Prepararse para hablar, prepararse para gobernar

Hay una diferencia enorme entre tener que hablar de un tema y estar realmente preparado para hablar de él. Cuando uno se enfrenta a un público que conoce profundamente aquello de lo que va a hablar, la preparación deja de ser una recomendación y se convierte en una necesidad. Se puede tener talento para comunicar, experiencia en presentaciones y hasta una buena capacidad para improvisar, pero ninguna de esas habilidades sustituye el conocimiento cuando las preguntas llegan desde personas que dominan el tema. Y hay algo más: prepararse no solo sirve para convencer a los demás, sino también para estar tranquilo y confiado frente a ellos.

Cuando conocemos aquello de lo que estamos hablando, nuestro comportamiento cambia. Respiramos diferente, miramos a los ojos, encontramos las palabras con mayor facilidad y podemos responder preguntas inesperadas sin sentir que cada una de ellas representa una amenaza. La seguridad que transmite una buena presentación no necesariamente nace de la personalidad del expositor; muchas veces es simplemente el resultado de haber hecho la tarea. Por eso, aunque parezca paradójico, cuanto más preparado está uno, menos necesita aparentar que lo está. La confianza deja de ser una actuación y se convierte en la consecuencia natural del conocimiento.

Esto me lleva a pensar en la intervención del entonces presidente de Colpensiones, Carlos René Montoya, ante la Comisión Séptima del Senado. Montoya llegó una hora tarde a una cita que, dadas las circunstancias, debió convertirse en una de las experiencias más difíciles de su corta permanencia en el cargo. Apenas llevaba dos días como presidente de Colpensiones y tenía que responder ante una comisión del Senado por su conocimiento de una entidad de enorme complejidad y responsabilidad, encargada del sistema pensional de millones de colombianos. Desde el comienzo, la situación fue difícil: llegó apresurado, la presentación no funcionaba y se mostró visiblemente nervioso mientras intentaba responder a los cuestionamientos de los senadores.

El problema no era que llevara solamente dos días en el cargo. Es perfectamente razonable que una persona no conozca todos los detalles de una organización después de un tiempo tan corto. El propio Montoya reconoció durante la sesión que administrativamente todavía estaba entendiendo Colpensiones y que sería irresponsable afirmar que conocía profundamente la entidad. El problema, entonces, no debería plantearse simplemente como una crítica a alguien que no podía conocerlo todo, sino como una pregunta mucho más importante: ¿qué tanto conocimiento debería tener una persona antes de aceptar la responsabilidad de dirigir una institución de semejante dimensión?

Porque una cosa es no conocer todos los detalles de una organización y otra muy distinta es aceptar un cargo sin tener previamente los conocimientos fundamentales que exige la responsabilidad. La preparación no significa saberlo todo. Significa entender aquello que necesariamente se debe conocer antes de tomar decisiones, identificar las áreas en las que todavía existen vacíos y contar con la capacidad profesional para hacer las preguntas correctas, interpretar las respuestas y rodearse de las personas adecuadas para completar aquello que uno todavía no domina.

En una presentación ante un público especializado, esta diferencia resulta evidente. Cuando uno conoce profundamente el tema puede incluso permitirse improvisar. Puede modificar el orden de la presentación, abandonar una diapositiva, responder una pregunta que no estaba prevista o reconocer tranquilamente que desconoce una cifra concreta. Lo que permite esa tranquilidad no es la ausencia de nervios, sino la certeza de que existe un conocimiento de fondo que sirve como soporte. En cambio, cuando ese conocimiento no existe, cualquier pregunta inesperada puede convertirse en un problema, porque no hay una estructura conceptual suficientemente sólida que permita responderla.

Eso fue, precisamente, lo que hizo particularmente difícil la intervención de Montoya. A las dificultades iniciales se sumaron problemas para explicar algunos de los asuntos que estaban siendo discutidos y, en determinado momento, reconoció incluso que no había llevado notas para apoyarse durante la presentación. Finalmente, llegó a ofrecer a una asesora para que respondiera las preguntas que requerían mayor nivel de detalle, una salida que tampoco resultó posible en las condiciones de la sesión.

