Mente sana en perro sano: un libro más sobre humanos que sobre perros

En un mundo de especialistas soy un generalista. Vivo a contracorriente, me interesan muchos temas, entre ellos tres mundos que a mucha gente le cuesta conectar: los libros, los animales y las ciencias del comportamiento. Durante mucho tiempo esos mundos coexistieron sin mezclarse demasiado. Cada uno en su carril. Cada uno con su audiencia, su lenguaje, su lógica. Este libro los une.

Cómo nació

No lo planeé como un proyecto editorial. Comencé haciendo un pequeño ebook para Doctos Pulgas, mi proyecto de etología y bienestar animal, y me di cuenta que tenía mucho más por decir. Fue más como una conversación que llevaba demasiado tiempo aplazando, conmigo mismo y con las personas que me rodean.

Después de años trabajando en el estudio del comportamiento, escribiendo artículos y respondiendo las mismas preguntas una y otra vez, he descubierto algo que debería ser obvio pero que nuestro antropocentrismo nos impide ver: el problema casi nunca es el perro. El problema es que no entendemos al perro y no tenemos las herramientas evolutivas para hacerlo

Ahí está la raíz de la mayoría de los conflictos que veo en la consulta etológica, en las redes sociales, en las conversaciones con tutores desesperados que aman a su animal pero no saben qué hacer con él. No es falta de amor, es falta de marco teórico, de herramientas, de una forma distinta de leer lo que el perro hace y lo que el perro dice.

Escribir este libro es mi intento de ofrecer ese marco. Y de hacerlo de una forma que cualquier persona pueda leer, no solo quienes tienen formación en ciencias del comportamiento.

De qué trata

«Mente sana en perro sano» es una guía de etología canina. Pero déjame contarte qué significa eso en la práctica, porque a veces la palabra «etología» suena complicada o no dice nada para algunos.

La etología es la ciencia que estudia el comportamiento animal en contexto. No en el laboratorio aislado del mundo, sino en la vida real, con toda su complejidad. Así como los psicólogos estudiamos a los humanos, los etólogos lo hacen con los animales. Así entonces la etología aplicada al perro, significa preguntarse no solo qué hace, sino por qué lo hace, qué historia hay detrás, qué emoción lo mueve y qué necesidad está intentando cubrir.

En el libro recorro ese territorio en catorce capítulos. Empiezo por el principio —la historia evolutiva del perro desde el lobo, el proceso de domesticación, la selección artificial de razas— porque ese origen explica comportamientos que de otro modo parecen arbitrarios o incomprensibles. Sigo con el lenguaje: cómo se comunican los perros, qué dice su cuerpo antes de que ladren o muerdan, qué son las señales de calma y por qué casi nunca aprendemos a leerlas. Luego el aprendizaje: cómo funciona el condicionamiento operante, qué es el refuerzo positivo más allá del eslogan, por qué el castigo casi siempre empeora lo que pretende corregir.

La parte más extensa del libro está dedicada a los problemas de conducta más frecuentes: ansiedad por separación, agresividad, ladridos excesivos, destrucción de objetos, trastornos compulsivos, eliminación inadecuada. Cada uno analizado desde sus causas reales, no desde sus síntomas. Porque tratar el síntoma sin entender la causa es, en etología como en medicina, una forma sofisticada de no resolver nada.

Y hay un capítulo que me importa especialmente, quizás porque toca algo que va más allá de la etología estricta: el que habla de la salud mental del responsable del perro. De cómo el estado emocional de la persona que cuida al perro influye directamente —con respaldo neurobiológico, no solo intuitivo— en el bienestar del animal. De cómo el estrés se transmite, de cómo la inconsistencia emocional genera ansiedad, de cómo un perro equilibrado es frecuentemente el resultado de una persona que también ha decidido, con honestidad y con esfuerzo, trabajar en sí misma.

Lo que no es

No es un manual de trucos. No promete perros perfectos en diez días. No tiene recetas mágicas ni fórmulas universales. Si buscas eso, hay decenas de libros que te lo ofrecen. Este no es uno de ellos.

