#YoTambién, defendiendo el honor de una burrita

El título de esta historia se basa en una etiqueta de redes sociales que se hizo famosa hace poco para denunciar el abuso sexual contra mujeres (#MeToo en inglés). Con todo respeto, hoy quiero usarla para denunciar el abuso sexual a una burrita. Sí, un animal. ¿Es comparable con el abuso a una mujer? Seguro que no, aunque también estoy seguro de que Artemisa, mi burrita, reconoce que algo malo le sucedió. Entre otras cosas porque dejó de rebuznar para pedir su comida los días inmediatamente posteriores. Si eso no sirve de algo yo, Homo sapiens, sí sé. En ese sentido #YoTambién.

Artemisa llegó a mi finca gracias a la gestión del concejal Álvaro Múnera y el programa de protección animal de la Alcaldía de Medellín, quien la decomisó por abandono y maltrato en un barrio popular de la ciudad. Su presencia tenía la finalidad de brindar refugio a otro animal, como ya lo hago con mis perros y mi caballo, pero especialmente para ofrecer compañía a este último. Desde el día de su llegada, la vida de Orión, mi caballo, ha sido otra. Artemisa, como en el mito, ha sido su diosa.

El día 30 de abril de este año me levanté, como de costumbre a dar de comer a mis perros y ví que Artemisa y Orión se encontraban comiendo pasto en los rieles que llevan del portón a mi casa. Una vez me acerqué a ella, noté algo que no había notado el día anterior cuando Girlesa, mi chica, y yo le dimos comida. Eran que sus rodillas, tanto delanteras como traseras, estaban fuertemente peladas y sangraban un poco. Me preocupó un agujero en cada rodilla trasera por la pérdida del líquido de la articulación.

En principio creí que se trataba de algunos raspones por algunos traspiés que le he visto dar en estos días de invierno ya que el terreno de mi finca es bastante inclinado. ¿Sería alguna lesión que no había visto? Los días de lluvia en El Retiro mantenían las patas de la burrita llenas de pantano, muchas veces hasta arriba de la rodilla, sin embargo Jhon, el señor que me ayuda colocando la alimentación de los caballos me dijo que había visto las heridas temprano y que le parecían muy raras. Me hizo notar que en la parte superior posterior de los muslos traseros de Artemisa, habían unas peladuras como si alguien la hubiera amarrado.

Mientras miraba los vídeos de las cámaras de seguridad de mi finca, realicé algunas llamadas a un par de conocidos, ante la posibilidad de que se tratara de un abuso a la burrita. Le marqué a un conocido que trabaja en la Patrulla de Rescate Animal de Medellín y luego al Secretario de Productividad de El Retiro y encargado del tema de protección animal. Quería saber si la Policía podía venir a hacer alguna inspección o si un veterinario de la Alcaldía podía tomar una muestra de la vagina de la burrita. Era claro que no le prestarían suficiente atención al tema, así que decidí conseguir un médico veterinario particular que la evaluara.

La doctora Yamile Ruíz se comprometió amablemente a venir y a eso del medio día ya estaba en mi finca. Sin ella lo que sigue no sería posible. Fuimos a ver a Artemisa y la médica veterinaria me informó que las heridas presentaban hematomas y lesiones de mucha consideración. En principió pensó que se trataba de una infección de las articulaciones que simplemente habían madurado pero luego al revisar el interior de la cavidad vaginal le pareció extraño encontrar el tejido irritado y tremendamente tallado.

Ni ella ni yo concebíamos que un pene humano pudiese generar una lesión así. Tampoco entendíamos muy bien porqué los puntos de amarre, en todas las articulaciones y sobre las rodillas posteriores. De modo que comenzamos a descartar la idea del abuso o pensar que se trataba de Orión, pero rapidamente se descartó por temas mecánicos y porque no explicaba las ataduras. Ante la secreción sanguinolenta proveniente de los órganos genitales de Artemisa, decidimos tomar una muestra para llevarla al laboratorio, donde en horas de la tarde le confirmaron que había presencia de semen humano.