Sin embargo, más allá de lo incómoda que pueda resultar una presentación de estas características, hay algo que me parece mucho más importante que la propia exposición. Una mala presentación puede ser simplemente un mal momento. Todos podemos equivocarnos, quedarnos en blanco, olvidar una cifra o enfrentarnos a una pregunta para la que no tenemos respuesta. Pero dirigir una entidad pública de este calado no es una presentación y, mucho menos, es una oportunidad para aprender desde cero aquello que se supone que debemos conocer para ejercer el cargo.

Aceptar un cargo público es aceptar una responsabilidad. Y mientras mayor sea la responsabilidad, mayor debería ser también el nivel de preparación que se exige antes de asumirla. Colpensiones no es una entidad menor ni una organización en la que las decisiones de su presidente afecten únicamente a quienes trabajan dentro de ella. Sus decisiones tienen consecuencias sobre millones de colombianos y sobre uno de los asuntos que mayor impacto tiene en la vida de las personas: la posibilidad de contar con una pensión después de una vida de trabajo.

Por eso considero que aquí aparece una dimensión que suele perderse en las discusiones políticas: la dimensión ética. Cuando a una persona le ofrecen un cargo público de gran importancia, la pregunta no debería ser solamente si quiere aceptarlo, si le conviene políticamente o si representa una oportunidad profesional. También debería preguntarse, con absoluta honestidad, si está preparada para asumirlo. Y si la respuesta es no, tener la responsabilidad y la humildad de decirlo debería ser considerado una virtud, no una muestra de incapacidad.

En ocasiones, la decisión más responsable frente a un ofrecimiento de esta naturaleza puede ser precisamente rechazarlo hasta estar preparado. En política esto puede resultar especialmente difícil, porque las oportunidades de ocupar posiciones de poder no aparecen todos los días y porque decir que no puede interpretarse como una renuncia a una posibilidad que quizá nunca vuelva a presentarse. Pero un cargo público no debería entenderse como un premio ni como una oportunidad para aprender a costa de una institución y de los ciudadanos que dependen de ella. Es, ante todo, un compromiso con quienes van a verse afectados por las decisiones que se tomen desde esa posición.

Por supuesto, nadie llega a una entidad pública sabiendo absolutamente todo. Incluso una persona con una amplia trayectoria profesional tendrá que conocer procedimientos internos, equipos, sistemas de información, procesos administrativos y particularidades que solamente se comprenden plenamente al entrar en la organización. La diferencia está en llegar con una base suficiente para entender rápidamente esos nuevos elementos y, sobre todo, con la capacidad de distinguir entre aquello que razonablemente se puede aprender durante el ejercicio del cargo y aquello que debería haberse aprendido antes de aceptarlo.

También hay una responsabilidad en quienes nombran. Si un gobierno decide que una persona debe dirigir una entidad determinada, no basta con confiar en sus capacidades generales o en su cercanía política. La selección debería partir de las necesidades reales de la institución y de las competencias que exige el cargo. Si, además, el discurso político ha prometido que las entidades serán dirigidas por personas técnicas, conocedoras e idóneas, existe una obligación adicional de coherencia entre lo que se dijo y las decisiones que finalmente se toman. En la sesión del Senado, precisamente, uno de los cuestionamientos fue que durante la campaña se había hablado de la llegada de “los técnicos a las entidades”.

No se trata, entonces, de exigir que un funcionario sea perfecto ni de pretender que conozca hasta el último detalle de la institución desde el primer día. Se trata de establecer un estándar mínimo de idoneidad para asumir responsabilidades que pueden afectar la vida de millones de personas. Una cosa es aprender las particularidades de una entidad y otra muy distinta es llegar a ella sin conocer suficientemente los asuntos esenciales sobre los cuales habrá que tomar decisiones.

La preparación tiene, además, una consecuencia que muchas veces olvidamos: da tranquilidad. Cuando una persona se ha preparado de verdad, no necesita memorizar cada palabra de una presentación ni depender completamente de las diapositivas. Puede conversar sobre el tema. Puede escuchar una pregunta, pensar unos segundos y responder. Puede admitir que algo no lo sabe sin que eso derrumbe toda su exposición. Y esa tranquilidad no se obtiene intentando parecer seguro frente al público; se obtiene construyendo previamente el conocimiento que permite sentirse seguro.

Por eso, cuando uno va a una presentación ante un público conocedor, tiene dos alternativas: prepararse muy bien o saber mucho del tema. Lo mejor, por supuesto, es que ambas condiciones coincidan. En el caso de un funcionario público, sin embargo, hay una diferencia fundamental: no basta con prepararse para la presentación. Hay que prepararse para el cargo.

