¿Es lo mismo matar a un hipopótamo que a un pez?

La biología de la conservación trata a todos los invasores por igual. La filosofía de la biología, los neurocientíficos y la etología cognitiva sugieren que esto es un error ético y científico. A propósito de la discusión sobre los hipopótamos en Colombia

Cuando los biólogos colombianos debaten qué hacer con los hipopótamos que Pablo Escobar introdujo en la Hacienda Nápoles hace cuatro décadas, el argumento dominante es que son una especie invasora que altera los ecosistemas nativos, luego deben ser controlados o eliminados, del mismo modo en que se controlan las tilapias o los peces león en el Caribe. La ecología de la conservación los trata como un problema de gestión poblacional, no como individuos con historia, vínculos y capacidad de sufrir. Esa simetría, aparentemente científica, esconde una decisión filosófica que merece ser examinada.

La biología de la conservación o conservacionista, opera bajo lo que podríamos llamar una ontología poblacional en la que la unidad moralmente relevante no es el individuo sino la especie, la población o el ecosistema. Lo que importa es la función ecológica, el flujo de energía, la diversidad de nichos. Bajo este marco, un hipopótamo y un pez león son equivalentes en tanto perturbadores de un equilibrio sistémico. El criterio de intervención es puramente funcional: ¿cuánto daño hace esta población al ecosistema nativo? La naturaleza del organismo —su complejidad neurológica, su vida social, su capacidad de experimentar el mundo— es, sencillamente, irrelevante.

Esta postura tiene raíces epistemológicas que provienen de la síntesis evolutiva moderna, que desplazó al individuo como unidad de selección hacia el gen y su amplificación y fijación en las poblaciones. Y en la ecología sistémica, de los años sesenta y setenta, que modeló los ecosistemas como redes de flujos energéticos en las que los organismos son nodos intercambiables. Es una perspectiva poderosa, pero su neutralidad valorativa es una ilusión. Basta con mirar como cómo la continuidad del argumento se interrumpe abruptamente cuando llega a una especie en particular: Homo sapiens.

Frente discurso monolítico funcionalista de la conservación, nuevas perspectivas filosóficas y científicas han argumentado que no todos los organismos merecen el mismo tratamiento moral y que esa diferencia no es arbitraria, sino que se funda en propiedades objetivas de los seres vivos y nuevos descubrimientos de las neurociencias. En este caso, los hipopótamos del Magdalena Medio son un experimento natural que ningún comité de ética habría aprobado, pero que la historia produjo. Y plantean un problema filosófico de una riqueza excepcional, porque en ellos confluyen al menos tres tensiones irresolubles bajo la epistemología convencional de la conservación.

La primera es la de categoría de «especie invasora» que, en apariencia, parece descriptiva, pero en realidad es normativa: define quién pertenece y quién no pertenece a un ecosistema, y por tanto quién puede ser eliminado. Pero esa pertenencia es siempre histórica y contingente. Los hipopótamos no «decidieron» llegar a Colombia, fueron introducidos por un ser humano. Atribuirles la responsabilidad moral de su presencia para justificar su eliminación es una ficción que la biología de la conservación acepta sin examinar a fondo.

La segunda es la que el ecólogo danés Jens-Christian Svenning ha sustentado, proponiendo que los hipopótamos colombianos podrían estar replicando funciones ecológicas que América del Sur perdió con la extinción de su megafauna del Pleistoceno hace diez mil años. Los ecosistemas neotropicales evolucionaron con grandes herbívoros que hoy no existen. En ese sentido, los hipopótamos no serían invasores sino sustitutos funcionales. Este argumento no resuelve el dilema moral, pero muestra que la biología de la conservación opera con una noción de «estado natural» que es arbitraria: ¿cuál es el momento histórico que se desea conservar? ¿El que nos conviene a los seres humanos?

Y tercera, si aceptamos que la sintiencia y la complejidad cognitiva son moralmente relevantes, como proponen autores como Peter Singer, entonces la decisión de sacrificar hipopótamos requiere una justificación de un orden distinto a la de sacrificar peces o plantas. No imposible, pero distinta. El umbral de daño ecosistémico que justificaría la eliminación masiva de seres con vidas subjetivas ricas debería ser considerablemente más alto. Y debería ir acompañado del reconocimiento de la responsabilidad humana en la creación del problema.

El problema de los hipopótamos colombianos no debería resolverse entonces solo con la ecología de poblaciones sino con una epistemología más honesta sobre sus propios supuestos valorativos que suelen disfrazarse de “objetividad científica”. La biología de la conservación necesita incorporar explícitamente el debate sobre sintiencia y complejidad moral si quiere ser coherente con los hallazgos de otras ramas de la propia biología.

Desde la etología cognitiva y la bioética, proponemos reconocer que intervenir sobre organismos con vidas subjetivas complejas exige un nivel de justificación mayor, una axiología clara, y una disposición a explorar alternativas —esterilización, traslocación, coexistencia gestionada— antes de recurrir al sacrificio masivo. La ciencia sin ética explícita no es objetividad: es conveniencia encubierta. Y la conveniencia encubierta es siempre la más peligrosa, sino que lo digan los precursores de la eugenesia.