La pregunta era sobre sintiencia, no sobre taxodontes: Respuesta a Jorge Wilson Moreno Bernal

Sobre el exhibicionismo académico, la objetividad selectiva y el arte de refutar con erudición lo que nadie dijo.

El reconocido paleontólogo, y posible candidato a doctor de la Universidad del Norte de Barranquilla, Jorge Wilson Moreno Bernal dedica su valioso tiempo y conocimiento a responder a un artículo de mi autoría publicado en La Silla Vacía y que titulé ¿Los hipopótamos merecen el mismo trato que un pez invasor? Moreno-Bernal es un profesional reconocido y citado, pero en esta ocasión sus citas sobre mi texto fueron más que un simple error de lectura.

Dedicó extensos párrafos en Hipopótamos en Colombia: ¿Reemplazo ecológico o invasión? Una respuesta desde la paleontología a refutar una tesis que yo nunca sostuve, pero que muchos académicos —indignados ante el atrevimiento de un psicólogo que decidió participar en esta discusión sobre los hipopótamos— también pasaron por alto. Tal como lo enuncio en la réplica llamada No olvidemos que la discusión sobre los hipopótamos, además de científica, es ética.

Pero antes de avanzar: ¿Es este un problema personal entre un psicólogo que aboga porque se considere éticamente la vida de los hipopótamos y un paleontólogo que está de acuerdo con su eliminación como especie invasora? No lo creo. Con mis alumnos biólogos, psicólogos y filósofos del curso Evolución y Cultura discutimos, sin problema, las diferentes posiciones. Incluso un amigo decano de veterinaria es miembro del Consejo de Profesionales de MinAmbiente que justamente estableció el protocolo para la caza de control de los hipopótamos.

Así que este no es una queja personal, es la denuncia sobre una forma de exhibicionismo académico basado en la falacia de autoridad y la descalificación personal que defrauda el debate académico y que, además, pide para sí el respeto por la liberta de expresión, pero olvida el deber que compromete ese mismo derecho sobre la veracidad y la rectificación. Hasta el momento el candidato a doctor, se ha negado a rectificar su error al asignarme públicamente una hipótesis que nunca sostuve.

Artículo 20 Constitución de Colombia:
«Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura».

Moreno-Bernal respondió a un artículo que no escribí

Jorge Wilson Moreno Bernal es, hay que reconocerlo, un paleontólogo de credenciales en construcción. Sabe de toxodontes, de isótopos de oxígeno, de articulaciones de rodilla en herbívoros extintos. Su columna en La Silla Vacía —una respuesta a un artículo de mi autoría— despliega esa erudición con generosidad y detalle.

Curiosamente, el mismo Moreno que en La Silla Vacía se presenta como voz serena de la ciencia objetiva, publicó en sus redes sociales una encuesta preguntando si debía hacerle caso a su hermana y escribir un artículo en respuesta al mío. Una consulta doméstica convertida en performance público. Difícil imaginar algo que revele con más claridad la diferencia entre la objetividad que se declara y la que se practica.

Al final de su artículo se presenta como candidato doctoral de la Universidad del Norte, aunque para el 23 de julio del presente, la institución confirma que «el señor Moreno Bernal no ostenta actualmente la calidad de estudiante con matricula vigente». También se presume al pie de página como becario de MinCiencias, lo que podría representar un conflicto de intereses, revelado solo hasta al final del texto. Pero sumerjámonos, como los caballos del río, en el verdadero fondo de la discusión que es donde está lo interesante.

El «malentendido» que conviene al paleontólogo

Mi columna original tenía un título que era una pregunta: ¿Los hipopótamos merecen el mismo trato que un pez invasor? No era una pregunta sobre toxodontes. No era un artículo de paleontología. Era una reflexión sobre sintiencia, sobre moralidad, sobre quién tiene derecho a decidir qué vive y qué muere, y bajo qué criterios. Una pregunta filosófica y ética planteada en un espacio de debate político —La Silla Vacía— y no en una revista científica arbitrada. Es decir, en un espacio donde se pueden discutir conceptos que escapan al modelo científico.

En ese contexto, mencioné —con atribución explícita a «algunos ecólogos»— que existe en la literatura académica una hipótesis que propone que los hipopótamos podrían estar cumpliendo funciones ecosistémicas que América del Sur perdió con su megafauna pleistocénica. Lo hice para ilustrar que la categoría «especie invasora» no es tan descriptiva y neutral como se quiere hacer parecer: si hay ecólogos serios que discuten si estos animales ocupan un nicho vacío, entonces la etiqueta de «invasor» arrastra más carga normativa de la que sus defensores admiten. Ese era el argumento. No la hipótesis del reemplazo en sí misma.