Y esa es, finalmente, la reflexión que me deja este episodio. Una buena presentación no consiste en conseguir que los demás crean que sabemos, sino en tener realmente el conocimiento necesario para explicar, argumentar y responder. Del mismo modo, ocupar un cargo público no debería consistir en aparentar que se está preparado mientras se aprende sobre la marcha. Quien acepta la responsabilidad de dirigir una institución de la importancia de Colpensiones debería llegar con la preparación necesaria para estar a la altura del cargo y con la humildad suficiente para reconocer aquello que todavía necesita aprender. Porque en el sector privado una mala decisión puede costar dinero; en el sector público, una mala decisión puede costarle mucho más a quienes confiaron en que quienes gobiernan estaban preparados para hacerlo.

@carlosnaranjoanalista

Análisis del lenguaje no verbal y de la expresión oral en la presentación de Carlos René Montoya ante la Comisión Séptima del Senado. Esta intervención, en la que dio cuenta de las cifras faltantes para pagar las pensiones de los colombianos, le costó finalmente el puesto al recién posesionado presidente de Colpensiones.

♬ sonido original – Carlos Naranjo – Carlos Naranjo

Contrapregunta con Ana Cristina Moreno: una vida guiada por el servicio

Ana Cristina Moreno llegó a la política casi sin darse cuenta. En 2015, mientras trabajaba en el sector privado y acompañaba la creación del entonces naciente Centro Democrático, recibió la invitación para encabezar la lista del partido a la Asamblea de Antioquia. La propuesta coincidió con un momento particularmente intenso de su vida: estaba embarazada de su primer hijo, Mateo. Después de conversarlo con su esposo, Camilo, decidió asumir el reto y terminó siendo elegida diputada para el periodo 2016-2019.

Su llegada a lo público, sin embargo, no había comenzado con la política electoral. Ana Cristina ya había trabajado en la Gobernación de Antioquia como directora de Planeación Departamental, una experiencia que le mostró el sector público como un espacio desde el cual era posible transformar la vida de las comunidades, impulsar el desarrollo y resolver problemas concretos. Esa idea del servicio, más que la política como actividad en sí misma, aparece como el hilo conductor de toda su trayectoria.

Después de su paso por la Asamblea, Ana Cristina intentó convertirse en candidata del Centro Democrático a la Alcaldía de Medellín. «La primera mujer alcalde de Medellín», dice. El proceso coincidió nuevamente con un embarazo, esta vez el de su hija Alicia. Aunque finalmente la candidatura quedó en manos de Alfredo Ramos, Ana recuerda aquella precandidatura como una experiencia enriquecedora: le permitió estudiar la ciudad, recorrer sus comunas y barrios, escuchar a distintos sectores y formular propuestas.

Su siguiente etapa fue en el Gobierno nacional. En plena pandemia, en 2020, el presidente Iván Duque la invitó a asumir la presidencia de la Agencia de Desarrollo Rural, entidad adscrita al Ministerio de Agricultura. Durante dos años recorrió el país y conoció de cerca una realidad distinta a la antioqueña. A diferencia de una entidad dedicada principalmente a formular políticas públicas, la Agencia tenía un carácter ejecutor, lo que le permitió trabajar directamente en proyectos y comunidades.

Al terminar esa etapa llegó, según ella misma cuenta, uno de los momentos más difíciles de su vida profesional. Se preguntó qué hacer después y experimentó una sensación de desubicación tanto personal como laboral. Pasó por la gerencia de Valor+, una empresa del conglomerado de la Gobernación de Antioquia, antes de encontrar un nuevo camino en el sector social. Desde hace dos años dirige Presentes (antes llamada Antioquia Presente), una organización sin ánimo de lucro con más de cuatro décadas de experiencia en la canalización de solidaridad y en el desarrollo de proyectos con comunidades y territorios.

Una vocación que viene de familia

La inclinación de Ana por el trabajo comunitario no nació con la política. En la entrevista explica que es hija de dos personas profundamente vinculadas al servicio. Su padre fue sacerdote durante 16 años y, después de abandonar el sacerdocio, se casó con su madre, una trabajadora social que también había sido monja. Ambos continuaron vinculados a diferentes formas de trabajo comunitario.

