Mi propuesta para el Concurso de Caricatura del BID

He dicho que cuando sea grande voy a dedicarme a hacer libros para niños. Es una remembranza de mis épocas infantiles cuando, en compañía de mi madre, descubrí el maravilloso mundo del dibujo. Ella había comenzado su carrera de Artes Plásticas en la Universidad de Antioquia y la interrumpió para casarse con mi padre, supongo que yo hago parte de la continuación de esa carrera a través de la publicidad.

Ahora que ya no me siento un “muchacho” y que la presbicia ha comenzado a aparecer, creo que definitivamente me estoy volviendo grande, es decir, un poco viejo. Así que aproveché la excusa de este concurso del Banco Interamericano de Desarrollo para abrir el baúl de mi infancia, tomar un lápiz y un papel y comenzar a dibujar de un tema que me toca pues lo considero, junto con la corrupción, uno de los grandes líos de nuestra América Latina.

Siempre he creído que  la libertad de expresión, y dentro de ésta la caricatura, son un pilar fundamental de lo que llamamos la sociedad occidental y la sociedad liberal. Sin ella, no importa que tanto desarrollo económico haya, como el caso Chino, no habrá un Estado verdadero que estimule el desarrollo personal y social de sus ciudadanos y la burocracia, el tema de este concurso, es uno de esos lastres que termina por dejarnos siempre en la mitad del camino. Aquí están las imágenes.

La mujer del Animal, un fetiche del discurso políticamente correcto

El mes pasado fui a ver La Mujer del Animal, de Víctor Gaviria. Me pareció insoportable. A pesar de que ya conocía el lenguaje literal del director antioqueño, y había visto Rodrigo D y La Vendedora de Rosas, en esta ocasión nos paramos antes de terminar la película, una amiga y yo, y decidimos abandonar el teatro. Pienso que una cosa es que te muestren la mierda en la que vivimos y otra que, te la restrieguen en la cara y te la hagan tragar a trancazos.

No soy crítico pero me gusta el cine. Desde hace más de treinta años asisto con regularidad a las salas. Aprendí a verlo en el Museo de Arte Moderno de Medellín pues vivía en el barrio Carlos E. Restrepo. Luego estudié publicidad y más adelante psicología, carreras que me ayudaron un poco a entender el lenguaje de la imagen. Reitero, no soy un experto pero tampoco un neófito. Digo lo anterior para tratar de desmontar el primer argumento en contra que suele aparecer cuando alguien osa criticar al afamado director, y es aquel basado en el total desconocimiento.

La mayoría de comentarios que he leído sobre La Mujer del Animal la califican de obra maestra, necesaria para entender nuestra realidad, como si ver cine se tratara de un deber cívico, moral, o un compromiso feminista, y es allí donde considero que comienza el problema. Entiendo la importancia del tema de la violencia de género que trata el filme, pero no creo que eso la convierta automáticamente en una pieza de colección. Por lo menos en varias escenas me pareció evidente que faltaban planos para hacer más clara la secuencia y que sobraba muchas veces la coprolalia de los actores neorrealistas.

Algunos dirán que se trata del pudor propio de quien no conoce la vida diaria de miles de mujeres y hombres de nuestra hermosa y dolorosa Colombia. En nuestra defensa, de mi amiga y yo, debo decir que ella trabajó como psicóloga en la Fiscalía General de la Nación, atendiendo los casos de abuso sexual infantil, mientras yo lo hice, voluntariamente, en mi consultorio, y en la Centro Carcelario de Bellavista de la ciudad de Medellín como psicólogo clínico. Así que puede ser que ella y yo seamos unas gallinas pero no por pudor o por desconexión de la realidad.

A lo mejor se trata de un asunto de excesiva sensibilidad ante el dolor ajeno, finalmente una historia trabaja con la capacidad psicológica del público de identificarse con las emociones de los personajes, o de la incapacidad de soportar, lo que a mi modo de ver es una forma pornográfica de mostrar el dolor. Pornográfica en el sentido de hacer evidente todo y además con sevicia. Pareciera que al director no le interesa manejar los ritmos del espectador para darle tiempo de reponerse de una fuerte emoción, antes de pasar a otra. La falta de ritmos y metáforas siempre ha sido una de mis críticas a las películas de Gaviria.

Recuerdo la película La lengua de las mariposas de José Luis Cuerda y su preciosa forma de mostrar la dura realidad de la guerra civil española a través de Don Gregorio y sus diálogos con el pequeño Moncho. O No, de Pablo Larraín, sobre la dictadura chilena, en la que René Saavedra, encarnado por Gael García, pelea por hacer de la campaña en contra de la continuidad de Augusto Pinochet en el poder, un mensaje alegre y bonito. Sólo por citar dos ejemplos de duras realidades narradas con seducción e imaginación.

Por supuesto, no se trata de pintar de colores la crueldad a la realidad misma pero creo que si la idea era hacernos reflexionar como sociedad sobre la violencia en contra de las mujeres, era mejor hacerlo de una forma que fuera soportable para un público más amplio, no para una selecta intelligentsia, que últimamente no ha hecho sino jactarse de su capacidad para ver, y repetir, la película a la vez que descalifica a los que no asistieron o no terminamos de verla, convirtiendo así a La Mujer del Animal en un fetiche del discurso políticamente correcto.