Mi vida cambió en aquel momento. Entré en una nueva dimensión hasta ahora desconocida para mi, la del abuso sexual. Pensé en todas las personas que son víctimas todos los días de esta aberrante conducta y cómo nuestra sociedad y sistema judicial hace poco o nada para combatirlo. Seguramente algunos pensaran a esta altura, que este tipo de conductas con animales, en especial las burritas, no son propiamente un abuso y se trata más de una práctica cultural de iniciación sexual. Al respecto debo decir que en este caso, quien lo hizo maltrató a la burrita de una forma propia de la perversión sexual, en la cual se cosifica al objeto de deseo pasando por encima de cualquier consideración de respeto o dignidad.

De hecho es una de las advertencias que hice como psicólogo, luego de hablar con la Alcaldía de El Retiro, la Policía y la Fiscalía, fue que quién lo hizo no tenía miramientos con respecto a la norma y era poco probable que se tratase de una persona oriunda del Caribe colombiano, como algunos insinuaron. Su perfil psicológico es el alguien que en aras de satisfacer su deseo, es capaz de pasar por encima de consideraciones como la propiedad privada, el bienestar físico o emocional de otro y hasta su propia vida, es decir, un violador, o varios.

Pedí información a los vecinos sobre personal que visitaba con frecuencia su propiedad y que había estado presente en días cercanos al acontecimiento. La respuesta de la vecina, profesora universitaria por demás, me pareció de una inhumanidad pasmosa: “No tengo los teléfonos de esas personas y si los necesita que sea la Fiscalía la que los consiga”, mientras aprovechaba la llamada para hacerme reclamos sobre la convivencia. Antes de colgarle me dijo que se “solidarizaba” con el desafortunado acontecimiento ¿Qué tal? El abuso sexual de Artemisa me había permitido ingresar al lado oscuro no solo del abusador sino de otros seres humanos.

La directoria del laboratorio donde enviamos las muestras tampoco lo hizo mejor. A pesar de mis reiteradas llamadas para solicitarle que me enviara pronto los resultados del exámen para comenzar con la denuncias y las investigaciones ¿Su respuesta? se limito a decirme que esa era información clasificada que no podía suministrarme ¿Yo era entonces uno de los sospechosos del abuso luego de haber ordenado y pagado los exámenes? Era una posibilidad y así lo ententí para darme cuenta luego, de que la señora no tenía el informe completo para enviarle al veterinario forense de la Secretaría de Medio Ambiente, Julio Aguirre, quien voluntariamente se encargó finalmente de hacer el informe, por tratarse de una burrita que fue rescatada por el Municipio.

Coloqué cámara en la pesebrera, instalé un reflector, subí las líneas del alambre de púas e imprimí avisos con advertencias de personal armado ¿Usted sería capaz de dispararle a alguien que abuse de su familia? Yo sí, mi manada es mi familia. Espero no tener que hacerlo algún nuevo día pues seguramente la ley estará del lado del abusador como suele suceder en cientos de casos que vemos a diario. El sistema judicial garantista que tenemos en Colombia, sumado a la ineficiencia y la burocracia, hace que muchas veces el abusador quede libre por problemas en la captura o vencimiento de términos, mientras que la Fiscalía la tiene fácil para acusar a quien se defiende por temas como la proporcionalidad de la fuerza, el valor de la vida sobre la propiedad (un animal es un buen) y la supesta racionalidad que debemos tener en momentos de rabia o pánico.

Me fui con los documentos del informe forense, de laboratorio y de la médica veterinaria a colocar la denuncia respectiva en la Insptección de Policía y en la Fiscalía de El Retiro. La primera respondió señalando que se trataba de un delito grave que no era de su competencia y debía darle traslado a la Fiscalía y la segunda trasladó la denuncia de El Retiro a La Ceja, no sin antes decirme que si yo no sabía quién era el abusador, no había mucho que hacer ¿Así se resume la labor investigativa de la Fiscalía por la que pagamos cerca de 10 mil millones de pesos al día los colombianos?