Su padre, incluso después de retirarse del sacerdocio, organizaba grupos de catequesis, entregaba mercados y creó una organización para sacerdotes retirados que habían formado una familia. Posteriormente encontró en el emprendimiento una nueva forma de sostener a su familia y creó una panadería, Comestibles Flowers, negocio en el que Ana Cristina y su hermana participaron desde pequeñas.

Su madre, por su parte, ejerció como trabajadora social en instituciones como el Hospital General de Medellín y en comisarías de familia. Moreno reconoce en ambos el origen de esa necesidad de estar al servicio de los demás. Es una característica que, según sus propias palabras, ha estado presente desde su infancia.

La política como medio, no como fin

Quizá la idea más importante de la entrevista aparece al hablar de su futuro político. Ante la pregunta de si contempla regresar a la política, Ana responde que no siente una obsesión por volver a ella, pero sí por el servicio.

Su actual trabajo en Presentes le permite continuar haciendo aquello que, según explica, le da sentido a su vida: acompañar comunidades, promover proyectos y contribuir a resolver problemas concretos. Texto pegado

Esa perspectiva permite entender por qué describe la política como “su otra vida”. No parece haber una ruptura con su trayectoria anterior, sino un cambio de escenario. Primero fue la Gobernación, luego la Asamblea, después la Agencia de Desarrollo Rural y ahora una organización dedicada a canalizar solidaridad y promover procesos de reconstrucción.

Una política que queda atrás, pero no una vocación

La conversación con Ana Cristina Moreno termina, entonces, lejos de una declaración de retiro definitivo de la vida pública. Lo que aparece es algo diferente: la política dejó de ser el escenario central de su vida, pero el servicio a la comunidad continúa siendo su principal motivación.

Desde esa perspectiva, su trayectoria puede leerse como una búsqueda permanente de la misma finalidad a través de diferentes caminos. La administración, el sector público, la política electoral, el Gobierno nacional y ahora el trabajo social son etapas distintas de una misma historia.

Ana Cristina no dice estar buscando regresar a la política. Dice algo más sencillo y, al mismo tiempo, más coherente con lo que ha sido su vida: quiere seguir sirviendo. Y mientras encuentre espacios para hacerlo, considera que está conectada con aquello que realmente la hace feliz.

Crónica de un ataque anunciado

Lenguaje no verbal y comunicación oral del expresidente de Colpensiones en la Comisión Séptima del Senado

Los tiburones no atacan de inmediato. Primero observan, dan vueltas alrededor de aquello que les interesa y esperan una señal que les indique que ha llegado el momento de actuar. En la naturaleza, esa señal puede ser una herida o el movimiento errático de un animal. En una sala de sesiones, donde unos senadores esperan respuestas de un funcionario recién nombrado, puede ser algo mucho más sutil: una presentación que falla, una respuesta imprecisa, una mirada que se pierde, un gesto de incomodidad o la evidente dificultad para sostener una conversación sobre un tema que se supone que el funcionario debe dominar.

Eso fue lo que ocurrió durante la presentación de Carlos René Montoya ante la Comisión Séptima del Senado, pocos días después de haber asumido la presidencia de Colpensiones. Su comparecencia debía ser una oportunidad para explicar sus propuestas y demostrar su conocimiento sobre una entidad que administra uno de los asuntos más sensibles para millones de colombianos. Sin embargo, terminó convirtiéndose en una demostración bastante interesante, aunque desafortunada para su protagonista, de la importancia que tienen el lenguaje no verbal y la comunicación oral cuando una persona debe enfrentarse a un público que conoce profundamente el tema sobre el cual está hablando.

Montoya llegó una hora tarde a la cita y, desde el comienzo, las condiciones no parecían estar de su lado. La presentación no funcionaba correctamente, se mostraba apresurado y confundido y, mientras los senadores hacían comentarios sobre lo reciente de su nombramiento, comenzó a balancearse en la silla, a sonreír nerviosamente y a mirar hacia abajo. En circunstancias diferentes, cualquiera de esos comportamientos podría carecer de importancia. Una persona puede mirar hacia abajo porque está pensando, sonreír porque se siente incómoda o cambiar de posición porque lleva demasiado tiempo sentada. El problema aparece cuando esas señales empiezan a acumularse y coinciden con dificultades en el discurso.

