cámara en la pesebrera, instalé un reflector, subí las líneas del alambre de púas e imprimí avisos con advertencias de personal armado ¿Usted sería capaz de dispararle a alguien que abuse de su familia? Yo sí, mi manada es mi familia. Espero no tener que hacerlo algún nuevo día pues seguramente la ley estará del lado del abusador como suele suceder en cientos de casos que vemos a diario. El sistema judicial garantista que tenemos en Colombia, sumado a la ineficiencia y la burocracia, hace que muchas veces el abusador quede libre por problemas en la captura o vencimiento de términos, mientras que la Fiscalía la tiene fácil para acusar a quien se defiende por temas como la proporcionalidad de la fuerza, el valor de la vida sobre la propiedad (un animal es un buen) y la supesta racionalidad que debemos tener en momentos de rabia o pánico.

Me fui con los documentos del informe forense, de laboratorio y de la médica veterinaria a colocar la denuncia respectiva en la Insptección de Policía y en la Fiscalía de El Retiro. La primera respondió señalando que se trataba de un delito grave que no era de su competencia y debía darle traslado a la Fiscalía y la segunda trasladó la denuncia de El Retiro a La Ceja, no sin antes decirme que si yo no sabía quién era el abusador, no había mucho que hacer ¿Así se resume la labor investigativa de la Fiscalía por la que pagamos cerca de 10 mil millones de pesos al día los colombianos?

Otra cosa dolorosa de esta experiencia es ver cómo la gente escucha la historia con una mezcla de sorpresa y humor. Como si el daño fuera simplemente el producto de un pobre loco o un desocupado. Algo menor, dirán algunos, en comparación con otros delitos que se cometen y que afectan directamente a los animales humanos. Tal vez, pero lo curioso de estas posturas es que generalmente provienen de quienes no han padecido, ni de cerca, algún tipo de abuso. Pienso que suele ser más un asunto de empatía que de comparaciones.

Hoy no ha pasado nada desde la institucionalidad, diferente a la visita de una patrulla de la Policía, en días recientes, luego de mi queja en redes sociales. Cinco meses después del hecho, es claro no queda rastro para investigar. Así que mientras los entes de control e investigación se pasan el asunto de un lado para otro, sin hacer realmente nada, yo sigo pensando en lo dramatico e impune que es el tema del abuso sexual en Colombia y en el mundo, no sólo por la falta de actuación del Estdo sino por la falta de solidaridad de los seres humanos. #YoTambién no es una simple etiqueta, es el espejo que nos enseña el rostro de nuestras propias sombras y que exige una reflexión y actuación permamente de todos los que lo hemos sido víctimas de un abuso y los que aún no.

Mi propuesta para el Concurso de Caricatura del BID

He dicho que cuando sea grande voy a dedicarme a hacer libros para niños. Es una remembranza de mis épocas infantiles cuando, en compañía de mi madre, descubrí el maravilloso mundo del dibujo. Ella había comenzado su carrera de Artes Plásticas en la Universidad de Antioquia y la interrumpió para casarse con mi padre, supongo que yo hago parte de la continuación de esa carrera a través de la publicidad.

Ahora que ya no me siento un “muchacho” y que la presbicia ha comenzado a aparecer, creo que definitivamente me estoy volviendo grande, es decir, un poco viejo. Así que aproveché la excusa de este concurso del Banco Interamericano de Desarrollo para abrir el baúl de mi infancia, tomar un lápiz y un papel y comenzar a dibujar de un tema que me toca pues lo considero, junto con la corrupción, uno de los grandes líos de nuestra América Latina.

Siempre he creído que  la libertad de expresión, y dentro de ésta la caricatura, son un pilar fundamental de lo que llamamos la sociedad occidental y la sociedad liberal. Sin ella, no importa que tanto desarrollo económico haya, como el caso Chino, no habrá un Estado verdadero que estimule el desarrollo personal y social de sus ciudadanos y la burocracia, el tema de este concurso, es uno de esos lastres que termina por dejarnos siempre en la mitad del camino. Aquí están las imágenes.