Otra cosa dolorosa de esta experiencia es ver cómo la gente escucha la historia con una mezcla de sorpresa y humor. Como si el daño fuera simplemente el producto de un pobre loco o un desocupado. Algo menor, dirán algunos, en comparación con otros delitos que se cometen y que afectan directamente a los animales humanos. Tal vez, pero lo curioso de estas posturas es que generalmente provienen de quienes no han padecido, ni de cerca, algún tipo de abuso. Pienso que suele ser más un asunto de empatía que de comparaciones.

Hoy no ha pasado nada desde la institucionalidad, diferente a la visita de una patrulla de la Policía, en días recientes, luego de mi queja en redes sociales. Cinco meses después del hecho, es claro no queda rastro para investigar. Así que mientras los entes de control e investigación se pasan el asunto de un lado para otro, sin hacer realmente nada, yo sigo pensando en lo dramatico e impune que es el tema del abuso sexual en Colombia y en el mundo, no sólo por la falta de actuación del Estdo sino por la falta de solidaridad de los seres humanos. #YoTambién no es una simple etiqueta, es el espejo que nos enseña el rostro de nuestras propias sombras y que exige una reflexión y actuación permamente de todos los que lo hemos sido víctimas de un abuso y los que aún no.

Mi propuesta para el Concurso de Caricatura del BID

He dicho que cuando sea grande voy a dedicarme a hacer libros para niños. Es una remembranza de mis épocas infantiles cuando, en compañía de mi madre, descubrí el maravilloso mundo del dibujo. Ella había comenzado su carrera de Artes Plásticas en la Universidad de Antioquia y la interrumpió para casarse con mi padre, supongo que yo hago parte de la continuación de esa carrera a través de la publicidad.

Ahora que ya no me siento un «muchacho» y que la presbicia ha comenzado a aparecer, creo que definitivamente me estoy volviendo grande, es decir, un poco viejo. Así que aproveché la excusa de este concurso del Banco Interamericano de Desarrollo para abrir el baúl de mi infancia, tomar un lápiz y un papel y comenzar a dibujar de un tema que me toca pues lo considero, junto con la corrupción, uno de los grandes líos de nuestra América Latina.

Siempre he creído que  la libertad de expresión, y dentro de ésta la caricatura, son un pilar fundamental de lo que llamamos la sociedad occidental y la sociedad liberal. Sin ella, no importa que tanto desarrollo económico haya, como el caso Chino, no habrá un Estado verdadero que estimule el desarrollo personal y social de sus ciudadanos y la burocracia, el tema de este concurso, es uno de esos lastres que termina por dejarnos siempre en la mitad del camino. Aquí están las imágenes.

La mujer del Animal, un fetiche del discurso políticamente correcto

El mes pasado fui a ver La Mujer del Animal, de Víctor Gaviria. Me pareció insoportable. A pesar de que ya conocía el lenguaje literal del director antioqueño, y había visto Rodrigo D y La Vendedora de Rosas, en esta ocasión nos paramos antes de terminar la película, una amiga y yo, y decidimos abandonar el teatro. Pienso que una cosa es que te muestren la mierda en la que vivimos y otra que, te la restrieguen en la cara y te la hagan tragar a trancazos.

No soy crítico pero me gusta el cine. Desde hace más de treinta años asisto con regularidad a las salas. Aprendí a verlo en el Museo de Arte Moderno de Medellín pues vivía en el barrio Carlos E. Restrepo. Luego estudié publicidad y más adelante psicología, carreras que me ayudaron un poco a entender el lenguaje de la imagen. Reitero, no soy un experto pero tampoco un neófito. Digo lo anterior para tratar de desmontar el primer argumento en contra que suele aparecer cuando alguien osa criticar al afamado director, y es aquel basado en el total desconocimiento.