Ahí es donde el lenguaje no verbal adquiere verdadera importancia. No porque exista un diccionario capaz de traducir cada gesto en una emoción determinada, sino porque las personas construimos nuestras impresiones a partir de múltiples señales que recibimos al mismo tiempo. Una cosa es lo que alguien dice y otra, no necesariamente contradictoria pero sí complementaria, es lo que su cuerpo transmite mientras lo dice. La postura, la mirada, la respiración, los movimientos de las manos, las pausas y la manera de utilizar la voz terminan formando parte del mensaje, aunque el orador no sea consciente de ello.

Montoya intentó demostrar que tenía antecedentes suficientes para aproximarse al tema. Recordó que había realizado su tesis de grado sobre la Ley 100 y llegó a decir que, para él, encontrarse con Colpensiones era como Navidad. La frase buscaba transmitir entusiasmo y conocimiento previo, pero el contexto hacía que cada palabra tuviera un peso diferente. Poco después, mientras se rascaba levemente la nariz, comenzaba a aparecer una contradicción entre la imagen de dominio que necesitaba proyectar y las señales de incomodidad que acompañaban su exposición.

La situación se volvió todavía más compleja cuando reconoció que administrativamente apenas estaba entendiendo Colpensiones y que sería irresponsable afirmar que conocía profundamente la entidad. Desde el punto de vista estrictamente personal, reconocer los límites del propio conocimiento puede ser una señal de honestidad. El problema no estaba necesariamente en admitirlo, sino en el escenario en el que lo hacía. Apenas llevaba dos días en el cargo y estaba frente a una comisión del Senado que esperaba escuchar al responsable de una organización cuya complejidad exigía respuestas concretas.

A partir de ese momento, las señales comenzaron a acumularse. Montoya se acomodó el nudo de la corbata, respiró profundamente, intentó abrirse el cuello de la camisa, se mordió los labios y tomó agua. Buscó información en la presentación y reconoció que no había llevado sus notas. Posteriormente, mientras explicaba de manera confusa algunos de los valores relacionados con el sistema.

La pregunta era sobre sintiencia, no sobre taxodontes: Respuesta a Jorge Wilson Moreno Bernal

Sobre el exhibicionismo académico, la objetividad selectiva y el arte de refutar con erudición lo que nadie dijo.

El reconocido paleontólogo y autoproclamado candidato a doctor de la Universidad del Norte de Barranquilla, Jorge Wilson Moreno Bernal dedica su valioso tiempo y conocimiento a responder a un artículo de mi autoría publicado en La Silla Vacía y que titulé ¿Los hipopótamos merecen el mismo trato que un pez invasor? Moreno Bernal es un profesional reconocido y citado, pero en esta ocasión sus citas sobre mi texto fueron más que un simple error de lectura.

Dedicó extensos párrafos en Hipopótamos en Colombia: ¿Reemplazo ecológico o invasión? Una respuesta desde la paleontología a refutar una tesis que yo nunca sostuve, pero que muchos académicos —indignados ante el atrevimiento de un psicólogo que decidió participar en esta discusión sobre los hipopótamos— también pasaron por alto. Tal como lo enuncio en la réplica llamada No olvidemos que la discusión sobre los hipopótamos, además de científica, es ética.

Pero antes de avanzar: ¿Es este un problema personal entre un psicólogo que aboga porque se considere éticamente la vida de los hipopótamos y un paleontólogo que está de acuerdo con su eliminación como especie invasora? No lo creo. Con mis alumnos biólogos, psicólogos y filósofos del curso Evolución y Cultura discutimos, sin problema, las diferentes posiciones. Incluso un amigo decano de veterinaria es miembro del Consejo de Profesionales de MinAmbiente que justamente estableció el protocolo para la caza de control de los hipopótamos.

Así que este no es una queja personal, es la denuncia sobre una forma de exhibicionismo académico basado en la falacia de autoridad y la descalificación personal que defrauda el debate académico y que, además, pide para sí el respeto por la liberta de expresión, pero olvida el deber que compromete ese mismo derecho sobre la veracidad y la rectificación. Hasta el momento el candidato a doctor, se ha negado a rectificar su error al asignarme públicamente una hipótesis que nunca sostuve.

Artículo 20 Constitución de Colombia:
«Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura».