El precio del paraíso

Hoy me levanto en las mañanas y veo el sol salir entre nubes y montañas mientras los pájaros cantan y mis perros corretean por la casa. Es un lindo sueño hecho realidad en el que desperté luego de una horrible pesadilla. La pesadilla de construir teniendo que conocer el lado vil y oscuro de muchos, no todos, quienes en un principio se muestran como gentes buenas que quieren ayudarte a alcanzar tus metas, pero que realmente no tienen otras metas distintas a las suyas propias. Algo muy inhumano de nosotros los humanos.

“Te veré construir”, decían los abuelos, como lanzando una maldición, para referirse a las dificultades inimaginadas que entraña construir una casa. Cuando mi tío Benjamín se enteró de que yo comenzaría la obra de mi finca, me advirtió que si uno quiere desearle el mal a alguien, debería desearle que construyera algo. No le creí ¿Por qué habría de ser una misión imposible dar vida a los sueños de obras civiles? Seguramente era un problema de paciencia, tan escasa en mi familia. No sospechaba lo que se avecinaba.

Buscando el lote

Pasé casi tres años mirando lotes en Santa Elena, Rionegro, Marinilla, La Ceja, El Carmen de Viboral y El Retiro, con la idea de tener un espacio donde vivir con mis perros, cerca de la ciudad. Así podría combinar el gusto por el campo y su tranquilidad con mi labor como publicista, psicólogo y docente. Viví alquilado en Rionegro y Santa Elena, me fui a vivir a Europa y regresé para seguir mirando. Finalmente encontré en la vereda Pantanillo de El Retiro, uno que me gustó y se acomodaba a mi bajo presupuesto para la zona.

La pendiente pronunciada del terreno, se compensaba con una hermosa vista del Valle del río Pantanillo. Mi idea era no hacer ninguna explanación que no fuese absolutamente necesaria para proteger el suelo y evitar problemas a futuro con aguas y deslizamientos. Tenía prisa de volver a vivir con mis perros, pues en la casa de mis padres, donde me recibieron después de regresar de Europa, no podía tenerlos a todos. Así que contraté una retroexcavadora para que abriera la carretera y un pequeño patio de maniobras para colocar los materiales de la obra, mientras esperaba que Catastro de El Retiro legalizara los papeles de posesión.

Llega Godzilla

La retroexcavadora, en menos de dos días, había mordido buena parte del terreno como si fuera Godzilla comiéndose a Nueva York. Las curvas del terreno que pedí se tuvieran en cuenta habían sido olvidadas. Una línea recta trazaba el camino de arriba a abajo, terminando en un patio de maniobras como un cráter de cinco metros de profundidad, ¡así se hace en Antioquia de hacha y machete, carajo! Nos gusta tumbar el monte y volverlo una mesa de billar aunque, evidentemente, no es mis caso.

Terminando su función, la retroexcavadora fue víctima de su propio invento y se deslizó en la carretera, obligando a que vinieran a sacarla, y dejándome la vía de acceso con un mordisco que hubo luego que llenar con la tierra que no se había tragado el monstruo de la pala mecánica. Ahora venía el estudio de suelos y el plano topográfico para poder hacer el plano de la casa y pasar los papeles a Planeación para el permiso de construcción.

La empresa de mi tío José Ignacio realizó el estudio de suelos a cambio de que le diseñara el sitio web de su empresa, y el plano topográfico lo levantó una chica que trabajaba en el sector. Parecía que el problema de la retroexcavadora sólo sería una pequeña dificultad del pasado. Para realizar los planos arquitectónicos de la casa me recomendaron en El Retiro a Verónica Ríos, una arquitecta que trabajaba en la alcaldía y a la que rápidamente le note las pilas y los deseos de hacer algo interesante con el terreno.

Comienzan las demoras

Había comprado el lote en febrero y habían pasado tres meses desde entonces. Verónica se comprometió a pasarme una idea inicial para mayo y ayudarme con la gestión de los permisos en la administración municipal, pero llegó julio y aún no había nada. Había perdido dos meses esperando el diseño de la casa que nunca llegó pues ella estaba muy ocupada. De modo que comencé de nuevo la búsqueda de un arquitecto para el hogar de mi manada. Ninguno de mis amigos arquitectos se reportó ante mis mensajes de auxilio. En la inmobiliaria que me ayudó a conseguir el lote, me recomendaron a Antonio Ramírez y su negocio de construcción -Construimos-. Lo llamé y su amabilidad y practicidad me llenaron de esperanza. ¡Estaba de nuevo en camino!

“Hace tiempo queremos hacer algo así, modular y rápido, comencemos”, me dijo Antonio. Definimos que la estructura sería metálica y la casa partiría de un rectángulo de 12 x 6 metros para optimizar el corte de las vigas de acero. Así entonces, Daniel, el arquitecto, comenzó a darle vida a mi casa en AutoCad. Sería como el primer vagón de un tren que después podríamos repetir cuando hubiese presupuesto. Yo estaba feliz con lo que comenzaba a ver. Finalmente se integró el diseño arquitectónico con el estudio de suelos, el cálculo estructural y los planos topográficos para enviar los papeles a Planeación.

