¿Qué pasó en el 92? con Reinaldo Spitaletta

En el histórico paraninfo de la Universidad de Antioquia, en pleno centro de Medellín, se dio una conversación sobre la memoria entre el candidato al Senado por el Nuevo Liberalismo, Carlos Naranjo (número 92) y el escritor e historiador Reinaldo Spitaletta, en un diálogo que mezcló historia, periodismo y política.

Spitaletta habló desde la experiencia de quien fue reportero en el diario El Colombiano en uno de los momentos más duros que ha vivido Antioquia. Recordó 1992 como “el año del apagón”. No solo por los racionamientos de energía que marcaron la vida cotidiana, sino por la sensación de oscuridad que atravesaba al país: violencia, miedo y una sociedad tratando de encontrar rumbo.

Su relato no fue nostálgico ni complaciente. Fue directo. Contó cómo era cubrir noticias en ese contexto, y el miedo que sentían los periodistas de hacer su trabajo por las amenazas de los grupos narcotraficantes. Medellín y buena parte de Colombia intentaban salir de una espiral de violencia y crisis institucional. Para quienes vivieron esos años, el recuerdo sigue siendo claro; para quienes no, escuchar a un testigo directo ayuda a entender de dónde venimos.

La conversación también tuvo otro punto en común entre entrevistador e invitado: la vida académica cruzada con la participación política. Spitaletta, desde la universidad y el periodismo cultural, participó en política hace décadas vinculado al Polo Democrático Alternativo. Carlos Naranjo, psicólogo y profesor universitario, hoy asume el reto desde otra posición política, con el Nuevo Liberalismo.

Ese cruce generacional fue uno de los aspectos más interesantes del encuentro. Dos académicos que entienden que pensar el país no basta si no se participa en su transformación. Uno lo hizo en su momento; el otro lo está haciendo ahora, en medio de un escenario político distinto pero con desafíos que, en el fondo, siguen siendo similares: desigualdad, desconfianza institucional y la necesidad de construir ciudadanía.

La metáfora del apagón terminó siendo inevitable. Spitaletta hablaba de la oscuridad de los noventa, pero la conversación dejó una pregunta abierta: qué tipo de luz necesita hoy Colombia. No se trata solo de energía o infraestructura, sino de ideas claras, debate público serio y memoria histórica para no repetir errores.

Ese fue, en esencia, el valor del encuentro en el paraninfo: recordar que el país ya ha atravesado momentos críticos y que las sociedades avanzan cuando hay quienes documentan la historia y quienes deciden dar el paso a la política para cambiarla. Dos caminos distintos que, en esta ocasión, coincidieron en una conversación necesaria.

Periodismo y democracia: la pregunta a Mohammed bin Salman sobre Khashoggi

«Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo».
Voltaire

Una valiente periodista de la cadena ABC interroga, en el Salón Oval de la Casa Blanca, al príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman por su participación en el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en 2018. Hace la pregunta incómoda que el presidente Donald Trump y su invitado querían evitar.

Jamal Khashoggi fue un periodista saudí y columnista de opinión de The Washington Post, asesinado en el consulado de su país en Estambul por agentes del gobierno de Arabia Saudita. ¿Quién podía haberlos enviado sino la misma Casa Real? Las opiniones de Khashoggi molestaban a la monarquía, que decidió cobrar esa molestia con la vida del comunicador.

Pero esto no sucede solo en regímenes totalitarios. En la escena es evidente cómo Trump descalifica a la reportera y a su cadena de noticias, para defender a su socio comercial y personal, a pesar de ser el líder del llamado «mundo libre». «Fake news», «eres una periodista terrible» y «no tienes porque incomodar a nuestro invitado con esas preguntas» le dijo el mandatario norteamericano a Mary Bruce, la corresponsal jefe del canal de noticias ABC ante la Casa Blanca

¿Y en Colombia? El presidente Gustavo Petro ha hecho lo propio, estigmatizando a medios de comunicación al calificarlos como “instrumentos de la extrema derecha” o refiriéndose a algunas comunicadoras como “muñecas de la mafia”. Tampoco olvidemos que, durante el llamado Estallido Social, varias sedes de medios nacionales y regionales fueron vandalizadas y atacadas.

Pero el problema no es solo de Petro. Recordemos que Ernesto Samper vengó su molestia por las investigaciones sobre la financiación del Cartel de Cali a su campaña con la salida del aire del noticiero QAP y que Álvaro Uribe pidió insistentemente a los medios de comunicación “no ser cajas de resonancia del terrorismo”, proponiendo instalar la autocensura como práctica periodística en Colombia.

La prensa revisa, pregunta, denuncia e incomoda. Esa es su función en una democracia. Sin prensa no habría Proceso 8.000, ni escándalo de corrupción en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD). Tampoco conoceríamos la infiltración de las disidencias de las FARC en la Policía y los servicios de inteligencia, mientras la Fiscalía General de la Nación tenía durmiendo el «sueño de los justos» las pruebas almacenadas en los dispositivos decomisados a alias ‘Calarcá’, hace año y medio.

Investigar, denunciar, opinar y difundir la información son acciones fundamentales para mantener viva la demanda por una sociedad libre. Una sociedad que requiere que, desde el gobierno, el congreso y las cortes, se cuide y se estimule la libertad de prensa y su corolario: la libertad de expresión. Sin estas libertades, no es posible avanzar en el desarrollo de una sociedad plural e incluyente.

Desde el Congreso me comprometo a velar por la protección efectiva de periodistas y medios de comunicación. Buscaré proteger su labor, que tantas veces se ve amenazada no solo por los violentos, sino también por actores que utilizan la ley como herramienta de intimidación para callar, amordazar o silenciar. El acoso jurídico no debe permitirse.

Conozco el periodismo desde adentro y he experimentado la censura. También he trabajado con valientes colegas que dedicaron su vida a la comunicación pública y que hoy no tienen pensión o siguen trabajando, ya viejos, con precarios contratos. Otros tantos han sido «empapelados» por sus contradictores por decir la verdad que incomoda. Soy Carlos Naranjo, candidato al Senado de Colombia, y les propongo trabajar juntos para cambiar esta realidad, con normas que protejan el ejercicio periodístico, promuevan la vinculación laboral y garanticen la libertad de prensa como baluarte de la democracia.