La mayoría de comentarios que he leído sobre La Mujer del Animal la califican de obra maestra, necesaria para entender nuestra realidad, como si ver cine se tratara de un deber cívico, moral, o un compromiso feminista, y es allí donde considero que comienza el problema. Entiendo la importancia del tema de la violencia de género que trata el filme, pero no creo que eso la convierta automáticamente en una pieza de colección. Por lo menos en varias escenas me pareció evidente que faltaban planos para hacer más clara la secuencia y que sobraba muchas veces la coprolalia de los actores neorrealistas.

Algunos dirán que se trata del pudor propio de quien no conoce la vida diaria de miles de mujeres y hombres de nuestra hermosa y dolorosa Colombia. En nuestra defensa, de mi amiga y yo, debo decir que ella trabajó como psicóloga en la Fiscalía General de la Nación, atendiendo los casos de abuso sexual infantil, mientras yo lo hice, voluntariamente, en mi consultorio, y en la Centro Carcelario de Bellavista de la ciudad de Medellín como psicólogo clínico. Así que puede ser que ella y yo seamos unas gallinas pero no por pudor o por desconexión de la realidad.

A lo mejor se trata de un asunto de excesiva sensibilidad ante el dolor ajeno, finalmente una historia trabaja con la capacidad psicológica del público de identificarse con las emociones de los personajes, o de la incapacidad de soportar, lo que a mi modo de ver es una forma pornográfica de mostrar el dolor. Pornográfica en el sentido de hacer evidente todo y además con sevicia. Pareciera que al director no le interesa manejar los ritmos del espectador para darle tiempo de reponerse de una fuerte emoción, antes de pasar a otra. La falta de ritmos y metáforas siempre ha sido una de mis críticas a las películas de Gaviria.

Recuerdo la película La lengua de las mariposas de José Luis Cuerda y su preciosa forma de mostrar la dura realidad de la guerra civil española a través de Don Gregorio y sus diálogos con el pequeño Moncho. O No, de Pablo Larraín, sobre la dictadura chilena, en la que René Saavedra, encarnado por Gael García, pelea por hacer de la campaña en contra de la continuidad de Augusto Pinochet en el poder, un mensaje alegre y bonito. Sólo por citar dos ejemplos de duras realidades narradas con seducción e imaginación.

Por supuesto, no se trata de pintar de colores la crueldad a la realidad misma pero creo que si la idea era hacernos reflexionar como sociedad sobre la violencia en contra de las mujeres, era mejor hacerlo de una forma que fuera soportable para un público más amplio, no para una selecta intelligentsia, que últimamente no ha hecho sino jactarse de su capacidad para ver, y repetir, la película a la vez que descalifica a los que no asistieron o no terminamos de verla, convirtiendo así a La Mujer del Animal en un fetiche del discurso políticamente correcto.

El precio del paraíso

Hoy me levanto en las mañanas y veo el sol salir entre nubes y montañas mientras los pájaros cantan y mis perros corretean por la casa. Es un lindo sueño hecho realidad en el que desperté luego de una horrible pesadilla. La pesadilla de construir teniendo que conocer el lado vil y oscuro de muchos, no todos, quienes en un principio se muestran como gentes buenas que quieren ayudarte a alcanzar tus metas, pero que realmente no tienen otras metas distintas a las suyas propias. Algo muy inhumano de nosotros los humanos.

«Te veré construir», decían los abuelos, como lanzando una maldición, para referirse a las dificultades inimaginadas que entraña construir una casa. Cuando mi tío Benjamín se enteró de que yo comenzaría la obra de mi finca, me advirtió que si uno quiere desearle el mal a alguien, debería desearle que construyera algo. No le creí ¿Por qué habría de ser una misión imposible dar vida a los sueños de obras civiles? Seguramente era un problema de paciencia, tan escasa en mi familia. No sospechaba lo que se avecinaba.

