Contrapregunta con José Fernando Gil: «El periodismo no puede ser amigo de los políticos»

Hay una regla no escrita en el periodismo antioqueño: si algo importante está pasando en la economía del país, alguien en una mesa de panelistas va a mirar a José Fernando Gil. Lleva 21 años en Cosmovisión, es una cara conocida de Nos Cogió la Noche y, sin embargo, casi nadie conoce su historia antes de las cámaras. Por eso, en el primer episodio de Contrapregunta, decidí invertir los papeles: yo pregunté, y el periodista que pregunta se sentó al frente para responder

De «Gilma» a periodista económico

José Fernando Gil Maya tuvo durante años el remoquete de «Gilma», fruto de que sus compañeros de colegio fusionaran sus dos apellidos. «Ellos hablaban de Gilma y pensábamos que Gilma era una vieja. No, Gilma es un hombre», cuenta entre risas.

Detrás de la anécdota hay una historia: la de un hijo que terminó estudiando lo que su madre no pudo. Ella soñaba con la comunicación, pero no tuvo la posibilidad de estudiarla; su padre fue mecánico industrial toda la vida, empleado de textileras que hoy son recuerdo —Vicuña, Telsa, Coltejer— convertidas en centros comerciales como Los Molinos o Viva Laureles.

José Fernando se presentó a la UPB, donde había hecho el bachillerato, y vivió un episodio que pudo cambiarlo todo: una profesora del preuniversitario lo puso como ejemplo público de alguien «sin vocación» para el periodismo, después de un trabajo en clase. La frase le dolió, pero le sirvió de impulso. Se presentó a la Universidad de Antioquia y no se arrepintió nunca. «Vos terminaste estudiando lo que no pudo estudiar tu mamá», le dije. «Es correcto», respondió.

El periodismo en primera persona

En los años 90, ser periodista en Medellín no era un oficio neutral frente al conflicto. Gil recuerda con crudeza una jornada grabando un video institucional para una cooperativa en San José del Nus, cuando un grupo paramilitar tocó a la puerta de donde estaban, revisó identificaciones y les dio una hora para terminar el trabajo antes de que oscureciera. La decisión, tomada en medio del miedo ajeno más que del propio, fue no quedarse en el hotel del pueblo y devolverse esa misma noche a Medellín.

Hubo un episodio más duro todavía: durante un cubrimiento en el corregimiento San Antonio de Prado, su camarógrafo recibió un disparo en medio de un enfrentamiento entre bandas. José tuvo que sacarlo cargado, conseguir un taxi y llevarlo herido hasta una clínica. «Él es una persona muy delgada […] estaba pálido, pensé: se me está muriendo», relata todavía con la tensión de ese día en la voz.

Una vida también en clave familiar

No todo en la conversación fue oficio. También hablamos de Mónica, su esposa, a quien conoció cubriendo una nota en Bello —y a quien volvió a buscar con la «excusa» de recuperar el cubo de un micrófono olvidado. «Un lapsus», como él mismo admite entre risas—. Seis meses de amistad, ocho años de noviazgo y ya casi diecinueve de casados, con un hijo, Felipe, que durante la pandemia lo acompañó en interminables caminatas por los parqueaderos del edificio, «haciendo piques» para llenar las horas del encierro.

Esa pandemia, de hecho, marcó su rutina de una forma particular: fue el único periodista de la mesa de Nos Cogió la Noche que no faltó ni un solo día al canal Cosmovisión.

«Bienvenido a la extrema coherencia»

Llegamos al momento más comentado de su carrera reciente: la entrevista con Abelardo de la Espriella, hoy presidente de Colombia, en la que José le preguntó sobre su imagen impecable —traje a la medida, barba y cabello perfectamente cuidados— si esa estética tan perfecta realmente conectaría con la base popular del país. La respuesta fue una batería de contrapreguntas sobre, familia y valores que terminó en el ya célebre «bienvenido a la extrema coherencia», se volvió viral.

Meses después, con la perspectiva que da el tiempo, José hace una lectura que va más allá de la anécdota: cree que el centro político colombiano «se desinfló» en la pasada contienda electoral y que el país terminó por polarizarse en blanco y negro, sin espacio para los matices. Sobre el nuevo gobierno, que debió enfrentar un terremoto apenas días después de posesionarse, ve tanto un reto mayúsculo como una oportunidad de unidad nacional si logra ponerse por encima de las diferencias partidistas.

Un oficio, sin amigos ni enemigos

Si hay una idea que atraviesa toda la conversación es esta: un periodista no puede pertenecer al «comité de amigos» de nadie —ni de políticos, ni de deportistas, ni de funcionarios—. Para José, cuestionar es la esencia del oficio, así eso implique el costo, cada vez más alto en tiempos de redes sociales, de ser etiquetado de «izquierda» o «derecha» según convenga a quien lo lea. Su estrategia personal para sobrellevarlo es tajante: no lee comentarios en redes.

Cerramos hablando del futuro que le desea al país donde crece su hijo: menos polarización, un sistema de salud que no siga fallándole a la gente —perdió en los últimos años a su madre y a su suegro— y una solución de fondo al problema de las rentas ilegales que aún somete a buena parte del territorio. «No creo en las patrias milagro», dijo. «Milagros no hace nadie, solo Dios», afirma. Pero sí cree, y lo dijo con la misma convicción, que hay mucho por hacer para mejorar el bienestar de la gente.