Por fortuna en la dependencia trabajaba Andrés Jair Castaño, hermano de una exnovia, que seguramente me ayudaría a agilizar el proceso ¿Agilizar? Me equivocaba de cabo a rabo. Entre ires y venires, le entregué los papeles faltando dos meses para finalizar el año, y cuando la nueva administración municipal se posesionó en enero, ya sin mi ex cuñado en su plantilla, aún no tenía aprobado nada del permiso. Curiosamente fue Verónica, que continúo como servidora pública en la administración de su primo, quien aprobó el oficio de mi obra en febrero.

Arranca la obra

Todo este tiempo que pasaba, lo vivía alquilado en una pequeña finca que encontré cerca de la biblioteca rural El Laboratorio del Espíritu, dirigida por mi buena amiga Gloria Bermúdez. No tenía prisa por marcharme de este hermoso lugar donde conocí a Lucas, Cuba, La Negra y otros hermosos perros, pero si quería comenzar pronto a darle vida a mi sueño. De modo que comencé a realizar las fundaciones de la obra. Cinco metros de profundidad enterrando hierro y cemento para cumplir con la norma, me tomaron otro mes.

Uno de los diez pilotes que sostendrían la casa se hizo a diez centímetros de donde debía estar, de modo que cuando comenzaron a soldar la estructura metálica, los pilotes no coincidían con las columnas. Debimos añadir un pedazo de viga al lado derecho de la casa, para solucionar el inconveniente de las fundaciones, pero no el de la estructura ¿El de la estructura? Sí, el calculista al ver la imagen que le envié del problema con los pilotes, descubrió que el arquitecto había encargado vigas en H y no cuadradas, con las que se habían hecho las operaciones de resistencia.

Eran más de treinta millones de pesos en materiales que ya habían comenzado a tomar forma y no podíamos devolver fácilmente a Ferrasa, que pedía lo humano y lo divino para realizar el cambio (Lea también Ferrasa, el culto al mal servicio). Así que debimos volver a calcular la estructura, que por fortuna funcionaba, y cambiar un par de vigas del techo para disminuir el peso total. ¡Qué alivio! Pero poco duraría esa sensación. Rubén, el trabajador de Antonio, me pasó una factura en la que, además de la nómina de los trabajadores, me cobraba cerca de un millón y medio de pesos a la semana, por alquiler de equipos y supervisión de la obra ¿En qué consistía entonces la supervisión de la obra de Construimos?

Me cansé de llamar a Antonio y de ponerle mensajes, pasé un par de veces por su oficina. Nunca estaba o no respondía. Al final me dejó razón con uno de los trabajadores de que no podía continuar con mi obra. De modo que la dejó tirada y debía volver a conseguir a alguien que tomara el relevo. Antonio se hizo exitoso después de trabajar en la secretaría de Planeación de El Retiro, donde comenzó su empresa de construcción de parcelaciones y fincas. Lo mío seguramente le representaba más inconvenientes que ganancias.

Al caído caerle

Debe existir un nombre para el fenómeno psicológico de aprovecharse de quien tiene problemas, no lo conozco en palabras pero sí en carne propia. El mayordomo de la finca de al lado, que me ayudaba con algunas cosas, comenzó a inventar cobros por arreglos de luz o a justificar más días de trabajo de los que acordamos. Del depósito de materiales me llamaban a cobrar enojados, dos meses antes de la fecha de vencimiento de las facturas, y tardaban en recoger las herramientas para facturar más. Con todos tuve agrias discusiones para que se comportaran con sensatez.

Por su parte, mis vecinos de al lado, sendos profesores universitarios, comenzaron a hacer una explanación en su lote, tirando tierra por volquetadas que pasaban a mi lote haciendo un desastre. De nada sirvió que Luis Carlos Toro y Ana María López me conocieran y que les pidiera personal y amablemente el favor de que quitaran la parte que me afectaba. Se hicieron los locos con el tema, como suelen hacer muchos colombianos, esperando que las cosas se dilataran y se olvidaran. Y así parece que sucederá con los oficios que Planeación y la Inspección de Policía les han enviado durante un año para que hagan una cuneta que recoja el agua que evitaría buena parte de los perjuicios.

Llega la peor pesadilla

¿Y la construcción? Confiado en que ya había pasado lo peor, contacté a la gente del depósito de materiales del pueblo, al calculista y a mi hermano Juan David, que trabaja en la empresa de ingeniería civil de mi tío, para que me recomendaran maestros de obra para realizar la parte de mampostería que había quedado pendiente. Me entrevisté con por lo menos cinco oficiales y revisé sus cotizaciones, tan disímiles como sus personalidades, y al final me decidí por Héctor Hernández del municipio de Girardota. Espero que algún día alguien Googlée su nombre y encuentre esta referencia de su trabajo.

Su tono amable, la visita con su pequeño nieto para ver la obra y la recomendación de mi hermano, me convencieron. Hoy, meses después, miro en retrospectiva y trato de entender la peor decisión que tomé en toda la obra y veo que me ganó el corazón. Era evidente que, por lo menos, sería un problema su transporte desde Girardota hasta El Retiro. “Uno va donde está la comida”, me decía. “Héctor es un buen tipo y además es muy pulido”, me dijo mi hermano. Esas dos frases sentenciaron mi suerte por los siguientes tres meses.

Héctor comenzó a ir con uno o dos trabajadores a poner el techo y luego el piso. Las cosas iban bien. Me pidió un pequeño adelanto para transporte y no hubo problema. La obra había comenzado a avanzar y me sentía feliz de ver por fin techos y paredes. Yo había contratado a un arquitecto que visitaba la obra cada dos semanas para ver los avances y hacer las recomendaciones. La segunda vez que vino fue evidente el malestar de Héctor con sus sugerencias. Hacía caso de mala gana al principio y luego encontraba mil excusas para explicar porque había que hacer las cosas cómo él decía y no el arquitecto.