Buscando el lote

Pasé casi tres años mirando lotes en Santa Elena, Rionegro, Marinilla, La Ceja, El Carmen de Viboral y El Retiro, con la idea de tener un espacio donde vivir con mis perros, cerca de la ciudad. Así podría combinar el gusto por el campo y su tranquilidad con mi labor como publicista, psicólogo y docente. Viví alquilado en Rionegro y Santa Elena, me fui a vivir a Europa y regresé para seguir mirando. Finalmente encontré en la vereda Pantanillo de El Retiro, uno que me gustó y se acomodaba a mi bajo presupuesto para la zona.

La pendiente pronunciada del terreno, se compensaba con una hermosa vista del Valle del río Pantanillo. Mi idea era no hacer ninguna explanación que no fuese absolutamente necesaria para proteger el suelo y evitar problemas a futuro con aguas y deslizamientos. Tenía prisa de volver a vivir con mis perros, pues en la casa de mis padres, donde me recibieron después de regresar de Europa, no podía tenerlos a todos. Así que contraté una retroexcavadora para que abriera la carretera y un pequeño patio de maniobras para colocar los materiales de la obra, mientras esperaba que Catastro de El Retiro legalizara los papeles de posesión.

Llega Godzilla

La retroexcavadora, en menos de dos días, había mordido buena parte del terreno como si fuera Godzilla comiéndose a Nueva York. Las curvas del terreno que pedí se tuvieran en cuenta habían sido olvidadas. Una línea recta trazaba el camino de arriba a abajo, terminando en un patio de maniobras como un cráter de cinco metros de profundidad, ¡así se hace en Antioquia de hacha y machete, carajo! Nos gusta tumbar el monte y volverlo una mesa de billar aunque, evidentemente, no es mis caso.

Terminando su función, la retroexcavadora fue víctima de su propio invento y se deslizó en la carretera, obligando a que vinieran a sacarla, y dejándome la vía de acceso con un mordisco que hubo luego que llenar con la tierra que no se había tragado el monstruo de la pala mecánica. Ahora venía el estudio de suelos y el plano topográfico para poder hacer el plano de la casa y pasar los papeles a Planeación para el permiso de construcción.

La empresa de mi tío José Ignacio realizó el estudio de suelos a cambio de que le diseñara el sitio web de su empresa, y el plano topográfico lo levantó una chica que trabajaba en el sector. Parecía que el problema de la retroexcavadora sólo sería una pequeña dificultad del pasado. Para realizar los planos arquitectónicos de la casa me recomendaron en El Retiro a Verónica Ríos, una arquitecta que trabajaba en la alcaldía y a la que rápidamente le note las pilas y los deseos de hacer algo interesante con el terreno.

Comienzan las demoras

Había comprado el lote en febrero y habían pasado tres meses desde entonces. Verónica se comprometió a pasarme una idea inicial para mayo y ayudarme con la gestión de los permisos en la administración municipal, pero llegó julio y aún no había nada. Había perdido dos meses esperando el diseño de la casa que nunca llegó pues ella estaba muy ocupada. De modo que comencé de nuevo la búsqueda de un arquitecto para el hogar de mi manada. Ninguno de mis amigos arquitectos se reportó ante mis mensajes de auxilio. En la inmobiliaria que me ayudó a conseguir el lote, me recomendaron a Antonio Ramírez y su negocio de construcción -Construimos-. Lo llamé y su amabilidad y practicidad me llenaron de esperanza. ¡Estaba de nuevo en camino!

«Hace tiempo queremos hacer algo así, modular y rápido, comencemos», me dijo Antonio. Definimos que la estructura sería metálica y la casa partiría de un rectángulo de 12 x 6 metros para optimizar el corte de las vigas de acero. Así entonces, Daniel, el arquitecto, comenzó a darle vida a mi casa en AutoCad. Sería como el primer vagón de un tren que después podríamos repetir cuando hubiese presupuesto. Yo estaba feliz con lo que comenzaba a ver. Finalmente se integró el diseño arquitectónico con el estudio de suelos, el cálculo estructural y los planos topográficos para enviar los papeles a Planeación.

