

En esta edición de Contrapregunta conversé con el profesor Adolfo Maya, sociólogo, magíster en ciencia política y maestro de varias generaciones de estudiantes en varias universidades de la ciudad de Medellín. La conversación partió de un texto suyo en el que se pregunta qué quiere que digan, piensen o sepan de él. Su respuesta: que ha sido un buen ser humano, un buen papá y un papá bueno, un buen hermano, amigo y colega, alguien a quien “lo habitan los llantos ligeros, las emociones listas, la solidaridad humana”. De ese mismo texto viene la premisa que guió buena parte del diálogo: ser duro con los argumentos y suave con las personas.
Le pregunté por la diferencia entre ser un buen papá y ser un papá bueno. Para Adolfo, la paternidad es un acontecimiento fundacional, una ruptura de vida que obliga a salir de uno mismo y empezar a conjugar la existencia en plural, con la suerte, los sentires y los haceres de los hijos. Ser un buen papá implica tomar una decisión por la familia y comprometerse con ella. Ser un papá bueno va más allá de la figura formal del pater familias: es una autoridad que se gana con la compañía, la ternura y el afecto. Lo resumió en una idea que se queda en la memoria. Hay muchos huérfanos de padres vivos y muchos huérfanos con casa, porque tener una casa no basta para tener un hogar. Un hogar es un lugar seguro donde cada miembro, con su individualidad y sus propios vuelos, se siente acogido.
Adolfo es papá de cuatro. Manuela y Nicolás son hijos suyos y de Tatiana, su compañera de vida, a quien dice querer hoy más que ayer. Sebastián y María Teresa son hijos de su hermano Juan Pablo, asesinado cuando los niños tenían siete y cuatro años. Sin ninguna formalidad jurídica, Adolfo asumió el relevo afectivo de esa paternidad para que sus sobrinos no vivieran la orfandad. Él mismo aclara que no lo hizo solo, porque cada uno de sus hermanos acogió a los niños a su manera. Los lazos con su cuñada también se han mantenido a lo largo de los años.
La familia Maya la formaron siete hermanos, cuatro hombres y tres mujeres, hijos de Antonio José, un minero de origen campesino nacido en Anorí, y de Miguelina, ama de casa de Guadalupe. Adolfo nació en Segovia, pasó su primera infancia en Guadalupe y luego la familia se trasladó a Medellín, a los barrios San Javier y Santa Mónica. Su padre trabajó en minas de El Bagre y Segovia y después tuvo las suyas en Anorí y Amalfi. Aunque venía del campo, tenía una mirada progresista y una consigna clara para sus hijos: no quedarse en el pueblo y estudiar. Su madre, muy activa en la vida parroquial y comunitaria, practicaba una religiosidad sin fundamentalismos, comprometida con la caridad y la solidaridad. Adolfo reconoce en ese ejemplo un “currículum oculto” que todos los hermanos fueron interiorizando. La violencia también le arrebató a otro hermano, Gonzalo, un hombre de negocios dedicado a tecnificar fincas, a quien asesinaron para no pagarle el saldo de una venta. Quizás por esas pérdidas Adolfo insiste en algo que solemos olvidar: decirles a los nuestros lo que nos despiertan. Él no tiene reparo en decirle a su hermano mayor, cada vez que lo saluda o se despide, “hermano, te amo”.
Sobre la política hizo una distinción precisa: le gusta lo político, no la política. Le interesan el análisis, la historia, la comparación, el comportamiento político y el sujeto político, pero nunca ha militado, aunque no le han faltado invitaciones. Gracias a eso tiene amigos en todos los espectros, a quienes conversa, asesora y critica sin preguntar por el color del partido. Para él, lo público no se agota en el Estado: es lo que es de todos, lo transparente, lo visible, el lugar donde podemos ser iguales. A su juicio, como sociedad tenemos un profundo déficit de buenas conversaciones, porque solemos buscar simpatías que duran un día en lugar de debates rigurosos que antepongan el interés general al particular.
Su vocación sociológica nació en los grupos juveniles de la parroquia, de la mano de sacerdotes con una lectura social del evangelio. Adolfo se define como más espiritual que religioso. Le pregunté por qué han ido desapareciendo los pregrados de sociología en Medellín, y lo atribuyó a una tendencia de nuestra época que privilegia los saberes que producen dinero sobre los que producen entendimiento. A la eterna pregunta de padres y familiares ante la elección de una profesión heterodoxa “¿y de qué vas a vivir?” responde mi invitado que muchos tienen con qué vivir, pero carecen de un porqué vivir. Hoy, ya jubilado, dice que hace más cosas que cuando tenía una vinculación de «tiempo repleto». No se considera un hombre rico, pero sí profundamente satisfecho con lo que le ha dado la docencia, y se describe como un aprendiz para toda la vida, amigo de los libros y de la escucha atenta.
Su trayectoria docente empezó hace más de cuarenta años en las facultades de comunicación social, sobre todo en la Universidad Pontificia Bolivariana, donde dice haber hecho sus grandes amistades y sus grandes amores, y donde yo mismo lo recuerdo caminando en los pasillos cuando estudiaba Publicidad. A finales de los noventa fue editor de Paz y Derechos Humanos en El Colombiano, una sección pionera en uno de los momentos más difíciles del país. Desde allí llegó al Instituto Internacional Histadrut, en Israel, para participar en unos seminarios sobre opinión pública en zonas de conflicto, y terminó pronunciando el discurso de graduación. Allá conoció de primera mano las relaciones fraternas entre palestinos e israelíes y vio cómo la guerra las rompía. Cuando estallaban las hostilidades se cerraba la pequeña puerta por la que los palestinos entraban cada día a estudiar o trabajar, y los israelíes lamentaban la ausencia de sus compañeros.
De esa experiencia sacó una de las reflexiones más hondas de la entrevista: antes de los aviones y los bombardeos hubo una ruptura de la palabra, una ruptura en la manera de percibir al otro. Las guerras parten de los relatos, de cómo construimos al otro como enemigo o como alguien que tiene los mismos derechos que reclamamos para nosotros. También le impresionó ver fusiles en los carros parqueados de una universidad. Para Adolfo, las armas nos igualan por lo bajo y sustituyen las palabras, y cargarlas aumenta la propensión a usarlas. Recordó entonces a Estanislao Zuleta: una sociedad no es mejor que otra por tener menos conflictos, sino porque sabe tener mejores conflictos. El conflicto es parte de la condición humana; la guerra no lo es, y aparece cuando no supimos tramitar nuestras diferencias.
“Sigue amando bien aquello que debes abandonar pronto”, decía Shakespeare. Adolfo explica la frase sin dramatismos, consciente de estar en el último tercio de su vida y decidido a vivir con intensidad lo que ama. Ama los libros, «porque quien lee vive no dos sino muchas veces», dice. Ama caminar con Los Trocheros, su club de caminantes, en lo que él llama una “meditación móvil” de cada domingo. Y ama la educación, que hoy ejerce a través de un colegio para jóvenes rurales del Suroeste antioqueño llamado Nueva Paideia. Todos los estudiantes estudian becados, continúan con beca en la universidad y reciben otra para regresar a sus veredas y municipios a devolver lo que recibieron. Quiere ser consciente de su presente para no lamentar mañana no haberlo vivido de manera vital y generosa. Cuando le agradecí por la conversación, me respondió con una sonrisa que apenas estábamos en el saludo. Espero que tenga razón y que pronto podamos seguir conversando.


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