El 92 del Nuevo Liberalismo al Senado en Nos Cogió la Noche

Estuve hablando con Andrea, Mariana, José y Nacho en Nos Cogió la Noche, del Canal Cosmovisión, para contarle a los televidentes por qué decidí dar el paso y presentar mi candidatura al Senado de la República con el número 92 del Nuevo Liberalismo. Fue una conversación directa, sin libreto, en la que hablamos de lo que realmente importa hoy en Colombia: cómo sacar adelante a las pymes, cómo abrirles camino a los emprendedores y por qué llegó el momento de cambiar la política cambiando a quienes la ejercen.

En el programa hablamos de algo que cualquier persona que haya intentado montar empresa en Colombia conoce de primera mano: el exceso de normas. Hay leyes, decretos, resoluciones y trámites que se acumulan con los años como maleza. La intención inicial puede haber sido buena, pero el resultado es un terreno difícil de transitar para quien quiere producir, innovar o generar empleo. Mi propuesta es clara: quitar esa maleza legislativa que ahoga a los emprendedores y empresarios. Simplificar, ordenar y dejar reglas claras que realmente permitan trabajar y crecer. Colombia no necesita más obstáculos; necesita un entorno donde el talento y el esfuerzo valgan la pena.

También hablamos del significado de mi número en el tarjetón, el 92, y de lo que representa esta candidatura. No vengo de la política tradicional ni de las maquinarias que reparten favores. Soy analista político y económico; llevo años estudiando cómo funcionan las instituciones, cómo se toman las decisiones públicas y cómo esas decisiones afectan la vida cotidiana de la gente. Conozco la política, pero no le debo nada a nadie dentro de ella. Esa independencia es una ventaja real cuando se trata de defender a los ciudadanos y no a intereses particulares.

En el fondo, lo que propongo es algo que suena simple pero que hoy resulta casi revolucionario: sentido común en el Congreso. Escuchar más a quienes producen, a quienes trabajan, a quienes emprenden, y menos a los cálculos políticos de siempre. Colombia tiene talento de sobra, ideas de sobra y ganas de salir adelante. Lo que falta muchas veces es un Estado que no estorbe y una política que deje de girar alrededor de los mismos nombres y las mismas prácticas.

Por eso creo que esta candidatura representa un golpe de aire fresco en la política colombiana. No porque lo diga un eslogan, sino porque hay una manera distinta de entender el país y de hacer política: con independencia, con criterio técnico y con los pies en la realidad de la gente que madruga a trabajar y a sacar adelante sus proyectos.

La conversación en televisión fue, en esencia, una invitación a pensar el país de otra forma. Si queremos resultados distintos, tenemos que empezar por tomar decisiones distintas. Y eso incluye renovar el Congreso con personas que no estén atrapadas en la lógica de siempre. Ese es el sentido de esta campaña y la razón por la que hoy estoy recorriendo Colombia con una idea clara: abrir espacio para que el país avance sin la carga innecesaria de una política que se quedó en el pasado.

¿Qué pasó en el 92? Nacho López con Carlos Naranjo

Durante el actual ejercicio de campaña al Senado de la República para el período 2026-2030, he tenido el privilegio de entrevistar a diversos personajes que protagonizaron la historia reciente de Colombia, especialmente aquellos que navegaron las turbulencias de la década de los 90. Sin embargo, en esta ocasión, la dinámica cambió: los papeles se invirtieron. Mi gran amigo Nacho López, director del programa Nos Cogió la Noche en el Canal Cosmovisión, decidió sentarme en el banquillo de los entrevistados para indagar en mi propia cronología. La pregunta detonante fue sencilla pero profunda: ¿Qué pasaba en el 92?

Rememorar aquel año fue abrir una cápsula del tiempo. Hablamos de mis raíces en el Colegio San Ignacio, donde se forjaron mis primeras inquietudes intelectuales, y de las tardes recorriendo las calles del barrio Carlos E. Restrepo en Medellín, un sector que siempre ha respirado cultura y comunidad. También recordamos mi paso por la Liga de Atletismo de Antioquia, una etapa que no solo me dio disciplina física, sino la resiliencia necesaria para entender que la política, al igual que el deporte de alto rendimiento, es una carrera de fondo que exige reflexión y perseverancia.

La conversación fluyó hacia terrenos más complejos y actuales. Nacho, con su agudeza característica, no dudó en abordar las etiquetas políticas que hoy dominan el debate público. Discutimos sobre si mi postura se alinea con la izquierda o la derecha, una dicotomía que, a mi juicio, se queda corta para explicar la realidad de un país que clama por soluciones técnicas con sensibilidad social. Expliqué cómo mi trayectoria me llevó a convertirme en analista político en diversos medios de comunicación, un rol que me permitió observar el poder desde afuera, diseccionarlo y entender por qué muchas veces las instituciones parecen desconectadas de la ciudadanía.

Finalmente, profundizamos en el núcleo de mi aspiración actual. Expliqué por qué considero que mi candidatura representa una verdadera renovación y un cambio frente a las estructuras de la política tradicional en Colombia. No se trata solo de un relevo generacional, sino de un cambio de paradigma: pasar del análisis a la acción, de la crítica en los micrófonos a la gestión en el Capitolio. Esta entrevista fue, en esencia, un recordatorio de que para proyectar el futuro del país hacia el 2030, es imperativo reconocer de dónde venimos y mantener intactos los valores que nos formaron en el camino.