Sin embargo, hubiera sido menos peor que hiciera las cosas a su manera, pero que las hiciera, o al menos que terminara algunas. Pero comenzó a irse desde los jueves a otra obra que tenía mi tío, el jefe de mi hermano, en una de las casas que compra en remates judiciales para arreglar y luego vender. Supuse que no había remedio. No iba a torpedear el negocio de un familiar que además me había echado una mano en este asunto de la construcción. Cada vez le rendía menos al hombre y cada vez pedía más plata. Yo hacía un corte de pagos semanalmente sobre el avance de la obra, y hubo un momento en que los pagos comenzaron a superar lo hecho en casi tres millones de pesos.

Solo en la oscuridad

Le comenté al susodicho que debíamos comenzar a terminar los pendientes antes de hacer nuevos pagos. De inmediato se indignó diciendo que el avance era mayor y que no podía trabajar más pues sus pobres trabajadores aguantarían hambre. Lo que comenzó con una cotización de siete millones de pesos, ya iba en consignaciones por veinte millones debido a los adicionales. Ante la evidente calamidad que se avecinaba llamé a mi tío José Ignacio para que me ayudara a presionarlo. Finalmente, Héctor trabajaba para él en varias obras y seguramente no querría perder la oportunidad de futuros contratos. Cuando finalmente logré comunicarme con el hermano mayor de mi madre y explicarle la situación, su respuesta me dejó frío: “eso debe ser un problema de manejo tuyo, porque a nosotros nos ha ido muy bien con él”.

Le dije que Juan Carlos Urrego, sobrino de su esposa y arquitecto supervisor de mi obra, daba cuenta de las graves faltas de este señor. Incluso de su mala fe, pues cuando iba el arquitecto le hablaba mal de mí y cuando iba yo me hablaba mal del arquitecto. A pesar de que le presentábamos las cuentas y pagos cada ocho días, nunca nos quiso presentar las suyas. Utilizaba el viejo truco de ofuscarse para no responder. Me parecía inaudito que mi tío pudiera dar más crédito a un trabajador de sus obras que a su sobrino. Seguramente era que no había visto el estado de la obra, así que lo agregué al chat de WhatsApp que tenía con mi hermano y el arquitecto, para que viera con sus propios ojos las imágenes del asunto. “José Ignacio has left the group”, leí a la mañana siguiente. Estaba solo.

Bueno, no tan solo. Mi hermano Juan se echó encima la labor de convencer al tipo de que retomara la obra para terminar los pendientes. Aceptó pero con la condición de hacer borrón y cuenta nueva del saldo pendiente (reconociendo así su deuda moral), además de un anticipo para pasajes. ¿Una estupidez hacer de nuevo tratos con el diablo? No lo sé. Intenté infructuosamente conseguir por esos días a alguien que terminara la obra, pero el exceso de demanda en la región, ha hecho que los obreros se den el lujo de rechazar trabajos permanentemente.

Con la ayuda de mi amiga abogada Clara Mira, redacté un contrato, firmée, consigné y cerré los ojos. ¿Mejoraron las cosas? Claro que no. Cada día había un nuevo inconveniente. Que no aprobaban la conexión de la energía de EPM, que se habían robado el riel para instalar el clóset, que las ventanas habían quedado malas por no habérselas mandado a hacer a él, que no se podía instalar un sensor de movimiento porque chispeaba con la lluvia. Todo falso, como lo comprobarían los trabajadores que llegaron después a deshacer los daños, con la cara de quien vio amanecer a Pompeya después de la erupción del Vesubio.

Quebró la cabina del baño y no contó, instaló al revés las tuberías de agua fría y caliente, hizo la puerta de entrada a la finca de tal forma que no entraba ni una camioneta mediana, de las tres varillas para hacer los polos a tierra (cada una con un valor cercano a los $250.000) sólo instaló una y las otras dos se desaparecieron. Los salpicaderos de granito del baño y la cocina dijo que los recibió quebrados, así que hubo que mandarlos a hacer de nuevo. EPM vino a revisar cuatro veces sus instalaciones eléctricas y siempre las rechazó, no sucedió lo mismo con el acueducto pues no había quien lo revisara pero el pozo séptico lo dejó a la mitad. Rayó los vidrios de las ventanas con el movimiento de los materiales y luego tuvimos que rectificar paredes y pisos pues no quedaron aplomados, y un larguísimo etcétera que todavía estoy solucionando.

Saliendo de nuevo a la luz

Mientras sucedía todo ésto, había vencido mi contrato de arrendamiento ¿Qué haría con mi mudanza? No tenía aún como llevarla a mi nueva casa y no debía hacerlo con los antecedentes de quien pasaba allí todo el día trabajando. El arrendador amablemente me dejó vivir un par de meses más en su finca pero comenzó a mandar a sus trabajadores a hacer algunas adecuaciones que quería, para regresar a habitar la finca. De modo que yo tenía que tragar cemento por partida doble.