Por fortuna en la dependencia trabajaba Andrés Jair Castaño, hermano de una exnovia, que seguramente me ayudaría a agilizar el proceso ¿Agilizar? Me equivocaba de cabo a rabo. Entre ires y venires, le entregué los papeles faltando dos meses para finalizar el año, y cuando la nueva administración municipal se posesionó en enero, ya sin mi ex cuñado en su plantilla, aún no tenía aprobado nada del permiso. Curiosamente fue Verónica, que continúo como servidora pública en la administración de su primo, quien aprobó el oficio de mi obra en febrero.

Arranca la obra

Todo este tiempo que pasaba, lo vivía alquilado en una pequeña finca que encontré cerca de la biblioteca rural El Laboratorio del Espíritu, dirigida por mi buena amiga Gloria Bermúdez. No tenía prisa por marcharme de este hermoso lugar donde conocí a Lucas, Cuba, La Negra y otros hermosos perros, pero si quería comenzar pronto a darle vida a mi sueño. De modo que comencé a realizar las fundaciones de la obra. Cinco metros de profundidad enterrando hierro y cemento para cumplir con la norma, me tomaron otro mes.

Uno de los diez pilotes que sostendrían la casa se hizo a diez centímetros de donde debía estar, de modo que cuando comenzaron a soldar la estructura metálica, los pilotes no coincidían con las columnas. Debimos añadir un pedazo de viga al lado derecho de la casa, para solucionar el inconveniente de las fundaciones, pero no el de la estructura ¿El de la estructura? Sí, el calculista al ver la imagen que le envié del problema con los pilotes, descubrió que el arquitecto había encargado vigas en H y no cuadradas, con las que se habían hecho las operaciones de resistencia.

Eran más de treinta millones de pesos en materiales que ya habían comenzado a tomar forma y no podíamos devolver fácilmente a Ferrasa, que pedía lo humano y lo divino para realizar el cambio (Lea también Ferrasa, el culto al mal servicio). Así que debimos volver a calcular la estructura, que por fortuna funcionaba, y cambiar un par de vigas del techo para disminuir el peso total. ¡Qué alivio! Pero poco duraría esa sensación. Rubén, el trabajador de Antonio, me pasó una factura en la que, además de la nómina de los trabajadores, me cobraba cerca de un millón y medio de pesos a la semana, por alquiler de equipos y supervisión de la obra ¿En qué consistía entonces la supervisión de la obra de Construimos?

Me cansé de llamar a Antonio y de ponerle mensajes, pasé un par de veces por su oficina. Nunca estaba o no respondía. Al final me dejó razón con uno de los trabajadores de que no podía continuar con mi obra. De modo que la dejó tirada y debía volver a conseguir a alguien que tomara el relevo. Antonio se hizo exitoso después de trabajar en la secretaría de Planeación de El Retiro, donde comenzó su empresa de construcción de parcelaciones y fincas. Lo mío seguramente le representaba más inconvenientes que ganancias.

Al caído caerle

Debe existir un nombre para el fenómeno psicológico de aprovecharse de quien tiene problemas, no lo conozco en palabras pero sí en carne propia. El mayordomo de la finca de al lado, que me ayudaba con algunas cosas, comenzó a inventar cobros por arreglos de luz o a justificar más días de trabajo de los que acordamos. Del depósito de materiales me llamaban a cobrar enojados, dos meses antes de la fecha de vencimiento de las facturas, y tardaban en recoger las herramientas para facturar más. Con todos tuve agrias discusiones para que se comportaran con sensatez.

Por su parte, mis vecinos de al lado, sendos profesores universitarios, comenzaron a hacer una explanación en su lote, tirando tierra por volquetadas que pasaban a mi lote haciendo un desastre. De nada sirvió que Luis Carlos Toro y Ana María López me conocieran y que les pidiera personal y amablemente el favor de que quitaran la parte que me afectaba. Se hicieron los locos con el tema, como suelen hacer muchos colombianos, esperando que las cosas se dilataran y se olvidaran. Y así parece que sucederá con los oficios que Planeación y la Inspección de Policía les han enviado durante un año para que hagan una cuneta que recoja el agua que evitaría buena parte de los perjuicios.