Es un libro que pide algo al lector: que cambie la pregunta. Que en lugar de preguntarse «¿cómo hago que mi perro deje de hacer esto?» empiece a preguntarse «¿qué le está pasando a mi perro para que haga esto?». Es un cambio pequeño en la formulación. Es un cambio enorme en la relación.

Dónde conseguirlo

«Mente sana en perro sano» está disponible en Amazon.com en formato digital para leerlo en cualquier dispositivo, en cualquier lugar, sin esperas. O en versión impresa para quienes, como yo, aún gustamos del libro como objeto, con su olor y sus texturas. Está en tapa dura y en tapa blanda, también. Ambas versiones con el mismo contenido, los mismos aprendizajes y las mismas reflexiones. Si deseas una muestra, puedes dirigirte a la página de Doctor Pulgas y llenar el formulario para recibirla en tu correo.

Un libro de gratitud a Lola y Paco, mis maestros del afecto y la etología.

¿Es lo mismo matar a un hipopótamo que a un pez?

La biología de la conservación trata a todos los invasores por igual. La filosofía de la biología, los neurocientíficos y la etología cognitiva sugieren que esto es un error ético y científico. A propósito de la discusión sobre los hipopótamos en Colombia

Cuando los biólogos colombianos debaten qué hacer con los hipopótamos que Pablo Escobar introdujo en la Hacienda Nápoles hace cuatro décadas, el argumento dominante es que son una especie invasora que altera los ecosistemas nativos, luego deben ser controlados o eliminados, del mismo modo en que se controlan las tilapias o los peces león en el Caribe. La ecología de la conservación los trata como un problema de gestión poblacional, no como individuos con historia, vínculos y capacidad de sufrir. Esa simetría, aparentemente científica, esconde una decisión filosófica que merece ser examinada.

La biología de la conservación o conservacionista, opera bajo lo que podríamos llamar una ontología poblacional en la que la unidad moralmente relevante no es el individuo sino la especie, la población o el ecosistema. Lo que importa es la función ecológica, el flujo de energía, la diversidad de nichos. Bajo este marco, un hipopótamo y un pez león son equivalentes en tanto perturbadores de un equilibrio sistémico. El criterio de intervención es puramente funcional: ¿cuánto daño hace esta población al ecosistema nativo? La naturaleza del organismo —su complejidad neurológica, su vida social, su capacidad de experimentar el mundo— es, sencillamente, irrelevante.

Esta postura tiene raíces epistemológicas que provienen de la síntesis evolutiva moderna, que desplazó al individuo como unidad de selección hacia el gen y su amplificación y fijación en las poblaciones. Y en la ecología sistémica, de los años sesenta y setenta, que modeló los ecosistemas como redes de flujos energéticos en las que los organismos son nodos intercambiables. Es una perspectiva poderosa, pero su neutralidad valorativa es una ilusión. Basta con mirar como cómo la continuidad del argumento se interrumpe abruptamente cuando llega a una especie en particular: Homo sapiens.

Frente discurso monolítico funcionalista de la conservación, nuevas perspectivas filosóficas y científicas han argumentado que no todos los organismos merecen el mismo tratamiento moral y que esa diferencia no es arbitraria, sino que se funda en propiedades objetivas de los seres vivos y nuevos descubrimientos de las neurociencias. En este caso, los hipopótamos del Magdalena Medio son un experimento natural que ningún comité de ética habría aprobado, pero que la historia produjo. Y plantean un problema filosófico de una riqueza excepcional, porque en ellos confluyen al menos tres tensiones irresolubles bajo la epistemología convencional de la conservación.

La primera es la de categoría de «especie invasora» que, en apariencia, parece descriptiva, pero en realidad es normativa: define quién pertenece y quién no pertenece a un ecosistema, y por tanto quién puede ser eliminado. Pero esa pertenencia es siempre histórica y contingente. Los hipopótamos no «decidieron» llegar a Colombia, fueron introducidos por un ser humano. Atribuirle agencia a su presencia para justificar su eliminación es una ficción que la biología de la conservación parece aceptar sin examinar a fondo.