Moreno-Bernal respondió a un artículo que no escribí

Jorge Wilson Moreno Bernal es, hay que reconocerlo, un paleontólogo de credenciales en construcción. Sabe de toxodontes, de isótopos de oxígeno, de articulaciones de rodilla en herbívoros extintos. Su columna en La Silla Vacía —una respuesta a un artículo de mi autoría— despliega esa erudición con generosidad y detalle.

Curiosamente, el mismo Moreno que en La Silla Vacía se presenta como voz serena de la ciencia objetiva, publicó en sus redes sociales una encuesta preguntando si debía hacerle caso a su hermana y escribir un artículo en respuesta al mío. Una consulta doméstica convertida en performance público. Difícil imaginar algo que revele con más claridad la diferencia entre la objetividad que se declara y la que se practica.

Al final de su artículo se presenta como candidato doctoral de la Universidad del Norte, aunque para el 23 de julio del presente, la institución confirma que «el señor Moreno Bernal no ostenta actualmente la calidad de estudiante con matricula vigente». También se presume al pie de página como becario de MinCiencias, lo que podría representar un conflicto de intereses, revelado solo hasta al final del texto. Pero sumerjámonos, como los caballos del río, en el verdadero fondo de la discusión que es donde está lo interesante.

El «malentendido» que conviene al paleontólogo

Mi columna original tenía un título que era una pregunta: ¿Los hipopótamos merecen el mismo trato que un pez invasor? No era una pregunta sobre toxodontes. No era un artículo de paleontología. Era una reflexión sobre sintiencia, sobre moralidad, sobre quién tiene derecho a decidir qué vive y qué muere, y bajo qué criterios. Una pregunta filosófica y ética planteada en un espacio de debate político —La Silla Vacía— y no en una revista científica arbitrada. Es decir, en un espacio donde se pueden discutir conceptos que escapan al modelo científico.

En ese contexto, mencioné —con atribución explícita a «algunos ecólogos»— que existe en la literatura académica una hipótesis que propone que los hipopótamos podrían estar cumpliendo funciones ecosistémicas que América del Sur perdió con su megafauna pleistocénica. Lo hice para ilustrar que la categoría «especie invasora» no es tan descriptiva y neutral como se quiere hacer parecer: si hay ecólogos serios que discuten si estos animales ocupan un nicho vacío, entonces la etiqueta de «invasor» arrastra más carga normativa de la que sus defensores admiten. Ese era el argumento. No la hipótesis del reemplazo en sí misma.

Enunciar una hipótesis en disputa no equivale a defenderla. Es lo que en epistemología se llama presentar el estado del debate, algo que se enseña temprano en cualquier pregrado, al menos en ciencias sociales. Moreno tomó esa mención, la convirtió en la tesis central de mi artículo, y procedió a desmontarla con todo el arsenal de la paleontología comparada. El resultado es impresionante como ejercicio académico. Como réplica a lo que yo escribí, es un monumento a la distorsión del interlocutor.

Y el patrón no se detiene ahí. En sus redes sociales, Moreno también confundió mi candidatura al Senado de la República a través del Nuevo Liberalismo con el partido MIRA, creyendo que participar en una coalición electoral es lo mismo que pertenecer a uno de sus integrantes. Incluso uno de sus trinos parece suponer que las candidaturas al congreso, que sabemos terminaron hace más de dos meses, aún están vigentes. Un error de lectura política que guarda perfecta coherencia con su error de lectura de mi columna: en ambos casos, la prisa por descalificar supera el cuidado por entender. Para alguien que reivindica el rigor científico como credencial, es una inconsistencia que merece ser señalada.

La objetividad como escudo del paleontólogo

Hay un patrón reconocible en ciertos debates científicos que tocan asuntos de política pública: cuando alguien externo a la disciplina se atreve a señalar que hay decisiones morales disfrazadas de decisiones técnicas, la respuesta habitual no es abordar el argumento ético, sino cuestionar la legitimidad del que habla. Que un psicólogo opine sobre hipopótamos parece haber generado más incomodidad que los propios hipopótamos.