La mujer del Animal, un fetiche del discurso políticamente correcto

El mes pasado fui a ver La Mujer del Animal, de Víctor Gaviria. Me pareció insoportable. A pesar de que ya conocía el lenguaje literal del director antioqueño, y había visto Rodrigo D y La Vendedora de Rosas, en esta ocasión nos paramos antes de terminar la película, una amiga y yo, y decidimos abandonar el teatro. Pienso que una cosa es que te muestren la mierda en la que vivimos y otra que, te la restrieguen en la cara y te la hagan tragar a trancazos.

No soy crítico pero me gusta el cine. Desde hace más de treinta años asisto con regularidad a las salas. Aprendí a verlo en el Museo de Arte Moderno de Medellín pues vivía en el barrio Carlos E. Restrepo. Luego estudié publicidad y más adelante psicología, carreras que me ayudaron un poco a entender el lenguaje de la imagen. Reitero, no soy un experto pero tampoco un neófito. Digo lo anterior para tratar de desmontar el primer argumento en contra que suele aparecer cuando alguien osa criticar al afamado director, y es aquel basado en el total desconocimiento.

La mayoría de comentarios que he leído sobre La Mujer del Animal la califican de obra maestra, necesaria para entender nuestra realidad, como si ver cine se tratara de un deber cívico, moral, o un compromiso feminista, y es allí donde considero que comienza el problema. Entiendo la importancia del tema de la violencia de género que trata el filme, pero no creo que eso la convierta automáticamente en una pieza de colección. Por lo menos en varias escenas me pareció evidente que faltaban planos para hacer más clara la secuencia y que sobraba muchas veces la coprolalia de los actores neorrealistas.

Algunos dirán que se trata del pudor propio de quien no conoce la vida diaria de miles de mujeres y hombres de nuestra hermosa y dolorosa Colombia. En nuestra defensa, de mi amiga y yo, debo decir que ella trabajó como psicóloga en la Fiscalía General de la Nación, atendiendo los casos de abuso sexual infantil, mientras yo lo hice, voluntariamente, en mi consultorio, y en la Centro Carcelario de Bellavista de la ciudad de Medellín como psicólogo clínico. Así que puede ser que ella y yo seamos unas gallinas pero no por pudor o por desconexión de la realidad.

A lo mejor se trata de un asunto de excesiva sensibilidad ante el dolor ajeno, finalmente una historia trabaja con la capacidad psicológica del público de identificarse con las emociones de los personajes, o de la incapacidad de soportar, lo que a mi modo de ver es una forma pornográfica de mostrar el dolor. Pornográfica en el sentido de hacer evidente todo y además con sevicia. Pareciera que al director no le interesa manejar los ritmos del espectador para darle tiempo de reponerse de una fuerte emoción, antes de pasar a otra. La falta de ritmos y metáforas siempre ha sido una de mis críticas a las películas de Gaviria.

Recuerdo la película La lengua de las mariposas de José Luis Cuerda y su preciosa forma de mostrar la dura realidad de la guerra civil española a través de Don Gregorio y sus diálogos con el pequeño Moncho. O No, de Pablo Larraín, sobre la dictadura chilena, en la que René Saavedra, encarnado por Gael García, pelea por hacer de la campaña en contra de la continuidad de Augusto Pinochet en el poder, un mensaje alegre y bonito. Sólo por citar dos ejemplos de duras realidades narradas con seducción e imaginación.

Por supuesto, no se trata de pintar de colores la crueldad a la realidad misma pero creo que si la idea era hacernos reflexionar como sociedad sobre la violencia en contra de las mujeres, era mejor hacerlo de una forma que fuera soportable para un público más amplio, no para una selecta intelligentsia, que últimamente no ha hecho sino jactarse de su capacidad para ver, y repetir, la película a la vez que descalifica a los que no asistieron o no terminamos de verla, convirtiendo así a La Mujer del Animal en un fetiche del discurso políticamente correcto.