Llega la peor pesadilla

¿Y la construcción? Confiado en que ya había pasado lo peor, contacté a la gente del depósito de materiales del pueblo, al calculista y a mi hermano Juan David, que trabaja en la empresa de ingeniería civil de mi tío, para que me recomendaran maestros de obra para realizar la parte de mampostería que había quedado pendiente. Me entrevisté con por lo menos cinco oficiales y revisé sus cotizaciones, tan disímiles como sus personalidades, y al final me decidí por Héctor Hernández del municipio de Girardota. Espero que algún día alguien Googlée su nombre y encuentre esta referencia de su trabajo.

Su tono amable, la visita con su pequeño nieto para ver la obra y la recomendación de mi hermano, me convencieron. Hoy, meses después, miro en retrospectiva y trato de entender la peor decisión que tomé en toda la obra y veo que me ganó el corazón. Era evidente que, por lo menos, sería un problema su transporte desde Girardota hasta El Retiro. «Uno va donde está la comida», me decía. «Héctor es un buen tipo y además es muy pulido», me dijo mi hermano. Esas dos frases sentenciaron mi suerte por los siguientes tres meses.

Héctor comenzó a ir con uno o dos trabajadores a poner el techo y luego el piso. Las cosas iban bien. Me pidió un pequeño adelanto para transporte y no hubo problema. La obra había comenzado a avanzar y me sentía feliz de ver por fin techos y paredes. Yo había contratado a un arquitecto que visitaba la obra cada dos semanas para ver los avances y hacer las recomendaciones. La segunda vez que vino fue evidente el malestar de Héctor con sus sugerencias. Hacía caso de mala gana al principio y luego encontraba mil excusas para explicar porque había que hacer las cosas cómo él decía y no el arquitecto.

Sin embargo, hubiera sido menos peor que hiciera las cosas a su manera, pero que las hiciera, o al menos que terminara algunas. Pero comenzó a irse desde los jueves a otra obra que tenía mi tío, el jefe de mi hermano, en una de las casas que compra en remates judiciales para arreglar y luego vender. Supuse que no había remedio. No iba a torpedear el negocio de un familiar que además me había echado una mano en este asunto de la construcción. Cada vez le rendía menos al hombre y cada vez pedía más plata. Yo hacía un corte de pagos semanalmente sobre el avance de la obra, y hubo un momento en que los pagos comenzaron a superar lo hecho en casi tres millones de pesos.

Solo en la oscuridad

Le comenté al susodicho que debíamos comenzar a terminar los pendientes antes de hacer nuevos pagos. De inmediato se indignó diciendo que el avance era mayor y que no podía trabajar más pues sus pobres trabajadores aguantarían hambre. Lo que comenzó con una cotización de siete millones de pesos, ya iba en consignaciones por veinte millones debido a los adicionales. Ante la evidente calamidad que se avecinaba llamé a mi tío José Ignacio para que me ayudara a presionarlo. Finalmente, Héctor trabajaba para él en varias obras y seguramente no querría perder la oportunidad de futuros contratos. Cuando finalmente logré comunicarme con el hermano mayor de mi madre y explicarle la situación, su respuesta me dejó frío: «eso debe ser un problema de manejo tuyo, porque a nosotros nos ha ido muy bien con él».

Le dije que Juan Carlos Urrego, sobrino de su esposa y arquitecto supervisor de mi obra, daba cuenta de las graves faltas de este señor. Incluso de su mala fe, pues cuando iba el arquitecto le hablaba mal de mí y cuando iba yo me hablaba mal del arquitecto. A pesar de que le presentábamos las cuentas y pagos cada ocho días, nunca nos quiso presentar las suyas. Utilizaba el viejo truco de ofuscarse para no responder. Me parecía inaudito que mi tío pudiera dar más crédito a un trabajador de sus obras que a su sobrino. Seguramente era que no había visto el estado de la obra, así que lo agregué al chat de WhatsApp que tenía con mi hermano y el arquitecto, para que viera con sus propios ojos las imágenes del asunto. «José Ignacio has left the group», leí a la mañana siguiente. Estaba solo.

