Hipopótamos, política y responsabilidad: pensar el país con ideas nuevas

En los últimos días ha vuelto al centro del debate público una frase tan contundente como preocupante: “hay que matar a los hipopótamos”. Así, sin matices, algunos sectores presentan esta opción como la única salida “técnica” a un problema complejo. Quienes proponemos alternativas somos rápidamente etiquetados como ingenuos, emocionales o ignorantes en temas de ecología.

Yo creo que esa mirada es incompleta y peligrosa. La discusión sobre los hipopótamos en Colombia no puede reducirse únicamente a cálculos de utilidad ecológica. También debe incluir un principio básico: el respeto por otras formas de vida conscientes y la responsabilidad humana frente a un problema que no fue creado por los animales, sino por decisiones humanas del pasado.

Hace más de veinte años, cuando la población de hipopótamos rondaba apenas los diez individuos, muchas voces advirtieron que era urgente implementar programas de esterilización y control ético. Nadie escuchó. No hubo voluntad política, ni recursos, ni interés. Hoy, cuando ya se habla de cerca de 200 animales, aparece la solución más fácil y más brutal: eliminarlos.

Se argumenta que los hipopótamos causan eutrofización del agua, compactación del suelo y un riesgo potencial para las comunidades humanas. Estos impactos deben analizarse con seriedad, por supuesto. Pero resulta llamativo que, en ese mismo análisis, se minimicen o se silencien las verdaderas cifras del daño ambiental en la cuenca del Magdalena, que provienen principalmente de la ganadería extensiva y de ciertos modelos agrícolas intensivos.

La diferencia es evidente: esos sectores tienen gremios poderosos y representación política que los defiende. Los hipopótamos no.

Este no es solo un debate ambiental. Es un espejo de la vieja política colombiana: reaccionaria, tardía y selectiva a la hora de asumir responsabilidades. Una política que deja crecer los problemas por años y luego propone salidas rápidas que evitan incomodar a los intereses de siempre.

Colombia necesita ideas frescas para enfrentar sus desafíos, incluso los más complejos. Necesita una política capaz de anticiparse, de escuchar a tiempo, de buscar soluciones éticas y científicas sin caer en la comodidad de lo fácil. Y, sobre todo, necesita cambiar la política cambiando a los políticos. Ese es el verdadero fondo de esta discusión. No se trata solo de hipopótamos. Se trata del país que queremos ser.

Desde el Congreso velare por alternativas como la esterilización y la traslocación. También por destinar recursos a tiempo para contener este tipo de problemáticas antes de que se presenten y sobre todo, para que el medio ambiente deje de ser medio y lo tengamos completo.

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Sin mercado no hay Estado

En América Latina persiste una idea profundamente arraigada: que el mercado es el enemigo y que el Estado debe erigirse como su antagonista natural. Esta visión, heredada de décadas de discursos maniqueístas de la guerra fría —donde todo se resuelve con Estado o con Mercado—, ha llevado a políticas que debilitan la capacidad de generar riqueza y, paradójicamente, limitan la acción del propio Estado. Sin embargo, una verdad fundamental suele ignorarse en este debate: sin mercado no hay Estado posible.

El mercado no es un fin en sí mismo, sino una herramienta. Es el mecanismo mediante el cual millones de personas, a través del intercambio voluntario, la innovación y el emprendimiento, generan valor, empleo y riqueza. Esa riqueza es la que posteriormente permite al Estado recaudar impuestos y cumplir con sus funciones esenciales: garantizar derechos, proveer bienes públicos, reducir desigualdades y combatir la pobreza. Pretender fortalecer al Estado asfixiando al mercado es una contradicción que termina perjudicando a quienes más se busca proteger.

La historia económica es clara al respecto. Los países que han logrado reducir la pobreza de manera sostenida no lo han hecho mediante la supresión del mercado, sino mediante su aprovechamiento inteligente. Donde hay reglas claras, competencia, seguridad jurídica y apertura a la innovación, florecen la productividad y el crecimiento económico. Allí, el Estado encuentra los recursos necesarios para invertir en educación, salud, infraestructura y protección social.

En contraste, cuando el Estado intenta reemplazar al mercado o intervenirlo de forma excesiva, los resultados suelen ser ineficiencia, informalidad y estancamiento. La centralización de decisiones económicas no solo limita la creatividad y la iniciativa individual, sino que también concentra poder y reduce los incentivos para producir y emprender. El resultado es un círculo vicioso: menos crecimiento, menos recaudo y un Estado cada vez más débil para atender las necesidades sociales.

Esto no significa abogar por un mercado sin reglas ni por un Estado ausente. Por el contrario, el rol del Estado es fundamental: debe establecer marcos regulatorios modernos, promover la competencia, corregir fallas del mercado y garantizar que los beneficios del crecimiento lleguen a toda la sociedad. Pero para cumplir ese rol, necesita una economía dinámica que lo sustente. Un Estado fuerte requiere, primero, un mercado fuerte.

El verdadero enemigo no es el mercado, sino la pobreza. Combatirla exige abandonar prejuicios ideológicos y apostar por soluciones pragmáticas que fomenten la generación de riqueza y su adecuada redistribución. En países como Colombia, el desafío no está en elegir entre Estado o mercado, sino en entender que ambos se necesitan mutuamente para desarrollar un país. Solo reconociendo esta relación podremos construir sociedades más prósperas, justas y sostenibles.

La ruana: ese milagro textil de la política colombiana

Ah, la ruana. Prenda ancestral, abrigo del campesino, testigo silencioso de madrugadas frías y trabajos duros. Y, cómo no, el accesorio estrella del político colombiano cuando huele elecciones. Porque si algo ha demostrado nuestra clase dirigente es que no siempre entiende al país… pero sí entiende el poder simbólico de una buena foto.

La escena es conocida: llega el candidato, traje bien planchado, sonrisa ensayada, discurso reciclado. Minutos antes de subir a la tarima, alguien —siempre alguien— le alcanza una ruana. No importa si nunca la ha usado, si no sabe cómo acomodarla o si la confunde con un poncho peruano. La ruana no juzga. La ruana transforma. En segundos, el político deja de ser abogado capitalino y se convierte en “hijo legítimo del altiplano”.

Es el cosplay perfecto. No exige coherencia, no pide reformas, no amenaza intereses. Basta con colgársela sobre los hombros y listo: empatía instantánea. Tradición garantizada. Conexión con el pueblo activada. Todo sin despeinar el discurso ni modificar una sola coma del programa de gobierno.

Eso sí, la magia tiene tiempo limitado. Antes de que aparezca el sudor, antes de que la incomodidad sea evidente, la ruana cumple su misión y se retira discretamente. Vuelve a su hábitat natural: el respaldo de una silla, el baúl de una camioneta blindada o el archivo fotográfico de la campaña. El político, por su parte, regresa a su traje, su aire de poder y su agenda de siempre.

Durante esos minutos gloriosos, la ruana carga con todo: identidad, cercanía, tradición… y uno que otro voto. Es una prenda noble, capaz de abrigar cuerpos y también conciencias, aunque sea de forma temporal.

La ruana abriga. El oportunismo de los viejos políticos, también. Y mientras sigamos creyendo que ponerse una prenda equivale a entender un país, seguiremos confundiendo símbolos con soluciones. En Colombia no necesitamos más ruanas de utilería. Necesitamos ideas frescas para cambiar la política. Y, sobre todo, necesitamos cambiar la política, cambiando a los políticos.