Enunciar una hipótesis en disputa no equivale a defenderla. Es lo que en epistemología se llama presentar el estado del debate, algo que se enseña temprano en cualquier pregrado, al menos en ciencias sociales. Moreno tomó esa mención, la convirtió en la tesis central de mi artículo, y procedió a desmontarla con todo el arsenal de la paleontología comparada. El resultado es impresionante como ejercicio académico. Como réplica a lo que yo escribí, es un monumento a la distorsión del interlocutor.

Y el patrón no se detiene ahí. En sus redes sociales, Moreno también confundió mi candidatura al Senado de la República a través del Nuevo Liberalismo con el partido MIRA, creyendo que participar en una coalición electoral es lo mismo que pertenecer a uno de sus integrantes. Incluso uno de sus trinos parece suponer que las candidaturas al congreso, que sabemos terminaron hace más de dos meses, aún están vigentes. Un error de lectura política que guarda perfecta coherencia con su error de lectura de mi columna: en ambos casos, la prisa por descalificar supera el cuidado por entender. Para alguien que reivindica el rigor científico como credencial, es una inconsistencia que merece ser señalada.

La objetividad como escudo del paleontólogo

Hay un patrón reconocible en ciertos debates científicos que tocan asuntos de política pública: cuando alguien externo a la disciplina se atreve a señalar que hay decisiones morales disfrazadas de decisiones técnicas, la respuesta habitual no es abordar el argumento ético, sino cuestionar la legitimidad del que habla. Que un psicólogo opine sobre hipopótamos parece haber generado más incomodidad que los propios hipopótamos.

Moreno posa de científico imparcial en La Silla Vacía mientras sus redes sociales documentan una reacción que tiene menos de objetividad y más de irritación personal y gremial. No hay nada de malo en defender el territorio disciplinar. Lo que resulta insostenible es hacerlo mientras se reclama neutralidad valorativa, que es en de nuevo, el argumento evadido por el respondiente. Ningún filósofo se quejó, pero muchos biólogos exigieron artículos científicos que refrendaran la idea de que los hipopótamos parecen tener vida subjetiva y vínculos sociales, olvidando el principio de precaución que establece la cautela ante la posibilidad de daños graves o irreversibles a la vida o bienestar de los animales.

La biología de la conservación trata a todos los organismos invasores como piezas intercambiables de un rompecabezas ecológico. Lo que importa es el daño que causan al sistema, no lo que son. Bajo esa mirada, un hipopótamo —mamífero con vida social compleja, vínculo materno documentado, conductas de duelo observadas y capacidad de sufrir— vale exactamente lo mismo que un pez. Esa lógica parece científica. Pero esconde una decisión filosófica disfrazada de objetividad, y basta ver cómo la continuidad del argumento se interrumpe de repente cuando la especie en cuestión es el Homo sapiens.

Lo que Moreno Bernal no quiso discutir

El argumento central de mi columna —el que Moreno no mencionó en ningún momento— es que la decisión de eliminar masivamente a los hipopótamos no es una decisión científica: es una decisión moral. Y como tal, no puede ser monopolio de los biólogos, así como la política monetaria no puede ser monopolio de los economistas ni la guerra monopolio de los generales.

Peter Singer, que lleva décadas trabajando en ética animal, y la creciente comunidad de investigadores en neurociencia de la conciencia —incluyendo los firmantes de la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia (2012) y la Declaración de Nueva York (2024), de la cual soy firmante— han establecido que la capacidad de sufrir es moralmente relevante con independencia de la especie. Eso no lo refuta ningún isótopo de oxígeno ni ninguna articulación de toxodonte.

Que los chigüiros y los manatíes merezcan protección es algo en lo que Moreno y yo estamos completamente de acuerdo. Pero esa protección no exige necesariamente el exterminio masivo de otra especie sintiente, introducida por negligencia humana, sin haber agotado antes alternativas como la esterilización o la traslocación. La pregunta sobre qué hacer con los hipopótamos colombianos no es solo ecológica. Es filosófica, política y ética. Y merece voces de más de una sola disciplina.

Hay algo que el paleontólogo y quienes reaccionaron con cólera a mi columna deberían considerar: la molestia que genera que un psicólogo entre a este debate no es un argumento contra sus ideas. Es un síntoma de algo mucho más revelador sobre cómo ciertas comunidades científicas gestionan sus fronteras.