Bueno, no tan solo. Mi hermano Juan se echó encima la labor de convencer al tipo de que retomara la obra para terminar los pendientes. Aceptó pero con la condición de hacer borrón y cuenta nueva del saldo pendiente (reconociendo así su deuda moral), además de un anticipo para pasajes. ¿Una estupidez hacer de nuevo tratos con el diablo? No lo sé. Intenté infructuosamente conseguir por esos días a alguien que terminara la obra, pero el exceso de demanda en la región, ha hecho que los obreros se den el lujo de rechazar trabajos permanentemente.

Con la ayuda de mi amiga abogada Clara Mira, redacté un contrato, firmée, consigné y cerré los ojos. ¿Mejoraron las cosas? Claro que no. Cada día había un nuevo inconveniente. Que no aprobaban la conexión de la energía de EPM, que se habían robado el riel para instalar el clóset, que las ventanas habían quedado malas por no habérselas mandado a hacer a él, que no se podía instalar un sensor de movimiento porque chispeaba con la lluvia. Todo falso, como lo comprobarían los trabajadores que llegaron después a deshacer los daños, con la cara de quien vio amanecer a Pompeya después de la erupción del Vesubio.

Quebró la cabina del baño y no contó, instaló al revés las tuberías de agua fría y caliente, hizo la puerta de entrada a la finca de tal forma que no entraba ni una camioneta mediana, de las tres varillas para hacer los polos a tierra (cada una con un valor cercano a los $250.000) sólo instaló una y las otras dos se desaparecieron. Los salpicaderos de granito del baño y la cocina dijo que los recibió quebrados, así que hubo que mandarlos a hacer de nuevo. EPM vino a revisar cuatro veces sus instalaciones eléctricas y siempre las rechazó, no sucedió lo mismo con el acueducto pues no había quien lo revisara pero el pozo séptico lo dejó a la mitad. Rayó los vidrios de las ventanas con el movimiento de los materiales y luego tuvimos que rectificar paredes y pisos pues no quedaron aplomados, y un larguísimo etcétera que todavía estoy solucionando.

Saliendo de nuevo a la luz

Mientras sucedía todo ésto, había vencido mi contrato de arrendamiento ¿Qué haría con mi mudanza? No tenía aún como llevarla a mi nueva casa y no debía hacerlo con los antecedentes de quien pasaba allí todo el día trabajando. El arrendador amablemente me dejó vivir un par de meses más en su finca pero comenzó a mandar a sus trabajadores a hacer algunas adecuaciones que quería, para regresar a habitar la finca. De modo que yo tenía que tragar cemento por partida doble.

Pero no todo era malo. En esos constructores estaba Carlos Cardona, un maestro de El Retiro, que yo había llamado antes de comenzar la obra pero que nunca me contestó. Carlos estaba disponible para la semana siguiente, en la que finalizaba el tiempo de entrega que tenía el diablo de mi obra. Aunque no creo en milagros, fue como si se me apareciera la Virgen. Carlos retomó el monstruo en el que se había convertido la obra, y lo amansó al punto de hacerla habitable. Un mes después me mudé.

Hoy despierto en un paraíso llamado B-612 en homenaje a El Principito, el hermoso libro de Antoine de Saint-Exupéry, y aunque cada día encuentro una nueva cosa por hacer para remediar las secuelas del desastre, me levanto feliz en la mañana en la presencia de Lola, Tina, Moni y Paco, mi hermoso labrador que murió un mes antes de que nos pasáramos a habitar el nuevo hogar de la manada, pero que nos acompaña en su sueño eterno desde el chirlobirlo que plantamos sobre su tumba en la parte de arriba. Además, ¿saben qué? Tenemos un nuevo miembro en la familia: un caballo. Hoy lo adoptamos en el paraíso donde el precio de las cosas se mide por la alegría de finalmente estar juntos.