Pero no todo era malo. En esos constructores estaba Carlos Cardona, un maestro de El Retiro, que yo había llamado antes de comenzar la obra pero que nunca me contestó. Carlos estaba disponible para la semana siguiente, en la que finalizaba el tiempo de entrega que tenía el diablo de mi obra. Aunque no creo en milagros, fue como si se me apareciera la Virgen. Carlos retomó el monstruo en el que se había convertido la obra, y lo amansó al punto de hacerla habitable. Un mes después me mudé.

Hoy despierto en un paraíso llamado B-612 en homenaje a El Principito, el hermoso libro de Antoine de Saint-Exupéry, y aunque cada día encuentro una nueva cosa por hacer para remediar las secuelas del desastre, me levanto feliz en la mañana en la presencia de Lola, Tina, Moni y Paco, mi hermoso labrador que murió un mes antes de que nos pasáramos a habitar el nuevo hogar de la manada, pero que nos acompaña en su sueño eterno desde el chirlobirlo que plantamos sobre su tumba en la parte de arriba. Además, ¿saben qué? Tenemos un nuevo miembro en la familia: un caballo. Hoy lo adoptamos en el paraíso donde el precio de las cosas se mide por la alegría de finalmente estar juntos.

Uno, dos y tres, Seguros Sura vuelve a mentir otra vez

Todo comenzó hace más de dos años. Un camión de la empresa de Helados mexicanos YomYom me embistió por detrás en medio de un trancón en el sector de Llanogrande en el Municipio de Rionegro, dejando mi Renault Sandero en pérdida total y mi cuello y mis perros, que viajaban atrás, bastante maltrechos. Como mi automóvil estaba asegurado con Sura, primero comencé el proceso de reclamación por el daño del vehículo y luego del fallo del tránsito, como tercero afectado. Las cosas no pintaban bien desde el principio. Luego de declarar mi vehículo como pérdida total, tardaron más de dos meses en pagármelo y cuando solicité que me devolvieran los accesorios no asegurados de éste, me respondieron que ya me los habían entregado, cuando en realidad sólo lo hicieron un mes después (imagen 1).

Seguros Sura dice que devolvió accesorios un mes antes de hacerlo
Imagen 1

“¿Era en la Fiscalía de Rionegro?”

Realicé la tortuosa gestión de colocar la denuncia en la Fiscalía y soportar la prepotencia del único galeno de Medicina Legal en Rionegro. Después tuve que enviarle la citación al conductor del camión a la dirección que había puesto: Polideportivo sur de Envigado, algo así como poner Parque Nacional en el caso de Bogotá. El hombrecillo no contaba con que en el pasado yo había sido cliente de Helados YomYom y tenía la dirección de la empresa. Eso sí, me pareció inaudito que fuese las víctimas de los procesos, quienes denuncian, quiénes tuviéramos que enviar y asegurar el recibo de la notificación judicial ¿Eso mismo debe hacer una mujer al denunciar una violación? En fin.

El día de la audiencia, nadie se presentó para representar al denunciado, de modo que de la Fiscalía llamaron para averiguar el porqué de la inasistencia (A pesar de que en la citación afirman que la no asistencia dará comienzo al proceso legal). Cuando finalmente lograron comunicarse con Juliana Walker Cortés, la abogada de la aseguradora, la astuta profesional dijo que se encontraba ocupada, que la llamaran en cinco minutos. En la siguiente llamada aseguró que se encontraba en la Fiscalía de Medellín pues había pensado la citación era en ese lugar. Curiosa equivocación de una profesional del derecho, más aún sabiendo que tanto el encabezado como el pie de página de la citación, informan claramente la dirección del lugar (imagen 3).

“Mándeme los documentos para responderle”

Para la siguiente audiencia, cuatro meses después, la abogada se hizo presente anunciando que estaba asistiendo con el fin saber de qué se trataba el proceso porque no tenían idea en la compañía. Acordó con mi abogada que, para que para no tener que desplazarse nuevamente hasta Rionegro, ya que sus múltiples ocupaciones se lo impedían, recibiría los documentos en su oficina de Medellín para darles trámite. Allí se los entregó personalmente mi abogada con la promesa de que respondería en las siguientes semanas. Pasaron cerca de sesenta semanas, año y dos meses, en los que nunca respondió (imagen 3).

Mi abogada consiguió otro empleo como empleada oficial y alcancé a ir y volver a Europa a estudiar, sin tener la más mínima noticia de la abogada de Sura. A finales del año pasado estuve llamando durante un mes a Sandra Ángel, encargada del área legal de la compañía, sin obtener respuesta. Al ver que el proceso cumpliría dos años, decidí ir directamente a AutoSura y llevar algunos de los documentos para intentar otra vía de reclamación, por lo menos por parte de los daños. Me enviaron una carta diciendo que me habían tratado de comunicar conmigo insistentemente, lo cual no sucedió (imagen 2) y días después me llamaron de la Fiscalía para una nueva audiencia, la cuarta desde que tengo memoria, para el 8 de abril.

Seguros Sura dice que llamó pero no lo hizo
Imagen 2

“La conciliación se ha visto truncada por la continua modificación de la reclamación”

Con mi nuevo equipo de abogadas revisamos el caso antes de ir, mirando qué faltaba e indexamos los valores a tiempo actual. Así se los presentamos a la abogada de Seguros Sura que asistió en reemplazo de la doctora Juliana Walker, quién de nuevo estaba muy ocupada para asistir. La representante se Sura afirmó que su compañera le había entregado todos los documentos que sustentaban mi reclamación, y estaba autorizada por Seguros Sura para ofrecerme una cifra “razonable”, equivalente a menos de cuarta parte de mis pretensiones. Más de dos años después, era la primera respuesta formal de la aseguradora. Como obviamente no conciliamos, quedó en que evaluaría el caso con la Compañía y me respondería a más tardar el viernes 17 de abril, lo cual tampoco sucedió.

