

En el año 2004 me sentaba los domingos en la noche frente al televisor para ver un programa de mi universidad, la Universidad de Antioquia en ese momento, llamado La Fuerza de los Argumentos. En este programa intervenían el filósofo Alfonso Monsalve y el historiador Eduardo Domínguez y otro grupo de invitados, dependiendo del tema. Este último me acompañó recientemente en Contrapregunta para conocer un poco más de su historia personal y su vida.
Comenzamos hablando del programa de televisión y poco a poco nos fuimos adentrando en otras facetas de su vida, como cuando decidió estudiar historia porque no pasó a medicina. En el fondo, dice, su vocación era servir más que ser médico. Es el decimosexto hijo de una familia paisa de 17 hijos y nos cuenta que sus padres veían con recelo la idea de estudiar historia, como sucede con muchos muchachos que deciden estudiar carreras no tradicionales.
Hay una idea que atraviesa buena parte de la conversación con Eduardo en mi podcast Contrapregunta y es que no existe una única historia verdadera, ni de Colombia ni del mundo. Eso no quiere decir que cualquier historia sea cierta, sino que la historia, como la ciencia, avanza y va cambiando de acuerdo a nuevos descubrimientos.
“Un estudio historia para diseñar el futuro”, dice en la entrevista. Quedarse buscando al “verdadero” Bolívar, Córdova o María Cano sería, desde su perspectiva, una forma de convertir la historia en contemplación del pasado. Lo importante es identificar personajes, acontecimientos y acciones colectivas para descubrir las opciones que la experiencia humana ofrece.
No hay una sola historia
Eduardo rechaza la idea de que podamos encontrar una narración definitiva del pasado. No porque los hechos sean imaginarios, sino porque también existen múltiples posibilidades de construir historias dependiendo de las preguntas y de las miradas desde las cuales se investiga.
Las afirmaciones históricas necesitan pruebas. Archivos históricos, antropológicos, sociológicos, políticos y culturales pueden proporcionar evidencias para sostener una interpretación. Una afirmación no adquiere credibilidad simplemente porque alguien la repita con convicción.
El criterio, entonces, no es quién habla más fuerte, sino qué evidencias puede presentar. Eduardo lleva esta idea incluso al terreno de la valoración de personajes políticos: si alguien quiere presentar a un dirigente como un “santo”, no basta con la reputación o el discurso. Hay que comprobar sus acciones mediante fuentes primarias.
La historia también es un asunto de poder
La conversación adquiere una dimensión política cuando se habla de las llamadas historias oficiales. Mi invitado rechaza dos lugares comunes tales como que “la historia la escriben los vencedores” y que «los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla». Para él, el problema es más complejo.
Las academias y los departamentos de historia han permitido tomar distancia de los poderes políticos y producir investigaciones con metodologías compartidas y sometidas al debate. Pero eso no elimina la disputa por la circulación de las versiones históricas.
Afirma Eduardo que los poderes promueven las verdades que les resultan convenientes y pueden intentar ocultar o desacreditar otras, tal como sucedió con Julian Assange y las revelaciones de WikiLeaks. De ahí que el problema no sea únicamente investigar, sino garantizar que distintas interpretaciones puedan circular públicamente.
Esto explica por qué los archivos clasificados y la información que permanece fuera del alcance público tienen tanta importancia. El historiador no puede limitarse a los archivos oficiales: necesita buscar fuentes diversas y evaluar cuáles resultan más creíbles y confiables. En otras palabras, hacer historia es también preguntarse cómo sabemos que aquello que creemos cierto es realmente verdadero.
La democracia necesita muchas voces
La democracia no consiste en establecer una versión oficial de la realidad, sino en permitir que distintas perspectivas puedan expresarse, confrontarse y defenderse públicamente. La universidad pública, por ejemplo, debería funcionar como un ágora en la que puedan circular los distintos puntos de vista. Una institución que impusiera una única manera de pensar dejaría de cumplir, precisamente, una de sus funciones fundamentales.
La misma lógica la aplica a la cultura política. Se puede defender una convicción con firmeza, pero no imponerla mediante la violencia ni impedir que los demás expresen la suya. Para Eduardo, la democracia es un debate político permanente y público. Por eso considera problemático que determinados temas —política, religión, sexo u otros asuntos controvertidos— se conviertan en temas de los que “no se habla”. El silencio no elimina los problemas; simplemente impide discutirlos y abordarlos para buscarles soluciones.
Una lección también para el periodismo
Esta concepción de la historia tiene una conexión evidente con otra de las áreas a las que Eduardo ha dedicado buena parte de su carrera: el análisis de los medios de comunicación. En Contrapregunta explica que una de sus investigaciones estudió durante décadas la manera como la prensa de Medellín presentó a la Universidad de Antioquia. Su punto de partida también implicaba una selección: qué acontecimientos aparecen, cuáles adquieren importancia y cómo el orden y el tratamiento de la información contribuyen a construir un imaginario.
Lo interesante es que el propio investigador descubrió allí un sesgo suyo. Antes de realizar la investigación suponía que determinados medios, particularmente El Colombiano, tendrían una actitud mucho más negativa frente a la Universidad de Antioquia. Sin embargo, al revisar cincuenta años de editoriales y columnas de opinión encontró algo diferente: un reconocimiento muy favorable de la institución.
La historia no es una respuesta, es una pregunta
Quizás esta sea la idea que más me interesa de la entrevista. Si aceptamos que no existe una única historia definitiva, pero también que las interpretaciones deben someterse a pruebas, entonces estudiar historia no significa elegir arbitrariamente la versión que más nos gusta. Significa comparar versiones, examinar fuentes, evaluar evidencias y estar dispuestos a modificar nuestras conclusiones.
Eso vale para la historia, pero también para el periodismo, la política y la vida pública. En una época en la que las redes sociales permiten que cualquier persona produzca y distribuya una interpretación sobre casi cualquier acontecimiento, la capacidad de distinguir entre evidencia, interpretación y opinión se vuelve todavía más importante.
La democracia no necesita que todos pensemos igual sobre el pasado. Necesita que podamos discutir nuestras diferencias sin convertirlas en verdades oficiales, y que tengamos la libertad de expresar nuestros puntos de vista y cambiar de opinión cuando las evidencias nos lo indiquen.
A continuación el video con la entrevista completa. Espero que disfrute viéndolo, igual o más, que Eduardo y yo mientras sosteníamos esta conversación.


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