La ciencia describe. La ética decide. Y mientras la biología de la conservación no sea honesta sobre los valores que esconde detrás de su lenguaje técnico, seguirá tomando decisiones morales sin llamarlas por su nombre —y seguirá necesitando encuestas familiares para decidir si vale la pena aleccionar a quienes se lo señalan.

Construir un protocolo de eliminación masiva de una especie sintiente bajo el supuesto de que es lo «científicamente correcto» es reduccionista e intelectualmente deshonesto. Pretender que esa decisión es ajena a la filosofía, la bioética y la política pública no es objetividad: es conveniencia encubierta. Y la conveniencia encubierta es siempre la más peligrosa, tan peligrosa como quien cree que para criticar las ideas tiene que criticar a las personas. El verdadero debate académico se centra en los argumentos, no en las descalificaciones personales, que suelen ser una falta a la ética profesional y, a veces, rayan en el delito.

*La Fiscalía General de la Nación admitió denuncia contra Jorge Wilson Moreno Bernal por los delitos de Calumnia y no rectificación de información falsa. Igualmente se ha presentado a la Defensoría del Pueblo la solicitud de insistencia ante la Corte Constitucional, debido a la confusión sistemática entre derecho de réplica y derecho de rectificación en los fallos de tutela de primera y segunda instancia en los que se le solicitó a Jorge W. Moreno-Bernal rectificar la información claramente falsa, divulgada en sus redes y su artículo, sin respuesta afirmativa.

¿Es lo mismo matar a un hipopótamo que a un pez?

La biología de la conservación trata a todos los invasores por igual. La filosofía de la biología, los neurocientíficos y la etología cognitiva sugieren que esto es un error ético y científico. A propósito de la discusión sobre los hipopótamos en Colombia

Cuando los biólogos colombianos debaten qué hacer con los hipopótamos que Pablo Escobar introdujo en la Hacienda Nápoles hace cuatro décadas, el argumento dominante es que son una especie invasora que altera los ecosistemas nativos, luego deben ser controlados o eliminados, del mismo modo en que se controlan las tilapias o los peces león en el Caribe. La ecología de la conservación los trata como un problema de gestión poblacional, no como individuos con historia, vínculos y capacidad de sufrir. Esa simetría, aparentemente científica, esconde una decisión filosófica que merece ser examinada.

La biología de la conservación o conservacionista, opera bajo lo que podríamos llamar una ontología poblacional en la que la unidad moralmente relevante no es el individuo sino la especie, la población o el ecosistema. Lo que importa es la función ecológica, el flujo de energía, la diversidad de nichos. Bajo este marco, un hipopótamo y un pez león son equivalentes en tanto perturbadores de un equilibrio sistémico. El criterio de intervención es puramente funcional: ¿cuánto daño hace esta población al ecosistema nativo? La naturaleza del organismo —su complejidad neurológica, su vida social, su capacidad de experimentar el mundo— es, sencillamente, irrelevante.

Esta postura tiene raíces epistemológicas que provienen de la síntesis evolutiva moderna, que desplazó al individuo como unidad de selección hacia el gen y su amplificación y fijación en las poblaciones. Y en la ecología sistémica, de los años sesenta y setenta, que modeló los ecosistemas como redes de flujos energéticos en las que los organismos son nodos intercambiables. Es una perspectiva poderosa, pero su neutralidad valorativa es una ilusión. Basta con mirar como cómo la continuidad del argumento se interrumpe abruptamente cuando llega a una especie en particular: Homo sapiens.

Frente discurso monolítico funcionalista de la conservación, nuevas perspectivas filosóficas y científicas han argumentado que no todos los organismos merecen el mismo tratamiento moral y que esa diferencia no es arbitraria, sino que se funda en propiedades objetivas de los seres vivos y nuevos descubrimientos de las neurociencias. En este caso, los hipopótamos del Magdalena Medio son un experimento natural que ningún comité de ética habría aprobado, pero que la historia produjo. Y plantean un problema filosófico de una riqueza excepcional, porque en ellos confluyen al menos tres tensiones irresolubles bajo la epistemología convencional de la conservación.

La primera es la de categoría de «especie invasora» que, en apariencia, parece descriptiva, pero en realidad es normativa: define quién pertenece y quién no pertenece a un ecosistema, y por tanto quién puede ser eliminado. Pero esa pertenencia es siempre histórica y contingente. Los hipopótamos no «decidieron» llegar a Colombia, fueron introducidos por un ser humano. Atribuirle agencia a su presencia para justificar su eliminación es una ficción que la biología de la conservación parece aceptar sin examinar a fondo.