Así que me quejé con el Defensor del Cliente de Sura por la dilación de éste proceso y en respuesta, ahora el gerente de asuntos legales de Seguros Sura Sebastián Felipe Sánchez, afirma que el ánimo conciliador de Sura se ha visto truncado debido a que no cuentan con los documentos que sustenten la reclamación y a que he modificado constantemente mis pretensiones (imagen 3). ¿Perdón? ¿No los tuvo en su despacho la abogada Walker durante más de un año sin decir si sí o si no? ¿A qué llaman modificar “constantemente” las pretensiones? Constantemente, creo yo, es que los clientes tenemos que pagar las pólizas de seguros que cambian de acuerdo a cientos de variables inexplicables y no por ello dejamos de hacerlo.

Seguros Sura dice que no ha recibido documentos cuando se le entregaron hace más de dos años
Imagen 3

Como supongo que la actitud de la aseguradora continuará por la misma senda, propongo señores de Sura, con todo el respeto que se merecen, que cambien el tigre por un Pinocho o por lo menos le pongan su nariz. Así desde el comienzo los clientes sabremos a qué atenernos y dejaremos de perder tanto tiempo y dinero. Yo, por mi parte, ya cancelé mi seguro de vida con Ustedes, no quiero tener que reencarnar o venir del más allá a seguir reclamando.

Historia de mi accidente en el Sandero, o la historia sin fin


En la tarde del 30 de diciembre de 2012 me encontraba esperando en mi automóvil en medio de un trancón en el sector de Chocolín, en Llanogrande, cuando de repente un camión de Helados Yom Yom me embistió por detrás. Ese día entendí que la vida puede irse en un segundo. Todo explotó en cámara lenta. Volaron vidrios por dentro del carro y de repente ya no veía el frente sino el techo del vehículo. No sabía exactamente qué estaba pasando.

Sentí que mi carro golpeaba un objeto adelante, pero no podía verlo. Me encontraba en posición horizontal pues el espaldar de mi silla se había reventado y ya no alcanzaba el pedal del freno. Me apresuré a mirar que mis perros, que iban en la parte de atrás, estuvieran bien, y traté de salir como pude del Renault Sandero en el que iba. El cuello me dolía y sentía las piernas un poco entumecidas. Algunos vecinos del lugar se apresuraron a ver qué había pasado, mientras los tres ocupantes del camión se tomaban la cabeza y aprovechaban para reversar el vehículo.

El conductor del camión, de cerca de 3 toneladas, no me había visto y había seguido su camino, en una pendiente que aumentó su velocidad, para finalmente detenerse contra mí, justo al comenzar la subida. Mi auto a su vez golpeó otro que había adelante con cuatro ocupantes, a los que por fortuna nada serio les sucedió, salvo el susto. A los pocos minutos llegaron una ambulancia, los agentes del Tránsito de Rionegro y la Policía de carreteras. Tomaron medidas, hicieron croquis y luego la los uniformados procedieron a hacernos la prueba de alcoholemia. No había visto a nadie tan interesado en los resultados de mi prueba como el conductor del camión, que se decepcionó al ver que el indicador marcaba cero.

Llamé a la línea de AutoSura, mi aseguradora, y enviaron a Nancy del Socorro Gómez para asesorarme y asesorar al conductor del camión, que también estaba asegurado con Sura, mientras la ambulancia se preparaba para llevarme al hospital, y mi hermano subía desde Medellín para recoger a Lola y Paco que, aún aturdidos, esperaban en la parte de atrás de mi vehículo. Pasé la noche en el hospital, y un fin de año y cumpleaños incapacitado, simulando ser Robocop, con un molesto cuello ortopédico que reducía un poco el dolor que me producía cualquier movimiento que hiciera con la cabeza.

Comenzaron los exámenes, las resonancias magnéticas, los medicamentos y los ires y venires a fisioterapia y a hacer las vueltas de la aseguradora y las entidades oficiales. Los primeros los agradecí profundamente. Los segundos, en cambio, se han convertido en un calvario que hoy, más de dos años después, sigue sin terminar. Nelson Javier Ortiz, el conductor del camión, nunca se hizo presente en las diligencias, y Lorenza Walker Cortés, la abogada de Sura encargada del caso, asistió solo a una de las audiencias en la Fiscalía y nunca más volvió a responder mis mensajes o los de mi abogada.

El Director Operativo de Movilidad de la Secretaría de Tránsito de Rionegro, Nelson Eduardo Neira Sánchez, declaró culpable al camión de Helados Yom Yom de haberme chocado y, para que no quede duda de que estamos en Colombia donde el sentido común es el menos común de los sentidos, me culparon de haber chocado al carro de adelante, pues el Código de Tránsito especifica que se deben guardar diez metros de distancia entre automóviles. De nada sirvió oponerme y recordarle que los cuatro metros que guardaba eran suficientes pues estábamos en un trancón. El servidor público se ratificó en su fallo ya que “así lo establece el Código Nacional de Tránsito”.

