Nos sobran leyes y nos falta cumplimiento

En Colombia, la abundancia y complejidad del sistema normativo dificulta la vida de todos. No se trata de una única ley, sino de áreas específicas del derecho y la forma en que se implementan. Así muchas leyes en Colombia, lejos de proteger al más débil o favorecer el complimiento de derechos, terminan por generar justo lo contrario: proteger al más fuerte.

Desde el Congreso de la República, debemos trabajar por facilitar la vida de personas y empresas en el país. Algunos representantes y parte de la opinión, consideran equivocadamente que la mejor forma de mostrar gestión por parte de los legisladores es proponer nuevas leyes. En mi caso, considero que parte de esa gestión debe ser eliminar, simplificar y actualizar muchas de ellas.

Permítanme enunciar algunos ejemplos:

  • Estatuto Tributario: El sistema impositivo colombiano es conocido por su alta complejidad, lo que genera dificultades tanto para las empresas como para los ciudadanos en el cumplimiento de sus obligaciones fiscales, a menudo requiriendo costosa asesoría especializada.
  • Código Sustantivo del Trabajo: Aunque regula las relaciones laborales, sus disposiciones a menudo dificultan la generación de trabajo por la rigidez que pueden generar en el mercado laboral o por la complejidad en la liquidación de prestaciones sociales, vacaciones, y otros derechos, complicando la formalización. Seis de cada diez colombianos trabajan en la informalidad.
  • Exceso de Normatividad y «Populismo Normativo»: Colombia es un país con una altísima producción legislativa. Más de 2.000 leyes desde la promulgación de la Constitución de 1991. Esta abundancia de leyes, decretos y regulaciones, muchas veces sin una clara eficacia instrumental o implementación práctica, lleva a un sistema legal confuso y a menudo contradictorio que es difícil de seguir y hacer cumplir.
  • Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (Ley 1801 de 2016): Algunas disposiciones de este código, aunque bien intencionadas, afectan negativamente la vida cotidiana de las personas con multas o contravenciones que limitan las garantías ciudadanas en su libre desarrollo de la personalidad. A su vez casos que realmente sí la afectan la convivencia como el ruido, son despreciados o minimizados por las autoridades.
  • Leyes Ineficaces o Obsoletas: Existen numerosas leyes que, aunque formalmente vigentes, no se cumplen o han quedado obsoletas con el tiempo, lo que contribuye a una percepción de falta de legalidad y seriedad en el sistema jurídico. Durante el gobierno de Iván Duque se realizó una depuración de eliminó cerca de 10.000 leyes, pero se quedó corta. Necesitamos simplificar y eliminar aún más leyes.

El mundo avanza más rápido que la legislación, y la legislación colombiana no solo se ha rezagado frente a los avances tecnológicos que requiere la sociedad del siglo XXI, sino que además suele intervenir para entorpecer, y no para estimular, el desarrollo económico.

Muestra de ello son las recientes iniciativas, apoyadas por poderosos gremios, que desde el Congreso, buscan prohibir o reglamentar en exceso el uso de plataformas tecnológicas como Uber o Airbnb, las cuales no solo generan millones de empleos en el mundo, sino que también constituyen una solución eficiente a los problemas de movilidad y alojamiento desde la iniciativa privada.

Para algunos políticos lo único que importa es el beneficio de los gremios que financian sus campañas o de los sindicatos que patrocinan sus movilizaciones y no el interés de una población conformada por empresas, familias y consumidores. En Colombia necesitamos cambiar la idea de que los problemas se resuelven con más leyes. En Colombia necesitamos ideas frescas para cambiar la vieja política. Necesitamos cambiar la política cambiando a los políticos.

Contaminación visual, el mal ejemplo de la Alcaldía de Medellín

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
Al recorrer las calles de Medellín, parece cierto aquello de que la
norma se hizo para todos menos para quien la hizo. Es decir, las leyes
las cumplen los particulares pero no el Gobierno. En este caso el
municipal. Las normas de publicidad exterior las deben cumplir las
empresas privadas pero no la Alcaldía de Medellín.

La legislación nacional sobre publicidad exterior prohibe expresamente
la colocación de vallas en vias nacionales como la Avenida del Río por
considerarla una vía de alto riesgo debido a la valocidad de los
automotores. Igualmente tampoco deben colocarse vallas en zonas
residenciales como sucede con las salidas de algunos colegios y
universidades donde casualmente aparecen muchas vallas del Municipio. La
administración pública lo sabe, pues así se lo hace cumplir
permanentemente a los particulares a través de la Oficina de Espacio
Público pero cuando se trata de colocar una valla de la Alcaldía el
mensaje se trata bajo el seudónimo de «mensaje oficial»  y no
publicitario, con lo cual prácticamente puede colocar su valla donde
le de la gana, haciéndole hábilmente el esguince a la norma.

Podría decirse que el asunto no es de contaminación visual sino de
contenidos. Unas vallas, las oficiales, supuestamente merecen un
tratamiento especial pues sus mensajes son de carácter público. Pero
ante este argumento primero habría que preguntarse porqué en la norma
se esgrimen argumentos de tipo arquitectónico y de seguridad vial para
prohibir el uso de publicidad exterior a los particulares en ciertos
sitios. Y segundo ¿es menos grave un accidente automovilístico si es
causado por un mensaje contra la anorexia que si es causado por un
mensaje de un refresco?

También cabría la posibilidad de preguntarles a los miles de
trabajadores de las empresas privadas, que mantienen sus empleos
gracias a las ventas que ayudan a producir las vallas comerciales, si
el trabajo que tienen para mantener sus familias no les parece un
asunto de interés público o si les parece menos importante que las
campañas proselitistas de la administración Fajardo, Salazar o Gaviria.

Estoy de acuerdo en que el exceso de publicidad exterior va en
detrimento de la calidad de vida de los habitantes de una ciudad y de
la misma publicidad, por lo cual hay que tratar de mantener unas
cuantas especificaciones técnicas, pocas en lo posible, para el uso de
las vallas. Es por eso que no entiendo como un mensaje puede
considerarse contaminante si es privado y concientizante si es
oficial. Tal filosofía tiene un peligroso tinte antidemocrático en el
que el gobierno determina un criterio de justicia para sus gobernados y
otro muy diferente para sí mismo. Uno más de los peligros de ser juez y
parte.