La segunda es la que el ecólogo danés Jens-Christian Svenning ha sustentado, proponiendo que los hipopótamos colombianos podrían estar replicando funciones ecológicas que América del Sur perdió con la extinción de su megafauna del Pleistoceno hace diez mil años. Los ecosistemas neotropicales evolucionaron con grandes herbívoros que hoy no existen. En ese sentido, los hipopótamos no serían invasores sino sustitutos funcionales. Este argumento no resuelve el dilema moral, pero muestra que la biología de la conservación opera con una noción de «estado natural» que no es imparcial: ¿cuál es el momento histórico que se desea conservar? ¿El que nos conviene a los seres humanos?

Y tercera, si aceptamos que la sintiencia y la complejidad cognitiva son moralmente relevantes, como proponen autores como Peter Singer, entonces la decisión de sacrificar hipopótamos requiere una justificación de un orden distinto a la de sacrificar peces o plantas. No imposible, pero distinta. El umbral de daño ecosistémico que justificaría la eliminación masiva de seres con vidas subjetivas ricas debería ser considerablemente más alto. Y debería ir acompañado del reconocimiento de la responsabilidad humana en la creación del problema.

El problema de los hipopótamos colombianos no debería resolverse entonces solo con la ecología de poblaciones sino con una epistemología más honesta sobre sus propios supuestos valorativos que suelen disfrazarse de “objetividad científica”. La biología de la conservación necesita incorporar explícitamente el debate sobre sintiencia y complejidad moral si quiere ser coherente con los hallazgos de otras ramas de la propia biología.

Desde la etología cognitiva y la bioética, proponemos reconocer que intervenir sobre organismos con vidas subjetivas complejas exige un nivel de justificación mayor, una axiología clara, y una disposición a explorar alternativas —esterilización, traslocación, coexistencia gestionada— antes de recurrir al sacrificio masivo. La ciencia sin ética explícita no es objetividad: es conveniencia encubierta. Y la conveniencia encubierta es siempre la más peligrosa, sino que lo digan los precursores de la eugenesia.

Hipopótamos, política y responsabilidad: pensar el país con ideas nuevas

En los últimos días ha vuelto al centro del debate público una frase tan contundente como preocupante: “hay que matar a los hipopótamos”. Así, sin matices, algunos sectores presentan esta opción como la única salida “técnica” a un problema complejo. Quienes proponemos alternativas somos rápidamente etiquetados como ingenuos, emocionales o ignorantes en temas de ecología.

Yo creo que esa mirada es incompleta y peligrosa. La discusión sobre los hipopótamos en Colombia no puede reducirse únicamente a cálculos de utilidad ecológica. También debe incluir un principio básico: el respeto por otras formas de vida conscientes y la responsabilidad humana frente a un problema que no fue creado por los animales, sino por decisiones humanas del pasado.

Hace más de veinte años, cuando la población de hipopótamos rondaba apenas los diez individuos, muchas voces advirtieron que era urgente implementar programas de esterilización y control ético. Nadie escuchó. No hubo voluntad política, ni recursos, ni interés. Hoy, cuando ya se habla de cerca de 200 animales, aparece la solución más fácil y más brutal: eliminarlos.

Se argumenta que los hipopótamos causan eutrofización del agua, compactación del suelo y un riesgo potencial para las comunidades humanas. Estos impactos deben analizarse con seriedad, por supuesto. Pero resulta llamativo que, en ese mismo análisis, se minimicen o se silencien las verdaderas cifras del daño ambiental en la cuenca del Magdalena, que provienen principalmente de la ganadería extensiva y de ciertos modelos agrícolas intensivos.

La diferencia es evidente: esos sectores tienen gremios poderosos y representación política que los defiende. Los hipopótamos no.

Este no es solo un debate ambiental. Es un espejo de la vieja política colombiana: reaccionaria, tardía y selectiva a la hora de asumir responsabilidades. Una política que deja crecer los problemas por años y luego propone salidas rápidas que evitan incomodar a los intereses de siempre.

Colombia necesita ideas frescas para enfrentar sus desafíos, incluso los más complejos. Necesita una política capaz de anticiparse, de escuchar a tiempo, de buscar soluciones éticas y científicas sin caer en la comodidad de lo fácil. Y, sobre todo, necesita cambiar la política cambiando a los políticos. Ese es el verdadero fondo de esta discusión. No se trata solo de hipopótamos. Se trata del país que queremos ser.

Desde el Congreso velare por alternativas como la esterilización y la traslocación. También por destinar recursos a tiempo para contener este tipo de problemáticas antes de que se presenten y sobre todo, para que el medio ambiente deje de ser medio y lo tengamos completo.

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