Entre Seguros Sura y Sufi, la empresa propietaria de mi vehículo, cruzaron cuentas entre el valor actualizado de mi vehículo y el valor que le debía al leasing, que había tomado a nombre de mi empresa y, finalmente, después de dos largos meses de sumas y restas, me consignaron el valor suficiente para comprar una bicicleta. Desafortunadamente debí gestionar un nuevo crédito de vehículo pues mis perros no saben pedalear y yo no tengo vocación de escarabajo para subir y bajar a atender clientes y pacientes desde Santa Elena o El Retiro a Medellín. ¿Y la respuesta de la aseguradora por daño emergente, moral y lucro cesante? Aún sigue pendiente.

El Community Manager de Sura tiene alma de burócrata

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Yo que hago si son así en Seguros Sura. Escribo agradeciendo por la atención que me brindaron las chicas de la taquilla 4 en conciliaciones, luego de que tenía inconsistencias en los pagos debido a mi viaje a Europa, y me responden que para dar las gracias debo llamar a la línea de atención al cliente. Ya veo que el Community no puede ser un robot, debe ser, por lo menos, alguien con alma de funcionario público. Terrible para Redes Sociales.

Notas de mi viaje a Grecia

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Aprovechando mi estadía en Malta, decidí viajar en el mes de abril a conocer uno de mis destinos míticos: Grecia, la cuna del pensamiento occidental. A menos que quisiera hacer escala en Italia por un día, debía viajar en un vuelo directo de AirMalta que partía al final de la noche desde Malta hacía Atenas y aterrizaba cerca de las 2 de la mañana. De modo que tomé ese camino y arrivé al aeropuerto Eleftherios Venizelos sin tener la menor idea para hilar una frase completa en griego.

Llegando a Atenas a la media noche

Un bus te lleva al centro de Atenas, que está a uno 20 kilómetros del terminal aéreo, y te deja en la plaza Syntagma cerca del Palacio de Gobierno. De allí debía desplazarme al hostal cerca de la plaza Monastiraki a pie o en taxi. Como eran pasadas las tres de la mañana, decidí tomar un taxi que me dejó a una cuadra del hostal. Comencé a caminar y me sentí a la misma horas en la zona de Barbacoas en el centro de Medellín.

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Ya me habían advertido de la inseguridad en Atenas. Las casas viejas y abandonadas, con los vidrios rotos y los graffitis en las paredes me asustaron. Solo había un grupo de amigos (¿el combo de la cuadra?) comiendo en una tienda de la esquina. No habiendo más alternativa decidí preguntarles si sabían donde quedaba City Circus; si me iban a robar mejor que fuera de una vez. Ninguno sabía pero viendo la dirección me confirmaron que debía quedar en la cuadra siguiente, así que emprendí de nuevo camino hacia la boca del lobo.

Sin cama y sin desayuno

Efectivamente el hostal estaba a 50 metros y era el único edificio con las luces encendidas, fuera de una emisora local justo al frente. Toqué el timbre pero nadie abría. Luego de 5 minutos se asomó un chico estadounidense que me preguntó por mi reserva y me dijo que estaba programada para las once de la mañana. Le comenté, chapuceando mi inglés, que en Booking.com me habían confirmado que podía llegar de madrugada sin problema. Llamó al dueño, quien entre sueños le dijo que debía esperar hasta la siete que llegaba la administradora.

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Cansado de mi viaje, me recosté en un sofá de la sala del hostal tratando de captura alguna idea de la ráfaga de frases que mi interlocutor me comentaba de su viaje desde EEUU hasta Grecia y su deseo de visitar Colombia algún día. Efectivamente la administradora llegó a las siete a servir el desayuno y me confirmó que debía esperar hasta las diez u once para hacer el check in y que además no había desayuno para mi pues mi reserva era para el medio día. Molesto salí a buscar bocado y a encontrar mi primer contacto entretenido en Atenas.

Barequiando en Atenas

Llevaba una pequeña mochila, que usaba en mis clases de Estudios Políticos en Eafit, y un maletín de mi cámara fotográfica que no hacían fácil el desplazamiento. Tenía en mente comprar un morral grande y eso fue lo que encontré colgado en una de las tiendas cercanas a la plaza Monastiraki. Un anciano griego me atendió sin saber una palabra de inglés y yo sin saber una de griego, Le pedí un pequeño descuento anotando la cifra en mi smartphone y aceptó después de pensarlo un instante. Nunca olvidaré esta negociación sin palabras.

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Cerca de allí conseguí un sánduche para desayunar y regresé al hostal para bañarme y dormir un par de horas para luego salir a caminar por el centro de Atenas. Como el check in en el hotel se hizo tarde, debí reprogramar mi viaje a la isla de Parikia, que me había recomendado mi amigo Santiago Gallón, ya que no me quedaría un día completo para visitar Atenas, y debí reemplazarlo por un viaje express a tres islas griegas en un mismo día: Egina, Poros e Hydra.

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Hop on, hop off en ruinas

Al día siguiente, tomé el bus turístico para conocer los lugares emblemáticos de la capital griega. La Acrópolis, el teatro, el ágora, el Templo de Zeús y mi anhelado estadio de atletismo, que me conectaron con todo lo que había escuchado tantas veces en clases y entrenamientos. Agradecí por poder estar allí, en medio de las ruinas de lo que un día fue el origen de una parte de lo que hoy soy y lamenté también que la historia de la humanidad estuviera marcada por el despojo y la indolencia, representadas en el robo y la indiferencia con la que se fueron llevando más del 80% de los monumentos griegos hacia Francia e Inglaterra.