La segunda es la que el ecólogo danés Jens-Christian Svenning ha sustentado, proponiendo que los hipopótamos colombianos podrían estar replicando funciones ecológicas que América del Sur perdió con la extinción de su megafauna del Pleistoceno hace diez mil años. Los ecosistemas neotropicales evolucionaron con grandes herbívoros que hoy no existen. En ese sentido, los hipopótamos no serían invasores sino sustitutos funcionales. Este argumento no resuelve el dilema moral, pero muestra que la biología de la conservación opera con una noción de «estado natural» que no es imparcial: ¿cuál es el momento histórico que se desea conservar? ¿El que nos conviene a los seres humanos?

Y tercera, si aceptamos que la sintiencia y la complejidad cognitiva son moralmente relevantes, como proponen autores como Peter Singer, entonces la decisión de sacrificar hipopótamos requiere una justificación de un orden distinto a la de sacrificar peces o plantas. No imposible, pero distinta. El umbral de daño ecosistémico que justificaría la eliminación masiva de seres con vidas subjetivas ricas debería ser considerablemente más alto. Y debería ir acompañado del reconocimiento de la responsabilidad humana en la creación del problema.

El problema de los hipopótamos colombianos no debería resolverse entonces solo con la ecología de poblaciones sino con una epistemología más honesta sobre sus propios supuestos valorativos que suelen disfrazarse de “objetividad científica”. La biología de la conservación necesita incorporar explícitamente el debate sobre sintiencia y complejidad moral si quiere ser coherente con los hallazgos de otras ramas de la propia biología.

Desde la etología cognitiva y la bioética, proponemos reconocer que intervenir sobre organismos con vidas subjetivas complejas exige un nivel de justificación mayor, una axiología clara, y una disposición a explorar alternativas —esterilización, traslocación, coexistencia gestionada— antes de recurrir al sacrificio masivo. La ciencia sin ética explícita no es objetividad: es conveniencia encubierta. Y la conveniencia encubierta es siempre la más peligrosa, sino que lo digan los precursores de la eugenesia.

«El dinero también es salud mental»: Carlos Naranjo en el pódcast de Oswaldo Restrepo

En los últimos días tuve la oportunidad de conversar con el médico Oswaldo Restrepo sobre un tema que cada vez cobra más relevancia en nuestras sociedades: la salud mental y los factores que influyen en nuestra felicidad y bienestar. Más allá de los diagnósticos clínicos o los tratamientos tradicionales, la conversación giró alrededor de elementos que suelen pasarse por alto, pero que tienen un impacto profundo en la forma en que vivimos: el amor propio, la vida en comunidad, la conciencia personal, la relación con el dinero y, por supuesto, el papel que desempeñan las políticas públicas en la construcción de entornos más saludables.

Oswaldo Restrepo se dio a conocer ampliamente durante la pandemia, cuando su trabajo en torno a la nutrición, la salud y los hábitos de vida comenzó a resonar con millones de personas que buscaban información clara y útil para cuidar su bienestar en medio de la incertidumbre. Desde entonces ha construido una comunidad muy amplia alrededor de estos temas. Hoy, sin abandonar esa línea de trabajo, ha decidido ampliar la conversación hacia otro asunto igualmente fascinante: la longevidad. No se trata solo de vivir más años, sino de preguntarnos cómo vivirlos mejor, con mayor calidad de vida, autonomía y equilibrio emocional.

En nuestra charla exploramos cómo la salud mental no puede entenderse únicamente desde el individuo aislado. Las condiciones sociales, económicas y culturales influyen profundamente en el bienestar psicológico de las personas. El amor propio, por ejemplo, suele presentarse como una tarea exclusivamente personal, pero en realidad también se construye en relación con los otros: con la familia, con los amigos y con las comunidades en las que participamos. Del mismo modo, la estabilidad económica, el acceso a servicios de salud y las decisiones que se toman desde el ámbito público terminan moldeando el horizonte de bienestar posible para millones de personas.