Moreno posa de científico imparcial en La Silla Vacía mientras sus redes sociales documentan una reacción que tiene menos de objetividad y más de irritación personal y gremial. No hay nada de malo en defender el territorio disciplinar. Lo que resulta insostenible es hacerlo mientras se reclama neutralidad valorativa, que es en de nuevo, el argumento evadido por el respondiente. Ningún filósofo se quejó, pero muchos biólogos exigieron artículos científicos que refrendaran la idea de que los hipopótamos parecen tener vida subjetiva y vínculos sociales, olvidando el principio de precaución que establece la cautela ante la posibilidad de daños graves o irreversibles a la vida o bienestar de los animales.

La biología de la conservación trata a todos los organismos invasores como piezas intercambiables de un rompecabezas ecológico. Lo que importa es el daño que causan al sistema, no lo que son. Bajo esa mirada, un hipopótamo —mamífero con vida social compleja, vínculo materno documentado, conductas de duelo observadas y capacidad de sufrir— vale exactamente lo mismo que un pez. Esa lógica parece científica. Pero esconde una decisión filosófica disfrazada de objetividad, y basta ver cómo la continuidad del argumento se interrumpe de repente cuando la especie en cuestión es el Homo sapiens.

Lo que Moreno Bernal no quiso discutir

El argumento central de mi columna —el que Moreno no mencionó en ningún momento— es que la decisión de eliminar masivamente a los hipopótamos no es una decisión científica: es una decisión moral. Y como tal, no puede ser monopolio de los biólogos, así como la política monetaria no puede ser monopolio de los economistas ni la guerra monopolio de los generales.

Peter Singer, que lleva décadas trabajando en ética animal, y la creciente comunidad de investigadores en neurociencia de la conciencia —incluyendo los firmantes de la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia (2012) y la Declaración de Nueva York (2024), de la cual soy firmante— han establecido que la capacidad de sufrir es moralmente relevante con independencia de la especie. Eso no lo refuta ningún isótopo de oxígeno ni ninguna articulación de toxodonte.

Que los chigüiros y los manatíes merezcan protección es algo en lo que Moreno y yo estamos completamente de acuerdo. Pero esa protección no exige necesariamente el exterminio masivo de otra especie sintiente, introducida por negligencia humana, sin haber agotado antes alternativas como la esterilización o la traslocación. La pregunta sobre qué hacer con los hipopótamos colombianos no es solo ecológica. Es filosófica, política y ética. Y merece voces de más de una sola disciplina.

Hay algo que el paleontólogo y quienes reaccionaron con cólera a mi columna deberían considerar: la molestia que genera que un psicólogo entre a este debate no es un argumento contra sus ideas. Es un síntoma de algo mucho más revelador sobre cómo ciertas comunidades científicas gestionan sus fronteras.

La ciencia describe. La ética decide. Y mientras la biología de la conservación no sea honesta sobre los valores que esconde detrás de su lenguaje técnico, seguirá tomando decisiones morales sin llamarlas por su nombre —y seguirá necesitando encuestas familiares para decidir si vale la pena aleccionar a quienes se lo señalan.

Construir un protocolo de eliminación masiva de una especie sintiente bajo el supuesto de que es lo «científicamente correcto» es reduccionista e intelectualmente deshonesto cuando se basa en la falsa atribución de hipótesis a la contraparte. Pretender, además, que esa decisión sea ajena a la filosofía, la bioética y la política pública no es objetividad sino conveniencia encubierta . Y la conveniencia encubierta es siempre la más peligrosa, tan peligrosa como quien cree que para criticar las ideas tiene que criticar a las personas. El verdadero debate académico se centra en los argumentos, no en las descalificaciones personales, que suelen ser no solo una falta a la ética profesional sino también al debate científico.

*La Fiscalía General de la Nación admitió denuncia contra Jorge Wilson Moreno Bernal debido a la asignación falsa de militancia política e hipótesis académica, en medio de comunicación masivo y redes sociales, sin cumplimiento de rectificación por parte del autor. La Defensoría del Pueblo estudia la solicitud para que la Corte Constitucional reevalúe la acción de tutela que falló desconociendo dos derechos autónomos como son la réplica y la rectificación, corolarios del derecho a la libertad de expresión.

Nota Recomendada

“Defraudan el debate académico”: excandidato al Senado, Carlos Naranjo

El excandidato solicita rectificación formal al paleontólogo Jorge Wilson Moreno-Bernal por atribuciones incorrectas sobre su postura en la discusión de los hipopótamos en Colombia.

Por: Andrea Sierra / Nos Cogió La Noche 4 de mayo de 2026