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Un café con las Ninfas

Luego de visitar las ruinas, me fuí a conseguir algunos souvenirs para mis amigos. No quería algo muy pesado ni que se quebrara, de modo que me dediqué a mirar camisetas. Al final de la calle caminaba con mi sonrisa cándida cuando se acercó un hombre, con un ojo completamente blanco y una verruga en la nariz, cual mítica pitonisa, a preguntarme la hora. It´s five o´clock, le dije. Where are you from?. Al escuchar que era colombiano, en perfecto español me comentó que había vivido en Colombia pues su esposa era de Pereira y que acababa de montar un café cerca de allí.

Estaba a veinte pasos. Me dirigí hacia allí con él y me pareció extraña la oscuridad del lugar y no encontrar una sola máquina para preparar café. Yo las conocía todas pues había tenido una pequeña tienda de café, que justo había acabado de cerrar justo antes de irme de viaje. Una mujer koreana atendía en la barra y me ofreció un trago, de nuevo en perfecto español. Le dije que sólo quería un jugo de naranja y me sirvió algo parecido a una Quatro en un vaso pequeño. Me senté y la exuberante rubia, de piernas tatuadas y minifalda que estaba en el tope de la barra, se sentó a mi lado mientras el chaval inglés que bebía cerveza, salía corriendo del lugar.

La rubia se sentó a mi lado y pasó su mano detrás de mi espalda mientras me pedía que la invitara a un coctel. La cosa no pintaba bien pero debo reconocer que tantos meses de ayuno me hicieron pensarlo. Le dije que no tenía dinero y que sólo podía invitarla a un “orange juice” como el que me estaba tomando. Después de insistir un poco más y ver que no cedía, me dio su mano izquierda, no la derecha habitual, diciéndome “goodbye”. Luego miró al proxeneta que nos observaba desde el fondo del local. Supongo que significaba algo así como “no se pudo con este chichipato”. Pagué la gaseosa más cara de mi vida, €7, y regresé al hostal.

Maratón por las islas griegas y Atenas

Al día siguiente en el crucero por las islas griegas, entablé amistad con Alejandro Arce, un mexicano entrañable que trabaja para una compañía petrolera y que entre tema y tema me preguntó: ¿No te ha sucedido nada raro en estos días en Atenas? Le conté de mi experiencia sobre el café que termino en grill. ¡Entonces es una artimaña con los turistas! a mi me sucedió lo mismo, me dijo. Atento escuché su relato, bastante similar al mío pero en un lugar diferente de la capital griega. Ese día aprendí que viajar sólo exige cuidados especiales o “malicia indígena” que llaman y al parecer yo tengo poca.

Llegamos cinco minutos después de que el autobus hacía Delfos se fue. Alejandro y yo habíamos corrido toda la mañana con la idea de ir a visitar el mítico lugar del oráculo. El próximo bus salía en horas de la tarde y ya no había regreso hasta el otro día y yo debía regresar a Malta al final de la noche. De modo que emprendimos una maratónica carrera para conocer el Museo Arqueológico Nacional, el templo de Zeús, la columna de Aristóteles (uno de los pocos referentes filosofales que encontré) y el monte Licabeto, que con sus 227 metros es el punto más alto de la capital griega, con una vista envidiable.

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Los Minotauros en el Metro

Me despedí de mi amigo, regresé a City Circus donde me habían guardado el equipaje por €1, que no dejaron de cobrarme a pesar de los inconvenientes, y tomé el metro rumbo al Eleftherios Venizelos. En la mañana había comprado un tiquete más costoso pero que servía para todo el día, de modo que me subí confiado en compañía de mi maleta de 30 libras. Debió ser más o menos en la estación Nomismatokopio que leí un aviso en la pantalla de leds del vagón que advertía que para viajar al aeropuerto debía comprarse un tiquete especial con un mayor valor.

No me devolverían el valor del tiquete de un día y la idea de bajarme en una estación con mi caparazón de 15 kilos, a buscar una taquilla y tratar de explicar que necesitaba otro tiquete, no me sedujo. Además sentía que la tierra ateniense me debía algo por las molestias ocasionadas, así que relajé mi conciencia y decidí continuar en el tren esperando que nadie revisara los billetes. No había terminado de elaborar mi desjuicio moral, cuando se subieron dos miembros de la policía ateniense con chalecos antibalas y gafas oscuras a recorrer los vagones. De adelante hacia atrás comenzaron a caminar lentamente.

Yo esperaba que no notaran mi presencia a pesar de que mi maleta gritaba que era un turista e iba para el aeropuerto. Un pequeño bebé en su coche en medio del corredor, impidió que los policías pasaran a la parte de adelante del vagón, donde yo me encontraba y por fortuna, se bajaron en la siguiente estación de Karopi. Respiré aliviado cuando pisé el suelo del terminal aéreo y me senté a esperar a que llamaran a los pasajeros de AirMalta. De regreso, mientras sobrevolaba el Mar Mediterráneo, descubrí que Odiseo no era el único que había vivido una aventura en tierras helenas y mucho menos en enfrentarse a los dioses, las ninfas, las musas y los monstruos del alma humana. De mi alma humana.