La entrevista se realizó antes de las elecciones del pasado 8 de marzo. Sin embargo, por esas coincidencias que a veces impone la vida, solo pudo publicarse el domingo 15 de marzo. Por esa razón, su contenido no tuvo ningún impacto en mi campaña, pero espero que sí la tenga en la vida de algunos de los millones de seguidores del contenido de este interesante pódcast.

Mi expectativa es que esta conversación aporte ideas, reflexiones y preguntas a las vidas de los millones de seguidores de este pódcast dedicado a la salud y al bienestar. Al final, más allá de la política o de los ciclos electorales, de eso se trata el servicio público: de contribuir, aunque sea modestamente, a que las personas vivan mejor, piensen más profundamente sobre su vida, sus finanzas, sus gobernantes y encuentren caminos hacia una mayor plenitud.

Les dejo aquí el video completo de la conversación. Los invito a verlo con calma, a compartirlo y, sobre todo, a comentarlo. Las discusiones que realmente valen la pena son aquellas que continúan más allá de una entrevista y se convierten en un diálogo abierto entre humanos que reconocen sus potencialidades y también sus limitaciones.

Copu Media: de lo feo en mi campaña política

Enfrentarse a una campaña electoral no es fácil, todos lo sabemos. Pero, de vez en cuando, nos encontramos con algunos personajes que nos hacen reflexionar sobre la capacidad de entender la dimensión política y humana. Y no lo digo por las personas que te hacen mala cara en la calle cuando intentas entregarles un volante con tus propuestas. Aunque debo reconocer que me sorprendió una chica de aproximadamente 15 años a la salida de mi colegio, el Colegio San Ignacio en Medellín: me tiró la tarjeta que le entregué mientras decía «¡Gas!». Me pregunté: ¿qué le habrán metido en la cabeza a esta muchacha para que reaccione así ante un gesto tan sencillo como la entrega de una pieza publicitaria?

Pero uno de los episodios más desagradables ocurrió antes de que comenzara la campaña. Tenía en mente explorar algunos de los campos de acción a los que he dedicado mi vida: la psicología, la publicidad, el marketing, los medios de comunicación, el deporte, el bienestar animal y el emprendimiento. Así que hice todo lo posible por reunirme con gremios y asociaciones. Visité Ruta N, Fenalco, IAB y Colpsi, entre otras, con la idea de conocer de primera mano las necesidades de cada sector y ver si era posible ponerlas sobre la mesa como temas de discusión durante la campaña, con el fin de visibilizarlas e integrarlas al debate.

Sin embargo, en medio de este ajetreo, me topé con la respuesta de un medio de comunicación nacional llamado Copu Media. Les había pedido el favor de agendar una pequeña reunión por Zoom para conocer su opinión sobre cómo estaban viviendo mis colegas el escenario del gobierno actual y qué esperaban de los futuros. Me respondieron con un cuestionario de cerca de 10 preguntas, aparentemente redactadas por inteligencia artificial. Les contesté brevemente que había trabajado en la industria durante dos décadas y que mi intención era simplemente conversar, no dar una entrevista.

La respuesta que recibí de su director de Comunicaciones Estratégicas, Rodolfo Velásquez, me dejó impactado. Es algo para no olvidar y que vale la pena exponer, no solo para mostrar a qué presiones nos sometemos los candidatos, sino también para evidenciar la ligereza con la que algunas personas tratan a quienes no conocen. A veces es un asunto de centralismo, a veces un asunto de ignorancia, a veces de dejar en manos de la IA todas las respuestas, pero otras veces, de llana y simple vanidad, del latín vanĭtas, vanitātis, que significa «cualidad de vano» (hueco, vacío o falto de realidad). A continuación la vana carta del señor Velásquez y mi respuesta: